31 mayo 2007

materialismo histórico

Las administraciones de Occidente cada vez se muestran más avaras con el patrimonio histórico. La iniciativa privada no puede tocar una sola piedra hasta que no venga el forense arqueológico. No se puede bucear en búsqueda de ánforas. Ni detectar tesoros numismáticos en los campos. Todo tiene que conservarse in situ o ir a parar a los museos estatales. No juzgo si esto es positivo o negativo: no importa al caso. Mientras, el latín y el griego pueden desaparecer de la escuela: con los capiteles nos basta; podemos ignorar los viajes de los comerciantes fenicios: con sus pecios nos basta; se puede suprimir la historia de Roma en los planes de estudio: con sus monedas nos basta…

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29 mayo 2007

literatura fantástica

Iba a decir que la literatura fantástica no me interesa, salvo poquísimas excepciones. Pero no es sólo que no me interese; me produce también rechazo. Los gustos son los gustos, pero voy a tratar de explicarme los motivos de ese desinterés y de ese rechazo. La intervención de elementos sobrenaturales en este tipo de literatura me parece abusiva para la razón y contraria a la fe. Además, estas intervenciones suelen tener un carácter demoníaco y lo demoníaco resulta inseparable de lo grotesco; por lo que la sensibilidad estética, junto a la razón y la fe, también se ve atacada. En el mismo sentido, su típica inclinación por la monstruosidad me parece de muy mal gusto. El monstruo mitológico es algo que tiene o ha tenido su razón de ser. El monstruo de la literatura fantástica es un capricho. Del mismo modo, la aparición extraordinaria del monstruo ejerce una fuerza simbólica sobre la realidad. Sin embargo, su proliferación devalúa el símbolo y nos introduce en una irrealidad de guardarropía. Es decir, Kafka es Kafka, y la literatura fantástica no tiene nada de kafkiano, es pura exterioridad. Si a esto añadimos su deshumanización, su tendencia a desfigurar y ofender el cuerpo humano, tan propia de la caricatura, tendremos casi completo el cuadro. En fin: si veo aparecer unas orejas puntiagudas en una cabeza presumiblemente humana, paso a otra cosa.

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26 mayo 2007

jerusalén en babilonia

Sólo el cáliz aislado y prisionero
le hace subir de nuevo a su montura
y recorrer la senda movediza.
De camino, pequeños altercados
lo desvían y alejan de su meta.
Teme que los ladrones le despojen
y da vueltas y vueltas sin sentido.
Intermitentemente, las mujeres
vienen a su memoria y, junto a ellas,
la ansiedad que erosiona el alma libre.
En las horas que duerme el entusiasmo
ve en las cosas la imagen de sí mismo:
se mira como un animal privado
de fin, como quien cae y como un ciego,
pero sigue, por más que desconozca
la razón que le mueve en este viaje
y no sepa nombrar la brisa pura
que sopla en la maraña de su alma.
Éstos son los estados del falsario,
el bosque de ahorcados que los ciñe,
la muralla de horror, y ésas, las torres,
la soberbia voraz y la ironía.
Está inerte: no da su capa a un pobre
ni se molesta en rebuscar monedas
por no tocar la mano que las pide.
Para tener un nombre niega el suyo
y le dejan pasar por la gran puerta.
Aunque nadie repara en él, se cree
que todos lo señalan y sonríen,
y, mientras la vergüenza se apodera
en su alma del gran hueco que abandona
la vanidad, olvida lo que busca.

(1986)

(Fragmentos de Europa, 1998, y Soy en mayo (Antología 1982-2006), Renacimiento, Sevilla, 2007)

