06 junio 2012

que nadie lo sepa

La gloria de Góngora no es una “gloria al revés”, como dijo Cernuda, aludiendo a que sí, se habla mucho de él, pero mal; es gloria al derecho y muy merecida, pero no está donde creía Cernuda, sino donde Menéndez Pelayo no la quiso ver.

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22 marzo 2010

caja 5

El catálogo de Los tiempos fabulados. Arqueología y Vanguardia en el Arte Español. 1900-2000, con textos de Enrique Andrés Ruiz y Juan Manuel Bonet. Luego, poesía. Antología poética, de Bartolomé Lloréns. Últimos días en Sabinia y Cristal ahumado, de Gabriel Insausti. Plaquettes. Revistas. Antología poética, de Rafael de Penagos. Praha, de José Ángel Cilleruelo. A una actriz porno y Vida de un vendedor de fotocopiadoras, de Gonzalo Santelices: “Y lo mejor está en otra parte, / y una vez alcanzada la otra parte / ya no está allí”. Marta y María y El mundo de M. V., de María Victoria Atencia. Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez. El botín del mundo, de José María Álvarez. La ciudad dormida, de Jesús Beades. Días de tormenta, de Vicente García. La asamblea de las sombras, de Antonio Azuaga: “Dante eligió a Virgilio para el viaje / de la desolación; Dante sabía / que un poeta conduce a los infiernos, / al llanto y al dolor, y a la locura”. Esplendor y Flor de cananas, de Vicente Tortajada. Antologías. Años de prórroga, de Carlos Javier Morales. Estación de tránsito, de Javier de Navascués. Maneras de vivir, de Francisco José Cruz. Fuera de mí, de Carlos Marzal. La luz, de otra manera, Los ojos del extraño y La plata de los días, de Vicente Gallego. Kilómetro 43, de Abel Murcia. Un intruso nos somete, de Juan Carlos Abril. Luego, más y más poesía. Luego, otros géneros. Los pastores sin ovejas, de Fabio Morábito. Letra y música, de Javier Almuzara. La visión memorable, de Enrique Andrés Ruiz. Cristianos y emperadores en el siglo IV. De Constantino a Teodosio, de Antonio Fontán.

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16 marzo 2010

caja 2

Poesía española de ahora. Sombras, de Abelardo Linares: “El amor y su radiante rosa hiriente”. De amor y de amargura, de Luis Alberto de Cuenca. Confidencias, de Eloy Sánchez Rosillo. Antologías varias. Aprendiendo a querer y La vida es lo secreto, de Carmelo Guillén Acosta. A una signora con un passato, de José María Álvarez. Oír la luz, de Eloy Sánchez Rosillo. Más y más libros de esos que no ocupan demasiado y más y más antologías. Si resistimos, de Alfredo Félix-Díaz: “Pongo todo a tus pies, Dios, aunque tarde. / Mi vida entera –he aprendido a odiarla-- / es tuya, arrástrala con tu grotesco / amor, con tu misterio, con la gracia / de la carne...”. Las sombras, de José Antonio Muñoz Rojas. Mitos, de Abelardo Linares. Con los vencejos, de Enrique Andrés Ruiz: “A qué quieres jugar, / a que yo te digo que lo veo / y tú lo ves, o al otro juego, / el de contar mentiras, los / corazones solos, / cada cual en su pozo. / Yo también, / así que abre los ojos, que / quiero ver lo que te quiero”. La niebla y Canciones, de José Mateos: “Lo que importa es esto, / lo que está más cerca, / las nubes errantes, / la hojita que tiembla, / el charco que dice / calando en la tierra: / ‘Nada queda atrás, / adentro se queda’ ”. La música extremada, de Miguel d’Ors. Por fuertes y fronteras, de Luis Alberto de Cuenca. Plaquettes. Cuadernitos mímimos. Cosas sobre poesía de ahora. Itinerario para náufragos, de Diego Jesús Jiménez: “‘Prefiero / la injusticia al desorden’, aseveraba Goethe, ignorando que el orden / no puede ser injusto”. Mitologías, de Ángel García López. El tiempo de la vida, de José Luis Martínez. Panorama, de Abelardo Linares. Roto Madrid, con poemas de Amalia Bautista y fotografías de José del Río Mons. Más valer, El reino y Cantar de los azules, de Enrique Andrés Ruiz. La imagen de su cara y 2001. Poesías escogidas, de Miguel d’Ors. Cosas mías; por ejemplo, Soy en mayo: ¿quién escribió esos poemas? ¿cuándo? ¿dónde? ¿por qué? ¿para qué? La línea española (¡qué maravilloso título!) y San Juan, de Enrique Andrés Ruiz. La poesía figurativa, de José Luis García Martín, y El héroe y sus máscaras, de Luis Alberto de Cuenca. En esta caja, se repiten y se repiten los nombres. La vida de la pintura, de Enrique Andrés Ruiz. Un ángulo me basta, de Juan Antonio González Iglesias: “Durante veinte años he tratado / con muy pocas personas. Desatento / a todo lo que no fuera solsticio / o equinoccio, / en la soberanía del invierno / y el verano / celebraba mis fiestas / esperándote. / Adonde me invitaban no acudí. / ¿El motivo? Uno solo: / me concentro mejor en un ciprés / que en las conversaciones. / Así he concluido / que cada árbol es un incontable / como el agua. / Así son cada vez más las personas / a las que quiero mucho y veo poco. / Un ángulo me basta, / un libro y un amigo, un sueño breve. / Tiempo para el amor es lo que pido. / En los actos sociales pienso en ti. / Casi siempre / entre el ruido de copas, de palabras, / llega cierto momento en el que pienso: / Necesito urgentemente ver a un limpio de corazón. / Hablar con él. Guardarme entre sus brazos. / Descansar mi cabeza / encima de la roja frecuencia de su vida. / Únicamente esto: / que en los actos sociales pienso en ti”. La vida en llamas, de Luis Alberto de Cuenca. Dos Mil Madrid Cincuenta y Cuatro, de Santiago Miralles. Imitación y experiencia, de Javier Gomá Lanzón. Entre levante y poniente, de Mohamed Doggui. El enemigo oculto, con poemas de Luis Alberto de Cuenca y fotografías de José del Río Mons.

