11 septiembre 2008

san cipriano de cartago 258 a.d.

El próximo domingo, 14 de septiembre de 2008, se cumple el mil setecientos cincuenta aniversario del martirio de San Cipriano, obispo y padre de la Iglesia. Murió aquí cerquita, en Cartago. Sus escritos me han acompañado a menudo durante mi estancia africana y, hace ya dos años, pensé escribir algo dedicado a él para conmemorar esta fecha, algo que no fuera un simple recordatorio. Como casi todos mis propósitos se quedan en nada, ha llegado la hora y no he escrito ese texto. Me consuelo pensando que no habría sabido estar a la altura. Las actas del martirio, traducidas o en latín, son muy fáciles de encontrar en la red. Vale la pena buscarlas. Los peregrinos que hagan ese pequeño esfuerzo quedarán en la mejor compañía. A los que venís con prisa o vais de paso, mi abrazo fraternal y feliz viaje.

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03 septiembre 2008

púnica

Si eres demasiado inteligente, no aprenderás nunca.

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18 junio 2008

los anillos de oro

Esos tres modios de anillos de oro arrancados por Aníbal a los patricios y caballeros que yacían muertos en el campo de batalla de Cannas: “anulos aureos corporibus occisorum detractos” (Livio, 23,12); “anulos aureos trium modiorum” (Valerio Máximo, 7,12,16). Esos tres modios que, presentados por Magón ante el senado de Cartago, daban a entender la magnitud de la carnicería, la enormidad de la victoria. Si la nobleza romana había sufrido tantas bajas, ¡cuál no sería el número de muertos entre las filas de los sin nombre! Ese oro que reaparece también en un verso de Silio Itálico (8,675), en Floro (1,22), en un fragmento de Dión Casio (92), en Eutropio (3,6), y cuyo trágico resplandor iluminará todavía el Infierno de Dante: “la lunga guerra / che de l’anella fé sì alta spoglie, / come Livio scrive, che non erra” (28, 10-12) y su Convivio: “E non puose Iddio le mani, quando per la guerra d'Annibale avendo perduti tanti cittadini che tre moggia d'anella in Africa erano portate...?” (4,5,19). Tantos y tantos textos y sólo una referencia piadosa a esos innumerables desconocidos. Se lee en San Agustín (De Civ. Dei, 3,19): “el resto del ejército, tanto más numeroso cuanto más pobre, que sin anillos yacía (sine anulis iacebat)”.

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12 junio 2008

nunca sabré decir

Fue la mañana más clara de todas, la más hermosa. Nunca había visto así, perfectamente dibujadas al fondo del golfo, las cumbres gemelas del monte Bukornin (literalmente, “el de los dos cuernos”), el mismo que veía Dido y el último que vio san Cipriano. No había esa niebla que oculta ni esa luz que no dice, sino otra luz, que nunca sabré decir cómo era. Fue un regalo por llegar antes de tiempo a una reunión de trabajo. Cinco minutos mirando la hermosura del mundo desde Cartago y cinco minutos hablando de la muralla púnica y de la ciudad romana con Santiago Miralles. Lo anoto aquí, porque, a veces, el alma desagradecida olvida estas cosas.

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28 junio 2007

pamplona 1


Mi querido Enrique Andrés me pide que incluya como entradas dos apuntes que aparecen en los comentarios de ayer a Una cosa rara:


Juan Manuel, ¿conoces mi poema También mueren caballos en combate? Cuando lo escribí, en el 82, nunca había visto caballos muy de cerca. Medio año después, la vida, en forma de servicio militar, me llevó a Pamplona, donde aprendí a limpiar mulos y cuadras, y donde vi por vez primera, y muy de cerca, cómo mueren los caballos. En Pamplona, también aprendí a montar, y allí, no en durmen sus un chivau, como Guillermo de Aquitania, porque mi destreza ecuestre y mi capacidad poética nunca han dado para tanto, pero sí bien despierto a lomos de uno de ellos, imaginé varios de los versos de ese San Luis que hoy me has recordado y que, a su vez, me ha hecho recordar esta pequeña historia. Pero es que, además, la cosa no termina ahí. La vida, al cabo de los años, me ha traído a la tierra de la última cabalgada del rey santo. Muy a menudo, paso junto a la colina de Byrsa, en Cartago, donde se cree que murió, y no puedo evitar que ese jinete de luz en la hora oscura me venga siempre a la memoria.

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