14 marzo 2008

gnosis

Eric Voegelin ha demostrado la continuidad del pensamiento gnóstico a través de los siglos y, sobre todo, ha puesto de manifiesto lo que tienen de radicalmente gnóstico las utopías de toda condición y los sistemas filósófico-políticos de Hegel, Marx y Comte. Ha visto también esa herencia en Nietzsche y, con más motivo aún, en Heidegger. Para que las construcciones teóricas de todos estos pensadores funcionen, hay que dejar de lado alguna característica real del ser o del hombre concreto, tenga ésta la dimensión que tenga, e incluso hay que ir más lejos: “El fin del gnosticismo parusístico es destruir el orden del ser, que se contempla como defectuoso e injusto, y, gracias a la fuerza creadora del hombre, sustituirlo por un orden perfecto y justo. Se entienda como se entienda el orden del ser (como un mundo dominado por las potencias cósmico-divinas en las civilizaciones del Medio y del Extremo Oriente, o como la creación por parte de un Dios trascendente en el simbolismo judeocristiano, o como un orden esencial en la contemplación filosófica), éste permanece siempre como algo que ha sido dado y que no se encuentra bajo el control del hombre. Así, para que su intento de crear un mundo nuevo no parezca del todo insensato, debe ser anulada esa característica que es propia del orden del ser, la de haber sido dado. El orden del ser se debe interpretar como esencialmente sujeto al control del hombre. Y ese control del ser requiere además que sea anulado su origen trascendente: requiere la decapitación del ser, el asesinato de Dios.” (Eric Voegelin, Wissenschaft, Politik und Gnosis, 1959)

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07 mayo 2007

viaje a los mundos de dios 5

Enrique García-Máiquez me preguntaba en un comentario a Viaje a los mundos de Dios 4 si Enrique Andrés Ruiz había tenido en cuenta la Carta a los artistas de Juan Pablo II a la hora de escribir su ensayo. No supe qué responderle y se lo pregunté al propio Enrique Andrés. Ésta es su respuesta:

Caro Giulio:

He vuelto a leer la Carta a los artistas de Juan Pablo II que tenía totalmente olvidada. No, evidentemente no la tuve en cuenta al escribir aquellos párrafos que tú has reproducido. No dejó en mí apenas huella; no dejan huella las cosas a las que uno sólo puede asentir. Por otra parte, no veo que lo dicho sea un anverso del que esa carta es el reverso. Es un escrito excelente que, sencillamente, nada tiene que ver con aquella sombría Omelia del Papa Montini. Juan Pablo II hizo allí una exhortación, no una solicitud implorante, reclinada, entregada, a unos artistas y a un arte que previamente había declarado su guerra a determinadas "verdades verticales del cristianismo”, como diría Guitton. Pero, de momento, es en aquel "lugar" que describe Pablo VI donde estamos. Ni la Iglesia ni los cristianismos de facilidad parecen querer darse cuenta de que el arte contemporáneo no es un mero estilo que haya sucedido a los otros estilos históricos, sino un producto de la revolución que, en su día y sobre la base de la autonomía soberbia de la voluntad romántica, fue lanzada precisamente contra la forma encarnada y contra el espíritu de la Escritura.

(Hace poco se ha celebrado en la Universidad de Navarra un ciclo sobre un horrendo pintor procedente del expresionismo abstracto, Congdom, cuyo mérito a ojos religiosos parece estar en haber servido de compañía como ilustrador de unos textos del gran Ratzinger en un libro; pero cuya coartada real es aquella condición suya de expresionista abstracto y de progreso. Producía estupefacción cómo buenos representantes del radikalismo artístico nuestro eran convocados por la inspiración religiosa en busca ¿de qué? ¿del abrazo rogado por el papa Pablo VI? Las consecuencias de esto son terribles.)

Wojitila, nada componentista, llamó a los artistas que quisieran buscar muro de apoyo en la Encarnación y en el Evangelio, pero... a sabiendas de lo que hacían y a sabiendas, sobre todo, de que en la casa en la que entraban podían interpretar ellos una música pero la letra ya estaba escrita. Y lo hizo allí donde Pablo VI parecía únicamente estar pidiendo un perdón acusador para la Iglesia. Por decirlo pronto, Pablo VI, en época de miedo cerval al comunismo, permitió una confusión trágica entre el Espíritu de la Historia (que él supuso ya del lado de la voluntad libérrima de los artistas contemporáneos) y el espíritu cristiano. Esta confusión, después del libro sobre Joaquín de Fiore, de Lubac, no es de recibo. Después de las consecuencias del hegelianismo, no es de recibo; después del "espíritu de nuestros tiempos", no es de recibo... Pablo VI llamó "espíritu" a lo que los mismos artistas llaman "espíritu", es decir, al revolucionario, al indómito, al liberado espíritu de infinitud del idealismo, mientras Juan Pablo II aclara y distingue en su Carta la naturaleza y perfiles del único espíritu que puede ser llamado tal por un artista cristiano.

Otra cosa es que queramos apropiárnoslo todo y no veamos en nada ninguna incompatibilidad. Pero ésa es la iglesia "mercurial", que no hurga nunca en la herida, en la tragedia, en la terrible exigencia del cristianismo, casi inalcanzable, para el que es muy difícil que los guapos sean además listos y además buenos cristianos y además artistas y además directores generales y padres de familia y presidentes de un club de un fútbol.

Un fuerte abrazo de Enrique

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13 abril 2007

adivinos

Esto, tan sencillo y tan exacto, se ha dicho de varias maneras. Esto, tan cierto, no termina de creérselo la mayoría: “El error inherente a la predicción del curso de la Historia consiste en que los profetas suponen que ninguna idea se adueñará de los espíritus humanos fuera de las que ellos ya conocen. Hegel, Comte y Marx, por citar sólo a los adivinos más populares, no dudaron nunca de su propia omniscencia. Cada uno de ellos estaba plenamente convencido de ser el hombre que las misteriosas potencias que gobiernan con previsión todos los asuntos humanos habían elegido para coronar la evolución del cambio histórico. Ninguna otra cosa, pues, podía suceder. No era ya necesario que las gentes pensaran. Sólo una tarea restaba a las generaciones futuras: prepararlo todo según los principios concebidos por el mensajero de la Providencia.” (Ludwig von Mises, Theory and History, 1957)

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