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15 marzo 2010

caja 17

Pretérito perfecto, de José Luis García Martín. Ardua mediocritas y Haz de luz, de Enrique García-Máiquez. En el primero de ellos, dice Enrique de Judit: “Sólo un Dios que es Amor pudo crearte así, deseable y terrible”. La pluma y la tierra, de Jon Kortazar. Echado a perder, de Carlos Pardo. Luego, más y más poesía. Un azulejo de un palacio beilical del XVIII. Y, luego, bastantes cedés de música. Sobre todo, barroco y, sobre todo, Bach y Haendel.

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04 marzo 2010

caja 41

Un facsímil de la edición de 1923 de Hampa, de José del Río Sáinz. Allí puedo leer ecos muy recientes de un desastre: “Si es que algún día, lector, visitas / estos hostales que aquí te pinto / y necesitas / que algo muy fuerte hiera tu instinto, / a una ramera di que te muestre / la sala donde se celebraba / la bacanal, / el mismo día en que Silvestre / se suicidaba / al ver su ejército roto en Annual.” También de José del Río Sáinz, Siete sonetos. Una antología de Antonio Hurtado de Mendoza. Novelas de caballerías. Y, de improviso, van apareciendo clásicos grecolatinos. Las obras morales de Plutarco. La Germania, de Tácito: “Germania omnis a Gallis Raetisque et Pannoniis Rheno et Danuvio fluminibus, a Sarmatis Dacisque mutuo metu aut montibus separatur...” Algo propio de las almas, ese miedo mutuo, en medio de una enumeración de accidentes geográficos, como un motivo más de separación: ¿puede empezar mejor un libro? El Apologeticum, de Tertuliano. Una Eneida. Los pensamientos de Marco Aurelio. Las Istmícas, de Píndaro. ¿Por qué la gente no lee estas cosas? La Metamorfosis, de Apuleyo. Una antología de poetas líricos griegos (Safo, Alceo, Anacreonte, Íbico). Pero el grueso de estos clásicos debe de venir en otras cajas, porque, ahora, lo que aparece es literatura de nuestros siglos de oro: La humildad coronada, de Calderón. Dichos de luz y amor, de san Juan de la Cruz. El Cántico Espiritual, también de san Juan de la Cruz. Poemas de Antonio Enríquez Gómez. Poesía satírica y burlesca. La batalla de Pavía y prisión del rey Francisco, de Cristóbal de Monroy y Silva. Cosas de Juan de Valdés. Literatura erudita. Cervantes, entre vida y creación, de Jean Canavaggio. Y, de otras épocas, la edición de Julia Castillo del Cancionero de Garci Sánchez de Badajoz: “Mas penado y mas perdido / y menos arrepentido”; los romances del Duque de Rivas; Libro de la orden de caballería, de Ramon Llull; cosas de y sobre el Marqués de Santillana; la estupenda edición de Alberto Montaner del Cantar de Mio Cid, con el imprescindible estudio preliminar de Francisco Rico, y el Corominas.