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25 mayo 2007

la medicina política

Verano de 1793. Barrère de Vieuzac, desde su tribuna, pide que toda la fuerza de la nueva República caiga sobre los rebeldes de la Vendée: “En las heridas gangrenosas la medicina aplica el hierro y el fuego… La medicina política debe emplear los mismos remedios”. Y se pusieron manos a la obra. Escribe el general Westermann a la Convención el 23 de diciembre de 1793, el mismo día de la derrota del ejército católico en Savenay: “Ya no hay Vendée, ciudadanos republicanos: ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus niños. Vengo de enterrarla en los bosques y en los pantanos de Savenay. Siguiendo vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y he masacrado a las mujeres, que ya no darán a luz más bandidos. No he hecho prisioneros. Lo he aniquilado todo”. La cifra de no combatientes exterminados durante las campañas de la Vendée causa pavor. Quizá doscientos mil, o más. Un ensayo general de las atrocidades de Auschwitz y del goulag. Un ensayo en toda regla: campos de exterminio, mutilación sexual, cremación, iglesias incendiadas con todos sus feligreses dentro... Incluso se crearon talleres para el curtido de piel humana, con la que se adornaban algunos de los vencedores, y para la extracción de la grasa de los vencidos. Parece ser que también se empleó el gas, aunque sin éxito.

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23 mayo 2007

los jacarandás

¡Los jacarandás de Túnez,
los jacarandás!
Dime el color
de los jacarandás.

Si fuese malva,
te lo diría,
pero no es malva;
es un color
sólo del alma
el color
de los jacarandás.

¡Los jacarandás de mayo,
los jacarandás!

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22 mayo 2007

weil y el lenguaje del amor

Para una fecunda reflexión: “El deseo de amar en un ser humano la belleza del mundo es, esencialmente, el deseo de la Encarnación. Por error, ese deseo cree ser otra cosa. Sólo la Encarnación puede satisfacerlo. Sin ninguna razón se les reprocha a los místicos el uso del lenguaje amoroso. Son ellos sus propietarios legítimos. Los demás sólo tienen derecho a tomarlo prestado.” (Simone Weil, Formas del amor implícito de Dios, 1942)

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21 mayo 2007

errata

Y no pequeña. Repaso mi nuevo libro y me encuentro con un verso, el cuarto de este poema, al que le falta una sílaba, un por y todo el sentido.





MI SÍ Y MI NO



Porque mi sí y mi no de ti dependen,
mi ser y mi no ser de que te muestres,
mi alma espía los gestos de la tuya,
impaciente por ver tu epifanía.





(de Entre el muro y el foso, 2007)

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17 mayo 2007

steiner y la dificultad

Ernst Gombrich, no recuerdo ya dónde, pone a George Steiner como ejemplo de lo que no deben ser la actitud ni la prosa del crítico a la hora de tratar asuntos artísticos y literarios. Para mí, la actitud de ambos, la de Gombrich y la de Steiner, es ejemplar, y, por distintos motivos, su prosa me ha deparado horas y horas de inestimable gozo; su prosa y su sabiduría. Y si Gombrich es de una claridad y exactitud popperianas; a veces, Steiner (que ése era el sentido último del reproche de Gombrich, la falta de claridad) no le va a la zaga. Por ejemplo, y al hilo más o menos de mi último texto, cuando define y analiza las cuatro maneras de dificultad que, a su juicio, puede presentar un poema. Habla Steiner de una dificultad contingente, la que se deriva de la presencia de una palabra o de una tradición encubierta que obliga a una tarea de desciframiento; esta dificultad, una vez desveladas las fuentes lingüísticas, literarias o históricas, es superable. A otra, la llama modal, tomándole prestado el término a C.S. Lewis. Esta segunda, sin embargo, resulta insuperable, porque, una vez descifrados el léxico y las intenciones, vemos que la dificultad permanece, seguramente porque ahí, en ese poema, no había “respuestas que buscar”; incluso puede que se trate de un poema que, nuestra sensibilidad, educada en una determinada tradición, no reconozca como tal; en este caso, el problema estaría en el lector. La tercera es la dificultad táctica: “el poeta puede elegir ser oscuro para lograr ciertos efectos estilísticos específicos” o puede tener, por motivos políticos, amorosos o de otra índole, la necesidad de ser oscuro. La cuarta es la dificultad ontológica, la de la tradición mallarmeana, que culmina en Paul Celan: ontológica, porque, heideggerianamente, “no es tanto el poeta quien habla, sino el lenguaje mismo”. Éste es el tipo de dificultad propio de buena parte de la poesía de las últimas décadas. Para mí, se trata de una dificultad radicalmente sincera a veces y, otras, radicalmente impostada, pero dejaré que concluya Steiner al respecto: “En ciertos niveles, no se espera que entendamos en absoluto, y nuestra interpretación, ciertamente nuestra propia lectura, es una intrusión (el mismo Celan expresó con frecuencia una sensación de violación con respecto a la labor exegética que empezó a reunirse alrededor de sus poemas). Pero, entonces, ¿para quién escribe el poeta? (…) Sabemos que no estamos ante un disparate o ante una ofuscación planeada… ¿Cómo tenemos esta seguridad? ¿Qué nos permite distinguir, incluso dentro de la clase de dificultades ontológicas, entre lo necesario y lo artificial?”

