04 marzo 2010

caja 41

Un facsímil de la edición de 1923 de Hampa, de José del Río Sáinz. Allí puedo leer ecos muy recientes de un desastre: “Si es que algún día, lector, visitas / estos hostales que aquí te pinto / y necesitas / que algo muy fuerte hiera tu instinto, / a una ramera di que te muestre / la sala donde se celebraba / la bacanal, / el mismo día en que Silvestre / se suicidaba / al ver su ejército roto en Annual.” También de José del Río Sáinz, Siete sonetos. Una antología de Antonio Hurtado de Mendoza. Novelas de caballerías. Y, de improviso, van apareciendo clásicos grecolatinos. Las obras morales de Plutarco. La Germania, de Tácito: “Germania omnis a Gallis Raetisque et Pannoniis Rheno et Danuvio fluminibus, a Sarmatis Dacisque mutuo metu aut montibus separatur...” Algo propio de las almas, ese miedo mutuo, en medio de una enumeración de accidentes geográficos, como un motivo más de separación: ¿puede empezar mejor un libro? El Apologeticum, de Tertuliano. Una Eneida. Los pensamientos de Marco Aurelio. Las Istmícas, de Píndaro. ¿Por qué la gente no lee estas cosas? La Metamorfosis, de Apuleyo. Una antología de poetas líricos griegos (Safo, Alceo, Anacreonte, Íbico). Pero el grueso de estos clásicos debe de venir en otras cajas, porque, ahora, lo que aparece es literatura de nuestros siglos de oro: La humildad coronada, de Calderón. Dichos de luz y amor, de san Juan de la Cruz. El Cántico Espiritual, también de san Juan de la Cruz. Poemas de Antonio Enríquez Gómez. Poesía satírica y burlesca. La batalla de Pavía y prisión del rey Francisco, de Cristóbal de Monroy y Silva. Cosas de Juan de Valdés. Literatura erudita. Cervantes, entre vida y creación, de Jean Canavaggio. Y, de otras épocas, la edición de Julia Castillo del Cancionero de Garci Sánchez de Badajoz: “Mas penado y mas perdido / y menos arrepentido”; los romances del Duque de Rivas; Libro de la orden de caballería, de Ramon Llull; cosas de y sobre el Marqués de Santillana; la estupenda edición de Alberto Montaner del Cantar de Mio Cid, con el imprescindible estudio preliminar de Francisco Rico, y el Corominas.

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18 junio 2008

los anillos de oro

Esos tres modios de anillos de oro arrancados por Aníbal a los patricios y caballeros que yacían muertos en el campo de batalla de Cannas: “anulos aureos corporibus occisorum detractos” (Livio, 23,12); “anulos aureos trium modiorum” (Valerio Máximo, 7,12,16). Esos tres modios que, presentados por Magón ante el senado de Cartago, daban a entender la magnitud de la carnicería, la enormidad de la victoria. Si la nobleza romana había sufrido tantas bajas, ¡cuál no sería el número de muertos entre las filas de los sin nombre! Ese oro que reaparece también en un verso de Silio Itálico (8,675), en Floro (1,22), en un fragmento de Dión Casio (92), en Eutropio (3,6), y cuyo trágico resplandor iluminará todavía el Infierno de Dante: “la lunga guerra / che de l’anella fé sì alta spoglie, / come Livio scrive, che non erra” (28, 10-12) y su Convivio: “E non puose Iddio le mani, quando per la guerra d'Annibale avendo perduti tanti cittadini che tre moggia d'anella in Africa erano portate...?” (4,5,19). Tantos y tantos textos y sólo una referencia piadosa a esos innumerables desconocidos. Se lee en San Agustín (De Civ. Dei, 3,19): “el resto del ejército, tanto más numeroso cuanto más pobre, que sin anillos yacía (sine anulis iacebat)”.

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