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15 diciembre 2009

caja 42

Empieza con literatura hispanoamericana. Primera emoción, y fuerte: la Summa de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis, lleva esta dedicatoria (24-11-1997): “Julio, Dios te bendiga y te guarde a mi vera. Gracias.” Unas conferencias de Borges. Facundo, de Sarmiento. Alguna otra cosa de Ultramar y, de repente, los clásicos españoles, mis olvidados clásicos españoles. Durante un cuarto de siglo fueron para mí lectura recurrente, pero, si exceptuamos a Lope, Aldana y Quevedo, a los que siempre vuelvo, debo reconocer que en los últimos tiempos los tengo un poco abandonados. La edición de Trevor J. Dadson de La lira de las musas, de Gabriel Bocángel. Las empresas políticas, de Diego Saavedra Fajardo. Las poesías de Aldana. Las Soledades de Góngora. Empiezan a mezclarse las épocas. El Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, de Donoso Cortés (precisamente, acabo de releer algunas de las páginas que le dedica Herzen). Ensayos de Menéndez Pelayo. La edición de Martín de Riquer de Tirante el Blanco, que no terminé. La edición de Javier de Navascués del Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras (recuerdo el interés de Jünger por esta obra). Las Cartas Filológicas, de Cascales. Comedias de Calderón. El Cancionero de Fray Íñigo de Mendoza. El Poema de Fernán González (¡cuánto me gustaba!). Toda la poesía de Boscán, con sus tercetos familiares (sólo los de las epístolas de Lope me han emocionado más). El Quijote de Avellaneda, que nunca leí. Las poesías de Iriarte. Cosas de Valle, que nunca me dijo gran cosa. Varios cuadernos con anotaciones mías. Libros de erudición filológica. Y, de nuevo, los clásicos. Las obras dramáticas en castellano de Gil Vicente (y me viene a la memoria su “Muy graciosa es la doncella, / ¡cómo es bella y hermosa! / Digas tú, el marinero, / que en las naves vivías, / si la nave o la vela o la estrella / es tan bella. // Digas tú, el caballero, / que las armas vestías, / si el caballo o las armas o la guerra / es tan bella…”). La Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, de Francisco de Moncada. Teatro de Mira de Amescua. Obras de Cristóbal de Castillejo, un poeta extraordinario que escribió en una época en la que uno ya podía equivocarse de época. Hasta entonces, nadie se equivocaba de época, porque no existía eso de las épocas. De los nombres de Cristo, de Fray Luis. Las cantigas del Rey Sabio. El Romancero viejo y el Cancionero (a éstos también vuelvo siempre). Todos los poemas de Juan de Arguijo. El Libro de Apolonio. El Libro de Alexandre. El Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena (¡qué entrañablemente raro!). El Examen de ingenios, de Huarte de San Juan. Más Góngora. Moratín. Antologías varias. Más cuadernos míos (la mayoría sólo tienen escritas dos o tres páginas). Un ajedrez magnético y, no sé por qué en esta caja, pero bien hallada, La Bible de Jérusalem.

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10 diciembre 2009

caja 10

Otra en la que viene todo mezclado: poesía de hace nada, teatro, ensayo, revistas, plaquettes y, sobre todo, muchas cosas de esas que se guardan no se sabe bien por qué (catálogos, programas, invitaciones, incluso correspondencia más o menos seria). Por fortuna, según avanzo, la caja va cobrando otro aire. Algunas piezas de Juan Mayorga. También de Juan Mayorga, Revolución conservadora y conservación revolucionaria. Política y memoria en Walter Benjamin. Luego, La poesía durante la transición y la generación de la democracia, de Juan José Lanz. Los moriscos de Villarrubia de los Ojos, de Trevor J. Dadson (los expulsaban y regresaban. Los volvían a expulsar y regresaban otra vez). Algo de María Zambrano. Algo de Carlos Marzal. Tontología, de Gerardo Diego. Los Machado y La materia de Andalucía, de Enrique Baltanás. Luego, Cervantes y su Quijote, uno de esos regalos inolvidables que Antonio Fontán nos envía por Navidad cada año. Y, al fondo de la caja, el deslumbrante oro de Juan José Fernández Cerero.