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15 mayo 2007

retractaciones 2

Durante los ochenta y los noventa, algunos poetas defendimos que la poesía tenía que ser clara. Reconozco que yo fui uno de los que se condujo con mayor vehemencia durante esa época de polémicas y enfrentamientos. Es cierto que la poesía se había convertido en un género difícil de leer y que, quizá, actuásemos por reacción. No sé si dábamos por descontado que la poesía, además de ser clara, tenía que ser antes otras cosas; sobre todo, eso, poesía. El caso es que enfatizábamos la claridad, que la situábamos en un lugar de privilegio dentro de nuestras poéticas; y ahí estaba el error, porque la claridad no se encuentra en el origen de la poesía, no se hace poesía partiendo de la idea de que uno quiere ser claro; la claridad es solamente una característica de ciertos poetas o de ciertos poemas. Además, puede verse modificada; puede ser, por ejemplo, una claridad difícil o una claridad inefable, y esto, precisamente, vuelve peligrosa la pregunta “¿qué es poesía clara?” Si respondiéramos, sin más, “la que se entiende”, estaríamos, por desgracia, en el mismo punto en que nos encontrábamos en los ochenta y los noventa. Porque eso es lo que veníamos a decir, que la poesía tenía que entenderse, y, por la forma de decirlo, que eso era lo necesario e importante, que ése era su principal objetivo. ¿Qué trajo el error de situar lo que sólo es una característica en el puesto esencial que no le correspondía? Trajo océanos de trivialidad. Trivialidad que también estaba presente en lo que llamábamos poesía oscura y trivialidad que siempre había estado presente en la historia de la poesía. Pero, ahora, se trataba de una trivialidad consciente e impúdica, de una trivialidad descarada. La defensa a ultranza de la claridad no inventó ni mucho menos la trivialidad, pero la justificó y, en cierta medida, la volvió jactanciosa. Sin duda, los poetas triviales habrían seguido siendo triviales sin esa especie de victoria de la claridad, y a los no triviales es algo que no les afectó ni para bien ni para mal. Entonces, ¿qué importancia tiene ese error? Toda, porque los argumentos ilegítimos no son honrados, y el de la falta de claridad fue un argumento que se empleó hasta la caricatura contra los que llamábamos poetas oscuros, sin pararnos mucho a pensar, sin procurar entender.

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14 mayo 2007

retractaciones 1

Ayer, domingo, África parecía África. No siempre ocurre. Más bien, ocurre muy pocas veces. El consabido azul y un sol sin misterio: África parecía África, y yo paseaba por Cartago. El luminoso mar era del color del mar de las trirremes (porque dudo que el mar de las trirremes haya tenido otro color). ¡Y es tan fácil recordar a Dido en Cartago! ¡Pobre reina Dido! ¡Cómo destruye el amor, si es amor! De ella, me fue sencillo saltar a Lucrecio... ¡El consuntivo, el inasible amor! Y de Lucrecio, a unos versos de Rilke y a una frase de Levinas (“La caricia es solicitar lo que sin cesar se escapa de su forma hacia un porvenir…”). ¡Las hambrientas caricias! Y así sucesivamente. En fin, caóticas e inútiles divagaciones de un paseante ensimismado. Algo vale que, en Cartago, también resulta fácil recordar a San Agustín. Los santos son realistas y prácticos, y se sirven del camino recto. Y San Agustín vino a sacarme de todos esos pensamientos que no conducían a nada. Lo hizo con una sola palabra: retractaciones. ¿Por qué no hablar de los errores que has profesado y de las cosas que has defendido y no merecía la pena defender? No me refiero a los errores juveniles, sino a esos otros en los que se insiste cuando ya no hay disculpa. Porque eso, honrar la verdad, siempre será útil.

