29 junio 2008

judit

No sólo es hermosa, sino que se sabe hermosa. Si no fuera así, ¿cómo podría haber concebido este proyecto? Sabe, además, vestirse de la manera adecuada para realzar y hacer irresistible su hermosura, para sojuzgar la mirada de los hombres (10, 4). Pide sólo lo que le falta: “un lenguaje seductor para herir y para matar” (9, 13), y Dios se lo concede. A partir de ahí y hasta la decapitación, la peligrosa tierra de nadie de la ambigüedad, el juego, la apuesta que hay que llevar al límite, porque, si no, se pierde. Cuanto más adulan las palabras, cuanto más seductor es el lenguaje, más se expone la hermosura, más riesgo corre la verdad. Pero sabe que ha herido. Persevera. Sólo le queda matar.

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26 junio 2008

extraño

Los lenguajes especializados sentidos como una amenaza cuando desbordan sus límites y el hablante que no los domina tiene que vérselas con ellos. Es decir, cuando esos lenguajes ocupan los lugares que sólo tendrían que pertenecer a la lengua común, la asamblea, los tribunales, el corazón mismo de la polis; los lugares donde se dirimen precisamente las cosas comunes y donde también está en juego lo particular y más importante, la propia vida y la propia muerte. Sócrates declara que es extraño al lenguaje que se habla allí, en el tribunal que le juzga (Apología, 17d), y que, como si fuese un extranjero, hablará en la lengua de su país, que (paradójicamente) no es otra que la utilizada a diario en sus conversaciones con los ciudadanos de Atenas.

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25 junio 2008

exactas en la memoria

¿Verba volant? Muchas sí, todas no. Las palabras con que ofendimos y con que nos ofendieron resisten; las palabras del desamor, las de la humillación, todas ésas resisten, seamos o no rencorosos. Las del perdón, ésas sí vuelan. Incluso el perdón más sinceramente pedido y más sinceramente otorgado se expresa a través de fórmulas y de gestos convencionales, de palabras previsibles, menos poderosas, menos duraderas que las palabras de la ofensa. Nos quedamos con esas fórmulas y esos gestos; pasado el tiempo, sólo con el recuerdo de que hubo perdón, pero no con las palabras que le acompañaban. Mientras, las otras, las anteriores, las palabras del dolor, las palabras con que ofendimos y con que nos ofendieron, permanecen invariables, exactas en la memoria, aunque hayamos olvidado, aunque nos hayan perdonado de corazón.

24 junio 2008

en dos

Creyente sin fe, agnóstico pero con Dios, ese católico, al fin y al cabo como tantos, que fue Tocqueville, vio con claridad que una democracia sin creencias religiosas carece de fundamentos sólidos. Vio también, sobre el terreno, una respuesta al viejo conflicto entre el alma y el mundo, agudizado en la sociedad moderna. Mucho me temo, sin embargo, que la cosa no resulte tan sencilla: “Los sacerdotes católicos de América han dividido el mundo intelectual en dos partes: en una, han dejado los dogmas revelados y se someten a ellos sin discutirlos; en la otra, han situado la verdad política y piensan que Dios la ha abandonado ahí a las libres investigaciones de los hombres. Así, los católicos de Estados Unidos son a la vez los fieles más sumisos y los ciudadanos más independientes.”

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22 junio 2008

te solo aspetto

“In questa spera / sarai ancor meco, se ‘l desir non erra: / i’ so’ colei che ti diè tanta guerra / e compie’ mia giornata inanzi sera. // Mio ben non cape in intelletto umano: / te solo aspetto, e quel che tanto amasti / e là giuso e rimaso, il mio bel velo.” (Rerum vulgarium fragmenta, CCCII). Verano de 1351. Regreso a Valchiusa. Cuenta Ernest Hatch Wilkins, en su Life of Petrarch, que, nada más llegar allí, el poeta se encuentra con un perro abandonado que le ladra amenazante. Él le habla con dulzura. Al final, el perro se rinde y, moviendo la cola, va hacia Petrarca, alegre y confiado. Petrarca y ese perro “más negro que la pez, más veloz que el viento, más fiel que ningún otro perro” (Familiares, XIII, 11, 1), se hicieron grandes amigos. En Valchiusa le esperan los manuscritos dejados a medias. Le esperan sus paseos solitarios y sus cabalgadas con Raymond Monet, el granjero que cuidaba de sus tierras y de sus libros. Raymond no sabía leer, pero amaba esos libros y había aprendido a reconocerlos por sus títulos. A veces, estrechaba uno de ellos contra el pecho y se ponía a hablar en voz baja con su autor. Durante ese verano, Petrarca escribió mucho y sintió también, de manera más punzante aún, la ausencia definitiva de Laura. Un día, su pensamiento le lleva hasta el lugar donde ahora está aquella que busca y ya no encuentra en la tierra; hasta el tercer cielo le lleva, y allí la ve, más bella y menos orgullosa (¿por qué siempre el orgullo enredando con el amor?). Laura le coge de la mano y le dice que en esa esfera, si el deseo no se equivoca, volverán a encontrarse algún día (Dante ya pasó por allí cerca, pero ni se las prometía ni se las prometieron tan felices); le dice que es aquella que le dio tanta guerra y que murió antes del anochecer, que le hizo sufrir y murió antes de tiempo (y tendría que decirle que le seguirá dando guerra, porque, si no, si hay un término para el sufrimiento, ¿qué es el amor?); le dice que el intelecto no puede entender el bien que ahora goza, y le dice que le espera, que le espera sólo a él (¿puede un alma beata, un alma salvada, decir que espera a uno sólo?). Le dice que allá abajo, en el mundo, ha quedado lo que tanto amó Petrarca, su hermoso velo, la hermosura mortal (¿amó eso más que ninguna otra cosa? ¿amó sólo eso?).