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23 noviembre 2009

caja 43

Il Giorno, de Giuseppe Parini. Releo algunos versos y me imagino la Milán del dieciocho, el Corso, los palacios. Las baladas líricas de Wordsworth y Coleridge. Dentro, un recorte de una revista de Air France con el cuadro Suzanne au bain, de J.-B. Santerre, remoto origen de mi lirio en el agua. The book of Urizen, de Blake. Por más que lo he intentando (tres o cuatro veces) no consigo que me diga nada el extravagante mundo de este y otros libros suyos. Más cosas de Wordsworth. En uno de sus poemas leo esta invitación: “Enough of Science and of Art; / Close up those barren leaves; / Come forth, and bring with you a heart / That watches and receives.” Un corazón que vigile y reciba... El día, afuera, es la perfecta luz, pero vuelvo a las hojas yermas. La poesía completa de Rimbaud. Un libro de Linda M. Paterson sobre los trovadores y la sociedad occitana entre 1100 y 1300. Recuerdo que se me cayó en una calle muy sucia de Madrid; lo recogí con repugnancia y dejé de leerlo. Puede que ya esté recuperado de sus infecciones y que lo termine algún día. Las Poesie de Alessandro Manzoni. Los Versi de Vincenzo Monti. Scritture e scrittori del secoli VII-X, con el Indovinello veronese y los versos a la ciudad de Milán: “Haec est urbium regina”. Ricardo II, de Shakespeare. Los cuentos de la Alhambra. Teatro de Ibsen. Las poesías de Alvaro de Campos. La Historia de los Reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth. Las canciones de Guillermo de Aquitania y de Jaufré Rudel. The Prelude, de Wordsworth. Heine. Chéjov. Más Heine. Poemas de un poeta chino. Otelo. Las más bellas oraciones del mundo, que me regaló Heinrich Brackelmanns. Lo abro al azar y encuentro a Juan del Encina: “¿A quién debo yo llamar / Vida mía, / Sino a ti, Virgen María?” Rosario al sol, de Francis Jammes. Poesía portuguesa. La edición de María Jesús Viguera de Gala de Caballeros, Blasón de Paladines, de Ibn Hudayl. Teatro de Maquiavelo. Más Rimbaud. The Shadow-Line, de Conrad. La poesía de Goethe. La Biblia en España, de Borrow. Novelas y teatro de Camus. Libros de algunos poetas extranjeros actuales. La poesía española cada vez se parece más a la poesía extranjera traducida. Ecce homo, de Nietzsche. La edición de José María Micó de las Sátiras de Ludovico Ariosto. En otra caja debe de estar su estupenda traducción del Furioso. Narraciones de Poe. Las Horae Canonicae, de Auden. Amaneceres: al comienzo del poema de Parini, leía: “Sorge il mattino in compagnia dell’alba / (... ) a render lieti / Gli animali e le piante e i campi e l’onde”. En Auden: “The crow of the cock commands awaking (... ) Bright shines the sun on creatures mortal”. Debería volver a leer más poesía. Benito Cereno, de Melville. Recuerdos de un puerto muy al sur. El cementerio marino, de Valéry, con la curiosa traducción de Jorge Guillén. Wilde. Modern Love, de George Meredith. Poema a poema, Meredith va dando cuenta de cada gesto, de cada silencio y de cada palabra de su esposa, que se está enamorando de otro. Melancolía y algo de masoquismo. Más Wilde. Anábasis, de Saint-John Perse. Heart of Darkness, de Conrad. The Strange Case of..., de Stevenson. A Sentimental Journey, de Sterne. Proust. El Dostoyevski de Bajtin. Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Las Oraciones fúnebres, de Bossuet. Narraciones de Kafka. Poemas de Francis Jammes. Entre ellos, otra oración: “Par le petit garçon qui meurt près de sa mère / tandis que des enfants s’amusent au parterre; / et par l’oiseau blessé qui ne sait pas comment / son aile tout à coup s’ensanglante et descend, / par la soif et la faim et le délire ardent: / Je vous salue, Marie”. Debería volver a leer más poesía. Los Himnos a la noche, de Novalis. Y, más fuera de sitio que otros en esta caja, Generaciones y semblanzas, de Pérez de Guzmán; Reinar después de morir, de Vélez de Guevara; El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, y Espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra.