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12 mayo 2007

y las de mayo, mejor

Las mañanicas de abril
dulces eran de dormir,
y las de mayo, mejor,
si no despertara amor.

(en La ocasión perdida, de Lope de Vega)

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11 mayo 2007

la única rosa

La única rosa viva es esta rosa
que agoniza en mis manos. La ignorante,
la ausente como yo, la que no sufre.

El Cairo, noviembre 2001

(de Entre el muro y el foso, 2007)

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10 mayo 2007

las infinitas rosas

Cinco rosas menos en el jardín y cinco rosas más en el salón. ¿De dónde saldrán tantas rosas? Bueno, la verdad es que apenas miro el jardín. Habrá más de las que pienso, más de las que se ven a primera vista. Mi culpable desinterés sólo ve unas cuantas, pero, al parecer, su número es infinito. Cae entre mis manos, al azar, un libro de Jünger y, hojeándolo, me encuentro con la célebre cita de Nietzsche: “El desierto crece: ¡ay de quien alberga desiertos!”. ¡Qué casualidad! El desierto. Otra vez el desierto, me digo. Esa frase, para Heidegger, definía el nihilismo de Nietzsche; otros tienen sus dudas. El desierto puede ser aniquilador, anonadante, pero compadecer a quienes lo llevan consigo sólo puede ser moral (por el hecho de compadecer, no por la valoración que se haga del desierto, que eso daría para mucho y para más). Es probable, pues, que esas palabras no sirvan como emblema del nihilismo. Reparo en algo que hasta este momento me había pasado inadvertido: “... y el desierto / es ahora tan grande como el alma”, escribí allá por el 96, y a mí no me gustaría tener nada de nihilista. Pienso: todo esto se referirá, naturalmente, a otros desiertos y a otras almas… Miro las moribundas rosas y me decido a seguir con Jünger: “Está bien que la Iglesia pueda crear oasis y mejor aún que el hombre no se contente con ello...” Bien. Están bien las dos cosas, ¿por qué no? Sigo con la lectura: “La Iglesia puede ofrecer asistencia, no existencia”. ¿Qué será eso de la asistencia? ¿Y la existencia? ¿Qué o quién puede ofrecer existencia? Esa existencia, además, me suena a cosa titánica, excesiva, existencialista… En cuanto a la Iglesia, me digo, basta con que ofrezca vida. “Por su aspecto institucional (el de la Iglesia), nos encontramos siempre a bordo de la nave, todavía y siempre en movimiento: la calma, la quietud está en el bosque”. El bosque, el claro del bosque, la emboscadura, la huída al bosque, como ésta que predica Jünger para su hombre rebelde… Canetti dice que el símbolo del pueblo alemán es el bosque. Claro, dice también que el símbolo del pueblo español es el “matador”, por lo que me temo que el primer símbolo no debe de tener mucho más valor que el segundo. Pero sí, lo cierto es que el bosque aparece mucho en la literatura y la filosofía alemanas. Sigo con Jünger: “El desierto crece; aumentan los anillos estériles y pálidos, mientras van desapareciendo los jardines en los que, confiadamente, recogíamos los frutos … Las leyes van siendo inciertas… ¡Ay de quien alberga desiertos! ¡Ay de quien no lleva consigo, aunque sólo sea en una célula, ese poco de sustancia originaria que asegura continuamente la nueva fertilidad!” Esto tiene otro aspecto, pero dejo ahí la lectura. Dando tantas vueltas a unas cosas y otras, sólo he podido avanzar diez líneas. Seguro que es de noche en los bosques de Alemania. Aquí ya lo es, y pienso en las cinco rosas siguientes, que aguardan afuera, en la oscuridad del jardín.