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18 junio 2008

los anillos de oro

Esos tres modios de anillos de oro arrancados por Aníbal a los patricios y caballeros que yacían muertos en el campo de batalla de Cannas: “anulos aureos corporibus occisorum detractos” (Livio, 23,12); “anulos aureos trium modiorum” (Valerio Máximo, 7,12,16). Esos tres modios que, presentados por Magón ante el senado de Cartago, daban a entender la magnitud de la carnicería, la enormidad de la victoria. Si la nobleza romana había sufrido tantas bajas, ¡cuál no sería el número de muertos entre las filas de los sin nombre! Ese oro que reaparece también en un verso de Silio Itálico (8,675), en Floro (1,22), en un fragmento de Dión Casio (92), en Eutropio (3,6), y cuyo trágico resplandor iluminará todavía el Infierno de Dante: “la lunga guerra / che de l’anella fé sì alta spoglie, / come Livio scrive, che non erra” (28, 10-12) y su Convivio: “E non puose Iddio le mani, quando per la guerra d'Annibale avendo perduti tanti cittadini che tre moggia d'anella in Africa erano portate...?” (4,5,19). Tantos y tantos textos y sólo una referencia piadosa a esos innumerables desconocidos. Se lee en San Agustín (De Civ. Dei, 3,19): “el resto del ejército, tanto más numeroso cuanto más pobre, que sin anillos yacía (sine anulis iacebat)”.

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16 junio 2008

¿de qué está hecha?

¿De qué está hecha la poesía que se puede leer? De obsesiones, sin duda. Y de pasión. Si no se cree con obstinada pasión en algo muy concreto o si no duele no creer en nada, no hay poesía. Si sólo se cree en vaguedades, como la belleza ideal, la Humanidad (con mayúscula y sin rostro) o la bondad de la naturaleza, no hay poesía. Menos aún, si se manejan con maniqueísmo esas abstracciones. ¿De qué está hecha? De inconsecuencia, sin duda. De fe y de pasión traicionadas. De conciencia de la propia traición. No vale estar satisfechos. Creer y estar satisfechos de creer: eso no sirve, porque ahí no hay obstinación ni pasión, sino un estado amorfo del alma, sin historia, sin sangre, sin sacrificio. Y lo que menos sirve es que la Poesía (así, abstracta y también con mayúscula) obsesione más que cualquier otra cosa. La obstinada pasión por la Poesía está detrás de toda la poesía que no se puede leer.

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12 junio 2008

nunca sabré decir

Fue la mañana más clara de todas, la más hermosa. Nunca había visto así, perfectamente dibujadas al fondo del golfo, las cumbres gemelas del monte Bukornin (literalmente, “el de los dos cuernos”), el mismo que veía Dido y el último que vio san Cipriano. No había esa niebla que oculta ni esa luz que no dice, sino otra luz, que nunca sabré decir cómo era. Fue un regalo por llegar antes de tiempo a una reunión de trabajo. Cinco minutos mirando la hermosura del mundo desde Cartago y cinco minutos hablando de la muralla púnica y de la ciudad romana con Santiago Miralles. Lo anoto aquí, porque, a veces, el alma desagradecida olvida estas cosas.

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06 junio 2008

nada

Una fecha. Por ejemplo, 1759. Reconstruirla, hasta donde sea posible, a través de lo que, en ese momento, hacían cincuenta, cien, doscientos hombres de biografía más o menos conocida, jóvenes o ancianos, y de todo lo que pasó justo entonces y de cómo eran las ciudades en que vivían y los caminos que transitaban. El título del libro sería ése precisamente: 1759. Pero la imaginación sola no hace las cosas. Una época. Estudiar los siglos cuarto y quinto de nuestra era. No escribir nada al respecto, sólo estudiar. Ver desde Homero a los Padres de la Iglesia el destino de algunas palabras. Seguirles el rastro. No escribir nada, sólo seguirles el rastro. Escribir un ensayo sobre Lorenzo el Magnífico. Leí tres o cuatro biografías, sus poemas y todo lo que cayó en mis manos sobre esa época. Luego, no escribí nada. Escribir un ensayo sobre el amor, otro sobre la libertad y otro sobre la guerra. Del primero, tengo algunas líneas. El segundo me llevó a muchas lecturas y relecturas serias, desde la Escuela de Salamanca hasta finales del veinte, pero no escribiré nada. El tercero me supera, quizá porque es el único en el que podría decir algo no absolutamente trivial. Tampoco escribiré nada. Ni sobre Aldana, porque también me supera.

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