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13 noviembre 2009

caja 7

Nada más abrirla, La caja de plata y El otro sueño, de Luis Alberto. La dedicatoria del primero lleva fecha de 20 de febrero de 1985 y dice: “Para Julio, que también escribió este libro. De su amigo fiel.” No escribí también ese libro, pero sí lo oí crecer poema a poema. Digo oí, porque, durante la década de los ochenta, siempre que él o yo hacíamos un poema, inmediatamente llamábamos al otro para leérselo. Si dudábamos de algún verso, pedíamos consejo, aunque yo poco podía ofrecer; si teníamos variantes, preguntábamos cuál de ellas quedaba mejor. Entre las muchas cosas que aprendí de él por entonces, la de elegir la solución más clara y directa, no siempre he sabido aplicarla. Tampoco he sabido limpiar de términos abstractos mi poesía. Será una cuestión de carácter. Siguen después más libros de Renacimiento: Raro y Jarvis, de Lorenzo Martín del Burgo. Una extraña ciudad, de José Mateos. Las canciones del alba, de José Julio Cabanillas. El último de la fiesta, de Carlos Marzal. El frente de Madrid y Tren de vida, de Fernando Lanzas. El hacha y la rosa, también de Luis Alberto. Pabellones, de Vicente Tortajada. Hacia otra luz más pura, de Miguel d’Ors. Y varios más, aunque echo en falta algunos. Estarán en otra caja o en otra ciudad. Revistas, plaquettes. Aquí sólo viene poesía contemporánea o, más bien, poesía de hace nada. Incluso cosas mías: Fragmentos de Europa y algunos cuadernillos. También aparece lo primero que publicó Vicente Gallego. El coleccionista y Los sueños, de María Victoria Atencia, que lleva esta dedicatoria de (¡Dios mío!) 21 de junio de 1977: “Para JMM, en recuerdo de un día de dubbia letizia e certa doglia. Cariñosamente.” Esa alegría y ese dolor son de Miguel Ángel. Algo le había escrito yo al respecto y ella, gentilmente, me lo recordó a su vez. Jugar en serio, de alguien que dice llamarse también Fernando López de Artieta. Algún interminable mérito, de Pedro Antonio Urbina. Intemperie, de Álvaro García. Más de Luis Alberto de Cuenca: varias plaquettes y Poesía 1970-1989, con prólogo mío. Conocimiento del medio, de Ángel Guinda. Las afueras, de Pablo García Casado. Varios libros de José Luis García Martín. Poesia espanhola de agora, de Joaquim Manuel Magalhaes. Espejos, de Abelardo Linares. Y muchos más, porque los libros de poesía no ocupan gran cosa.

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24 octubre 2008

lope

"C’est à Lope de Véga que l’espagnol doit sa noblesse et sa pompe" (Discours de M. de Voltaire a sa réception a l’Académie Française, 1746). El español, no sé, pero yo le debo muchas cosas. Lope es verdad. Incluso cuando hace literatura, es verdad. Otros juegan a parecer verdad, pero son sólo literatura. Los modernos no admiran a Lope, y se entiende, porque los modernos tienen un problema con la verdad.

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12 octubre 2008

ramiro fonte

La última vez que vi a Ramiro fue en Córdoba, en julio de 2007. Hablamos de fados hasta las tantas. Un par de meses después, me leyó poemas inéditos por teléfono. Hablaban del Mediterráneo oriental y de Lisboa. Cada pocos versos, me decía: "¿Te gustan?" "¿Sí?" ¡Claro que me gustaban! Luego, su enfermedad. Hoy, la noticia de su muerte. Era un poeta extraordinario y un hombre justo y bueno.