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09 mayo 2007

las lágrimas de maría

Leía cosas de Péguy, del socialista Péguy, que era y no era socialista porque era Péguy; del peregrino Péguy, del incansable Péguy, del anárquico Péguy, del cristiano Péguy, que era cristiano porque era Péguy; del patriota Péguy, del soldado Péguy, del enamorado Péguy, que renunció a su único amor porque era Péguy; del sincero, del apasionado, del laberíntico Péguy, que se sentía indigno de los sacramentos porque era Péguy; del teniente Péguy, que ordena a sus soldados echarse cuerpo a tierra, porque era Péguy, mientras él permanece erguido, porque era Péguy, desafiando a las balas, porque era Péguy, hasta que una de ellas acaba con su vida, con la vida de Péguy. Leía Le mystère de la charité de Jeanne d'Arc, de Charles Péguy, allí donde llora la Virgen de Péguy, y yo lloraba con ella, con Nuestra Señora de Péguy. Sólo con Lope y Dostoyevski me había pasado, mi querido Péguy.

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08 mayo 2007

la más difícil facilidad

Leo en los escritos póstumos de Simone Weil: “La dirección vertical nos está vedada. Pero, si miramos mucho tiempo el cielo, Dios desciende y nos lleva. Nos lleva fácilmente. Como dice Esquilo, lo divino es sin esfuerzo. Hay en la salvación una facilidad más dificil que todos los esfuerzos”. Y, al instante, recuerdo esto otro de Jankélévitch: “Si la ascesis es, a menudo, una gimnasia en el vacío, el estado de gracia es una disposición feliz de toda el alma. (…) Se buscan salientes a los que agarrarse, apoyos para hacer palanca, pesas que levantar y se despliegan todas las fuerzas en vistas de la tarea imaginaria, cuando bastaría ofrecerse con dulzura a la simplicidad del buen movimiento para reencontrar la feliz y tranquila espontaneidad de la inocencia; pero las almas complicadas y tortuosas sólo piensan en ese movimiento al final…”

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07 mayo 2007

viaje a los mundos de dios 5

Enrique García-Máiquez me preguntaba en un comentario a Viaje a los mundos de Dios 4 si Enrique Andrés Ruiz había tenido en cuenta la Carta a los artistas de Juan Pablo II a la hora de escribir su ensayo. No supe qué responderle y se lo pregunté al propio Enrique Andrés. Ésta es su respuesta:

Caro Giulio:

He vuelto a leer la Carta a los artistas de Juan Pablo II que tenía totalmente olvidada. No, evidentemente no la tuve en cuenta al escribir aquellos párrafos que tú has reproducido. No dejó en mí apenas huella; no dejan huella las cosas a las que uno sólo puede asentir. Por otra parte, no veo que lo dicho sea un anverso del que esa carta es el reverso. Es un escrito excelente que, sencillamente, nada tiene que ver con aquella sombría Omelia del Papa Montini. Juan Pablo II hizo allí una exhortación, no una solicitud implorante, reclinada, entregada, a unos artistas y a un arte que previamente había declarado su guerra a determinadas "verdades verticales del cristianismo”, como diría Guitton. Pero, de momento, es en aquel "lugar" que describe Pablo VI donde estamos. Ni la Iglesia ni los cristianismos de facilidad parecen querer darse cuenta de que el arte contemporáneo no es un mero estilo que haya sucedido a los otros estilos históricos, sino un producto de la revolución que, en su día y sobre la base de la autonomía soberbia de la voluntad romántica, fue lanzada precisamente contra la forma encarnada y contra el espíritu de la Escritura.

(Hace poco se ha celebrado en la Universidad de Navarra un ciclo sobre un horrendo pintor procedente del expresionismo abstracto, Congdom, cuyo mérito a ojos religiosos parece estar en haber servido de compañía como ilustrador de unos textos del gran Ratzinger en un libro; pero cuya coartada real es aquella condición suya de expresionista abstracto y de progreso. Producía estupefacción cómo buenos representantes del radikalismo artístico nuestro eran convocados por la inspiración religiosa en busca ¿de qué? ¿del abrazo rogado por el papa Pablo VI? Las consecuencias de esto son terribles.)