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23 noviembre 2007

deuda

La jarcha que, entre otras transcripciones, tiene estas dos: "¿Ki tuelle me ma alma? / ¿Ki kere ma alma?" y "¡Ke tuelle me ma ‘alma! / ¡Ke kità me ma ‘alma?" (García Gómez); y que, entre muchas interpretaciones, puede tener también estas otras dos: "¿Quién me quita el alma? / ¿Quién quiere mi alma?" (García Gómez y Galmés de Fuentes) y "¡Que me quita el alma! / ¡Que me arrebata mi alma!" o "¡Que se me va mi alma!" (García Gómez), es, para mí, una de las piezas más emotivas de la literatura romance. Prácticamente, la poesía española empieza en los labios de esa doncella que ve angustiada cómo se aleja su alma; de esa doncella que acaba de descubrir que la contrapartida de amar es perder el alma. En 2000, compuse este poema, en el que resuenan, voluntariamente, esos versos tan antiguos, tan de siempre, tan verdaderos:

Me has arrancado el alma: ya no es mía.
Y, desde que no es mía, mi alma vive.
Era un lugar equivocado y pobre
como los sitios donde no me viste.
Si lo terrible debe ser hermoso,
no era terrible porque no era hermosa.
Dije que las trincheras la cruzaban,
pero no había luz ni ruido en ella
y un campo de batalla es luz y ruido.
Podía ser un páramo, un fragmento
desolado de tiempo o la tristeza,
pero en esos espacios hay sentido
y orden e incluso vida vigorosa.
Y mi alma era lo menos o la nada,
no la torre caída, ni el pantano
donde nunca hubo torres, sino menos,
un no del que no puedo decir nada.
(de Entre el muro y el foso, 2007)

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28 septiembre 2007

el alma y roma

ROMA III

Mi alma ya no está en Roma, pero es Roma;
a golpes el recuerdo la ha esculpido,
la ha llenado de templos y de ruinas.
Sobre siete colinas se alza Roma,
sobre siete colinas se alza el alma,
con sus columnas sosteniendo el cielo,
que parece girar en lentos círculos
en lo alto de los altos capiteles.
Mi alma es el sol que pasa entre los arcos
del circo colosal. Mi alma es Sant’Angelo:
es el castillo firme y es el puente
bajo el que serpentea turbia el agua.
Mi alma es la iglesia donde la lechuza,
bajo apuntadas bóvedas, se rinde
ante la sabia madre de Jesús;
y también es aquélla al otro lado
del mundo. Mi alma, el tridente que parte
desde la plaza de las dos gemelas;
mi alma, la plaza de los cien peldaños;
mi alma, la plaza de los cuatro ríos.
Mi alma es el claustro de columnas blancas,
iguales dos a dos, de mármol frío,
de San Juan de Letrán. Mi alma, el palacio
erguido en la cornisa del teatro.
Mi alma es el templo de paredes curvas,
donde destruye el sol a las tinieblas
descendiendo hasta el centro de su reino,
cruzando el ojo abierto a lo divino,
deslumbrando la mente de los hombres.
--¿Por qué no regresaste antes al cuerpo?
¿Por qué no me trajiste Roma antes?
¿Más de tres años, alma, te ha llevado
volver de Roma convertida en Roma?
--¿Pero qué son tres años si te traigo
a ti, que eres mortal, lo inmune al tiempo?

(María M. Bautista, septiembre, 2007)

Ayer, mi hija María me envió este poema. No lo he puesto aquí porque lo haya escrito con diecisiete recién cumplidos. Lo he puesto porque, objetivamente, es un buen poema y, además, de mi hija.

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06 julio 2007

bronwyn

La amada redime: “Te vi para saber que soy eterno. / No importa que esté muerto junto al mar.” Pero es también un abismo: “Siempre está junto a mí ese precipicio, / la carencia absoluta de tu ser.” Hace ya treinta y seis años, y de forma casual, leí unos pocos versos de Bronwyn. Era verano; creo que julio, como ahora. Desde entonces, de una manera que yo mismo ni me sé explicar, esos versos han seguido resonando en mis oídos y, con el paso del tiempo, a ésos se han ido uniendo otros de Cirlot, que han ejercido sobre mí el mismo poder, la misma fascinación, que aquellos que leí de adolescente. Será porque se trata de una poesía sin tiempo, de una poesía que nos devuelve al alba de la poesía, de una poesía que nos quiere eternamente jóvenes. Escribe Cirlot a propósito de La quête de Bronwyn: “Nunca ocultaría que mi interés por la aliteración (sea estricta o no) deriva de influencias medievales (literaturas céltica galesa e irlandesa, altogermánica y escandinava-islandesa), pues en estas obras –cuyo sentido he penetrado en traducción inglesa, pero cuyo sistema he visto directamente en los originales- he encontrado una inmensa belleza sonora que no sé si, en mi castellano, he podido evocar”. Yo tampoco sé si Cirlot logró evocar justamente esa belleza sonora, pero no creo que importe demasiado. Sé, eso sí, que difícilmente el castellano volverá a ser tan sonoro en ningún otro poeta; tan sonoro e inasible y, a la vez, tan abierto al sentido.