Wojitila, nada componentista, llamó a los artistas que quisieran buscar muro de apoyo en la Encarnación y en el Evangelio, pero... a sabiendas de lo que hacían y a sabiendas, sobre todo, de que en la casa en la que entraban podían interpretar ellos una música pero la letra ya estaba escrita. Y lo hizo allí donde Pablo VI parecía únicamente estar pidiendo un perdón acusador para la Iglesia. Por decirlo pronto, Pablo VI, en época de miedo cerval al comunismo, permitió una confusión trágica entre el Espíritu de la Historia (que él supuso ya del lado de la voluntad libérrima de los artistas contemporáneos) y el espíritu cristiano. Esta confusión, después del libro sobre Joaquín de Fiore, de Lubac, no es de recibo. Después de las consecuencias del hegelianismo, no es de recibo; después del "espíritu de nuestros tiempos", no es de recibo... Pablo VI llamó "espíritu" a lo que los mismos artistas llaman "espíritu", es decir, al revolucionario, al indómito, al liberado espíritu de infinitud del idealismo, mientras Juan Pablo II aclara y distingue en su Carta la naturaleza y perfiles del único espíritu que puede ser llamado tal por un artista cristiano.

Otra cosa es que queramos apropiárnoslo todo y no veamos en nada ninguna incompatibilidad. Pero ésa es la iglesia "mercurial", que no hurga nunca en la herida, en la tragedia, en la terrible exigencia del cristianismo, casi inalcanzable, para el que es muy difícil que los guapos sean además listos y además buenos cristianos y además artistas y además directores generales y padres de familia y presidentes de un club de un fútbol.

Un fuerte abrazo de Enrique

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04 mayo 2007

viaje a los mundos de dios 4

En los intensos párrafos que siguen, Enrique Andrés Ruiz continúa reflexionando, con lucidez y energía, sobre la relación de la Iglesia con el arte y los artistas contemporáneos.

La Iglesia que pide este perdón por creerse alejada del arte en que se refleja el espíritu de su tiempo, ¿no será la Iglesia que “no ama la soledad ni el desierto”, la que “se niega a ser extranjera en el mundo”, la que “tiene mucha prisa, tiene hambre y sed de cosas positivas y de alegrías nupciales”? ¿No es ésta la Iglesia “mercurial”, “popular” y “moderna”? ¿O se trata de la Iglesia que, hasta el cataclismo final, quiere acompañar al mundo sin abandonar la nave? (…) El arte —el Arte Contemporáneo— hace mucho que abandonó el terreno de la ambición espiritual, la “ineffabilità, la trascendenza, el mistero dello spirito”, aunque tampoco fueran ya, desde mucho antes, los revelados por el Espíritu de la Palabra. Éste era, se dijo, superstición, y aquéllos, sólo romanticismos, literaturas. No sabemos la amistad que estaría ahora dispuesta a ofrecer la Iglesia al duchampianismo institucional, asentado como está, al menos en su circunspecta teoría, sobre la inexistencia de la verdad y la mera eficacia del juego lingüístico desplegado en su ausencia; la amistad que pudiera dar la Iglesia a la taxidermia humana o animal como estilo de transgresión que los museos bendicen; al sexualismo de apariencia crítica y a la crítica política que se disuelve en apariencia al comprobar la realidad defendida y el precio de venta de la denuncia; al delito penal que ha encontrado en el Arte, por encima de las leyes, la eximente que todo disculpa...

En definitiva, no sabemos cuánta amistad debería ahora ofrecer la Iglesia a la presunción que todo artista contemporáneo alberga de conocer, no ya el origen luminoso de la belleza, sino la forma y causas del mal en el mundo, el juicio ético sobre él y en él acerca de la justicia, la paz y la guerra, el orden, el desorden, el crimen y el amor... ¿No son éstos los campos reclamados por las ideologías radicales, una vez transformadas en tendencias estéticas tras su relativo fracaso político? ¿No es este “titanismo de la subversión y la revolución” la filosofía espontánea de los artistas de quienes un bienintencionado Santo Padre dijo —aunque no se imaginaba la situación actual—, que la Iglesia se había alejado, pidiéndoles una nueva alianza? ¿O hablaba sólo —sería una rebaja de exigencia pensarlo así— a los cautos artistas del arte “religioso”, o a los “modernos pero no mucho” que pudieran adaptarse a la “lógica evolución de las formas de su tiempo”? Pero seguimos sin saber qué cantidad de amistad pudiera ofrecer ahora la Iglesia, ni qué cantidad de perdón artístico sería necesario para poner de su lado “l’ispirazione, la grazia, il carisma” de este arte de tan grande densidad espiritual.