Brillante Bronwyn, Bronwyn del abismo
del abismo absoluto de mí mismo.
Brabante es el instante más distante.
Nunca lo encontraré porque en lo nunca
voy errante.

La nada junto a mí como lo nunca,
sangre como de sangre sólo sangre.

Eran las escaleras, pero no eras.

El cielo se celaba sobre el cieno
y las encinas ciegas de ceniza
alzaban en su alzar lo que soñaban,
lo que soñara el cielo sobre el cieno.

Eran las eras grises, mensajeras,
eran las mensajeras de las eras,
eran las mensajeras de las horas,
eran ya sin mensaje las auroras.


(Juan Eduardo Cirlot, La quête de Bronwyn, 1971)

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04 julio 2007

sin dios

Cuatro sonetos de Francisco de Figueroa (c. 1535-1588) terminan con este mismo terceto : “Más dura sois, señora, que un diamante / y muy más brava sois que una leona, / y más hermosa sois que brava y dura”. Insistir en esas características sirve para subrayar una realidad y hacernos ir más allá del tópico. Hermosa y dura debía ser la amada del poeta, hermosa y anonadante, porque, en otro soneto, y a partir del mote Yo sin vos, sin mí, sin Dios, cuya fortuna estudió R. Lapesa, Figueroa dibuja un cuadro desolador del influjo que ella ejerce sobre su alma. Hay poetas en los que la tradición es un pretexto para jugar a los enamorados; otros, como Figueroa, están realmente enamorados y son realmente poetas, y nos lo hacen saber (no me preguntéis cómo) aunque empleen palabras y situaciones mil veces utilizadas. Partiendo de ese mismo mote, Jorge Manrique dice estar “sin Dios, porqu’en vos adoro”, que es otra forma, sincera también y dramática, de declarar que, tratándose de amor, el alma se enfrenta a un peligro mortal.

Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida;
sin vos, porque no sois de mí servida,
sin mí, porque no estoy con vos presente;

sin ser, porque de vos estando ausente,
no hay cosa que del ser no me despida,
sin Dios, porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente;

sin vida, porque ya que haya vivido,
cien mil veces mejor morir me fuera
que no un dolor tan grave y tan extraño.

¡Que preso yo por vos, por vos herido,
y muerto yo por vos desta manera,
estéis tan descuidada de mi daño!
(Francisco de Figueroa)

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02 julio 2007

aldana

Mi hija María está preparando un trabajo sobre la poesía bélica de Francisco de Aldana (1537-1578), uno de los poetas preferidos de su padre. Conversando con ella, he recordado las jornadas de Flandes y he vuelto a la desolación de Alcazarquivir. No hay, en todo el dieciséis, poesía más sincera que la del capitán Aldana, porque no hay tampoco alma más sincera que la suya, más anhelante de redención, más aniquilada por el deber.


Otro aquí no se ve que, frente a frente,
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra,
y tras honroso fin correr la gente.

Éste es el dulce son que acá se siente:
“¡España, Santïago, cierra, cierra!”
y por süave olor, que el aire atierra,
humo que azufre da con llama ardiente:

El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,

hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla:
¡oh sólo de hombres digno y noble estado!

(Francisco de Aldana)

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06 abril 2007

¿adónde estaban mis sentidos?

A CRISTO EN LA CRUZ

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con las suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?

(Lope de Vega, Rimas sacras)

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05 abril 2007

éste es mi cuerpo

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

“¿Qué es esto?”, dijo el israelita, viendo
descender el maná, llover del cielo
cándidos copos de sabroso hielo,
los árboles del monte encaneciendo.

“¿Qué es esto?”, dijo, cuando está comiendo
aquel licor de celestial consuelo,
sombra de la verdad, de la luz velo,
que agora vive en blanca nieve ardiendo.

“¿Qué es esto?”, dijo, viendo cómo llueve
sobre las alas del templado viento
débil manjar envuelto en aura leve.

Y hoy Cristo les responde en sacramento:
“Éste es mi cuerpo”. La respuesta es breve,
enigma el pan y el mismo Dios sustento.