El Papa, inaugurando así una casi tradición de perdonismo católico, entendió aquel día que era necesario excusarse por la “tradizione de sontuosità, grandezza, fastosità...”, y, hasta ahí, todo se entiende. Ése es el perdón que la Iglesia ruega por ser Iglesia, por no admitir del todo su tragedia, por “no querer morir” al mundo y al tiempo, por no querer aceptar su catástrofe y su fracaso como Ley, es decir, como última posibilidad humana, antes de que se abra la única puerta de la Gracia al “nuevo cielo y la nueva tierra”. Hasta ahí, se entendía el perdón. El problema es a quién o a quiénes pedía la Iglesia ese perdón. ¿Y no se lo estaba pidiendo el Papa Montini, en su Omelia, a quienes creyó que detentaban ya, de hecho, “il mondo dello spirito”? ¿No estaba aceptando así el Sumo Pontífice el estado de cosas al que había conducido “la sola visione intuitiva”, la subjetividad genial del espíritu emancipado, el titanismo del hombre nuevo salido de una revolución que, además de contra otros adversarios, se había hecho, muy eminentísimamente, y se sigue haciendo contra la Iglesia? ¿No lo estaba aceptando y no estaba suplicando su admisión en ese “estado”? ¿No estaba negando así que en la tragedia de la Iglesia, en su fracaso, en su derrota de cosa humana, ahí, precisamente ahí debe estar su esperanza? (Enrique Andrés Ruiz, Santa Lucía y los bueyes)

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03 mayo 2007

viaje a los mundos de dios 3

El 7 de mayo de 1964, día de la Ascensión del Señor, cien años después del Syllabus, el Papa Pablo VI celebra en la Sixtina la Misa de los Artistas. Les dice en su homilía que es necesario restablecer la amistad entre la Iglesia y ellos, los artistas. También les pide perdón por haberles sometido a un estilo, a una tradición y a un canon, por haberles echado encima una pesada capa de plomo.


El terreno común que la Iglesia pudo compartir con el arte se hizo cada vez más amplio al ensancharse la igualación relativa de las espiritualidades. El dominio de lo relativo es, de suyo, cosa del mundo mundanizado, del hombre hominizado y del tiempo temporal. Son también las tres patas del banco del Arte, que ha ganado así su mayúscula espiritualísima. Así que el Papa Pablo VI dijo a los artistas aquel día en la Sixtina que la Iglesia los necesitaba. Dijo que era necesario restablecer “l’amicizia tras la Chiesa e gli artisti” con el fin de que en este tiempo, en este mundo y para este hombre se hiciera, gracias a ellos, “accesibile e comprensibile il mondo dello spirito”. Pero ocurre que “mundo” y “espíritu” ya habían establecido, para ese día, su paz y hacía dos siglos que batallaban bajo iguales banderas. Batallaban, huelga decirlo, contra la Iglesia y su otro Espíritu de “esclavitud”, su otro Infinito, su otro Absoluto, su... Otro, en fin, hasta que todos ellos fueran superados como superstición, opresión y —según la mente emancipada— anticuada mentira.