(Lope de Vega, Rimas sacras)

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11 julio 2006

la historia de los azules

En 1997, Enrique Andrés Ruiz publicó Cantar de los azules, un extenso poema que habla de la pintura desaparecida, de la pintura a la que daba vida la Verdad y de las falacias que la sustituyeron. En la poesía española contemporánea nadie ha sabido expresar mejor lo que no es un simple cambio de estilo, sino una deserción del espíritu y una catástrofe moral:

(…)
Nadie vuelve a su patria.
Y nadie con colores
que imitan a los viejos
azules va a pintarme
de azul el firmamento
del porvenir, si nadie
recuerda el alto asiento
del que emanaban todas
las gamas variadísimas
desde el azul supremo.
(…)

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31 mayo 2006

un petirrojo en la nieve

La poesía, a veces, muy pocas, es mucho más que una sucesión de líneas aburridas, caprichosas o previsibles. A veces, la poesía es mucho más que ingenio. A veces, la poesía es Poesía, algo que no se agota ni en la simple comprensión ni en la simple interpretación. Pocos poetas, entre los muchos que escriben bien en España, son capaces de llevarnos a un territorio que es exclusivo del alma. Del alma, no del yo. Enrique Andrés Ruiz es uno de ellos. Sirva de ejemplo su poema La nevada. Aunque quisiera, aunque lo intentara con todas mis fuerzas, yo no podría escribir algo así. La literatura es cuestión de habilidad, constancia, inteligencia o sabiduría. La Poesía necesita de la Gracia y de un poeta que quiera y sepa devolver multiplicado el don que se le ha concedido.


LA NEVADA

Alma, ven a estrechar para siempre la gracia
de tu mano de virgen con la nieve, tu hermana.
Acude junto a ella y abrázate a esa nada
que se entrega sin huellas al resplandor del día.

Entrégate en la tierra.
Los días resplandecen
y los días se apagan.
Y yo también he visto

que tú, como ellos, vienes henchida de promesas
cuando comienza el día
y que siempre te vuelves cargada de fracasos
cuando el día se acaba.

También hay transparencia:
Que descienda la luz
vertical y te encuentre,
paciente y silenciosa,

como nieve a la espera de unas duras pisadas
o mansa a la mirada del sol, que te desnuda.
Que tu palma vacía,
gemela de la llama

blanca, abierta, sumisa, que la noche ha dejado
tendida sobre el campo,
dé gracias por su don:
por revivir en ella la historia más antigua:

“Era una noche larga.
Larga noche, infinita noche negra, agotada
de los ciegos países
y las sordas ciudades sin ley enaltecidas;

de avenidas injustas flanqueadas por torres
de metal con bengalas y palabras y luz
simulada y estéril:
la luz que no descansa sobre ojos que no duermen.

Aquellos ojos eran siempre los tristes ojos
forasteros, los ojos sucesivos de tristes
desterrados, los ojos donde iba a morir
derramada una patria melodiosa y alegre.

Pero el caso es que el llanto fue escuchado: La noche
se inclinó de rodillas y, con ella, las sombras,
a una voz que decía palabras indudables
que nombraban las cosas:

“La vida es nieve. El tiempo comienza a cada instante...”
Y los jirones últimos de la ceniza inerte
de esa noche se hicieron puro nácar y el cielo
se rasgó y de su vientre descendieron estrellas.

Tras una luz incierta, la sorpresa del mundo
hecho pascua y vacío donde la nieve guarda
la cuna de los días con manos apretadas,
las sábanas primeras donde el recuerdo duerme...”

¿Nadie ha visto en la nieve saltar a un petirrojo?
Es como otra palabra que encarna en el silencio.
Escribe cuatro letras y luego se despide.
Las letras enseguida las deslíe la escarcha.

¿Y esos seres nocturnos, invisibles criaturas,
animales heridos?
Nadie ha visto su paso, pero aquí está la nieve
como un paño obediente que es su voz: su testigo.

Mira el pájaro y ellos, cómo entregan su lumbre;
y cómo el paño blanco, sin mancha, la recibe
retiñendo de fuego:
como si le naciera del fondo de su albura.

Ven, alma y baja ahora tú también la mirada,
sin saber si tu sol es un huésped de lejos
o si crece en tu adentro,
como el rubor que sube del corazón que ama.

ENRIQUE ANDRÉS RUIZ

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