La cosa es: ¿por qué creía Su Santidad que se había roto aquella amistad de siglos entre la Iglesia y los artistas? ¿Qué era lo que la había sostenido hasta entonces? ¿Y quién creía él que, ahora, la había roto? Es al pensarlo cuando nos vemos, en cualquier recuerdo reciente, entrando a una iglesia cualquiera donde han fraguado la soledad y el vacío o, peor, el confort mediano con el hierro y el hormigón. Nos vemos entonces ante unas figuras forjadas con ángulos erizados, en el vilo del aire, que quieren ser las formas nuevas, inspiradas por el nuevo tiempo en uno de estos templos sin figuras, sin rostros, sin letra ni espíritu encarnados en la forma. Precisamente, esa forma es la que decía Von Balthasar en su Gloria que está en el mundo a cargo de los cristianos. Los cristianos cargan con la responsabilidad de la forma porque no debiera haber para ellos espíritu sin carne ni carne sin espíritu. No puede extrañar que San Ireneo encontrara el denominador común de toda herejía en negar que la Palabra se hizo Carne un día. Y es muy importante saber que un cristiano o un artista cristiano —hombre en éxodo de sí— tampoco debiera albergar pretensión alguna de darse forma a sí mismo (como el espíritu liberado pretende hacer, plásticamente, con la naturaleza humana), sino abrigar la forma creada en la sede vacante de su corazón. Esa entrega consiste en poner su vacío —que es todo su espíritu— a disposición de esa forma y el esplendor de su hermosura. También en ponerlo a disposición de la Ley, desde la que únicamente él sabe que puede ganar, donado y gratuito, el regalo de la Gracia, inalcanzable sin embargo para la vía rápida de la religiosidad personal. Si hay mundo, hay arte y hay ley, hay carne y forma de carne. El arte de la revolución y la revolución del espíritu pretendieron el salto, por encima de estas dimensiones de la terrenalidad, al país de la Gracia. Un cristiano sabe que ese país sólo merece la pena si en él es salvada y redimida la ley de la carne y la forma.

Pero habíamos entrado, en el recuerdo, al nuevo templo cristiano. Aquí, en el refugio antiaéreo, en la capilla-salón de congresos, no hay forma encarnada sino las formas del arte fabricadas con “la sola visione intuitiva” del espíritu artístico libre, cuya amistad solicitaba el Santo Padre. Esa intuición libre es la prerrogativa del artista emancipado. Y ¿de qué se emancipó nuestro artista? Tuvo que ser de eso mismo en lo que Su Santidad veía la causa por la que “abbiamo turbato la nostra amicizia”. “Vi abbiamo —dijo el pontífice Montini— imposto come canone primo la imitazione”, y tras esa imposición —vino a decir luego— decretamos la de un estilo, y después la de una tradición, y la de un canon, hasta que —así terminó— “Vi abbiamo talvolta messo una cappa di piombo addosso, possiamo dirlo; perdonateci!” (Enrique Andrés Ruiz, Santa Lucía y los bueyes)

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02 mayo 2007

tradición

No me gustan nada las revoluciones, pero tampoco me gustaría que el Antiguo Régimen hubiese seguido con vida hasta nuestros días. Hay una tradición revolucionaria y otra que querría que el tiempo y el mundo se hubiesen detenido en la corte de Luis XVI. Hay tradiciones para todos los gustos: tradiciones sanas, tradiciones indiferentes y tradiciones criminales. La verdad y el bien necesitan de las primeras para transmitirse de unas generaciones a otras; pero, cuando la verdad y el bien se vuelven irreconocibles en el seno de una tradición, mejor desprenderse de esa tradición, aunque alguna vez haya sido recta y saludable. Sólo habría que dar la batalla en favor de las tradiciones cuando éstas garantizan, fente a las innovaciones irreflexivas, la defensa de un orden moral. Y no ir más allá; es decir, no trazar continuamente una frontera entre lo antiguo y lo nuevo, dando a entender que de un lado está el bien y del otro el mal, porque pudiera no ser siempre así. Además, esa actitud no sirve ni frente a los adoradores de lo nuevo por lo nuevo ni como parapeto contra la estúpida y soberbia jactancia de la modernidad. Y no hablo, Dios me libre, de transigir. Pienso sólo que el número de tradiciones sanas y necesarias es, por fuerza, limitado. Si se defienden muchas tradiciones, o la Tradición en general, como algo sagrado e inmutable, seguramente se están defendiendo algunas del todo indiferentes, con la confusión que eso añade a cualquier debate, y otras radicalmente injustas, perjudicando a las que de verdad merecen la pena.

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01 mayo 2007

entra mayo

Entra mayo y sale abril,
¡tan garridico le vi venir!

Entra mayo con sus flores,
sale abril con sus amores;
y los dulces amadores
comienzan a bien servir.

(Cancionero musical de Palacio)

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