17 julio 2007

cioran y la utopía

“Cuando Cristo dice que el reino de Dios no está ni aquí ni allá, sino dentro de nosotros, condena por anticipado las construcciones utópicas, para las que todo reino es necesariamente exterior, sin relación alguna con nuestro yo profundo o nuestra salvación individual”. La crítica que hace Cioran de los mecanismos de la utopía está repleta de sugerentes planteamientos y de definiciones llenas de sentido común: “La utopía es una mezcla de racionalismo pueril y de angelismo secularizado”. También de acertadas y expresivas descalificaciones: “Recomiendo la descripción del Falansterio como el más eficaz de los vomitivos”. Pero, “después de denunciar la ridiculez de la utopía”, Cioran le concede un mérito, el de poner de manifiesto los horrores de la propiedad y las calamidades que provoca. Le reconoce, además, una utilidad, la de turbar el sueño de los propietarios, la de alimentar sus pesadillas, porque éstas, las pesadillas, son el inicio de su despertar metafísico. Y añade: “para recuperar su alma, es necesario que (el propietario) se arruine y consienta en su ruina”. Para Cioran, “toda forma de propiedad degrada y envilece”. Para mí, plantear así las cosas es rendirse ya a la utopía.

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09 julio 2007

la misa en la galera

Chateaubriand, en El genio del cristianismo, recoge una carta del jesuita Jacques Cachod a propósito del riesgo de contagio que corrían los misioneros en los baños y galeras de Estambul a principios del XVIII. Dice el padre Cachod: “El mayor peligro de toda mi vida lo pasé en la cala de una sultana de ochenta y dos cañones. Los esclavos, de acuerdo con los guardianes, me habían hecho entrar allí para que los confesase durante toda la noche y celebrase la misa al amanecer. Nos encerraron con dobles candados, como es costumbre. De cincuenta y dos esclavos que confesé, doce estaban enfermos y tres murieron antes de mi partida. ¡Juzgad el aire que podía respirar en ese lugar cerrado y sin la menor abertura! Dios, que por su bondad me salvó en esta ocasión, me salvará en otras muchas.” Leí este pasaje hace unos veinte años y, durante mucho tiempo, le di vueltas y más vueltas obsesionado con la idea de escribir un poema inspirado en él. No tardé en decidir que ese poema tendría dos partes fundamentales: la confesión de uno de esos cautivos y la celebración de la misa. El cuadro ofrecía la posibilidad de trabajar con muchos símbolos. Una galera anclada después de una navegación; el recuento de una vida, que es otra navegación; la esclavitud física como reflejo de la esclavitud moral; la oscuridad y la esperanza; la Sagrada Forma como un sol en ese amanecer sólo imaginado desde la sentina... Dediqué mucho tiempo al poema y escribí algunos versos sueltos, pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que nunca podría hacer lo que me había propuesto y lo acabé dejando. Ya sé que las intenciones sin más no sirven, pero hoy lo recuerdo aquí para salvar un poco de aquel entusiasmo y aquella derrota.

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08 julio 2007

the long gray line

Hoy he vuelto a ver The long gray line (1955), estrenada en español bajo el título de Cuna de héroes (¡qué triste destino para una metáfora tan evocadora!). Me ha ocurrido lo que siempre me ocurre cuando veo una película de John Ford, que no quería que terminase. Justo lo contrario de lo que me pasa cuando veo cualquier otra película, incluso si, por azar, me gusta. No quería que terminase: quería permanecer más y más frente a esa larga línea gris del deber, el honor y la abnegación; quería seguir viendo a esos hombres y mujeres que, como todos los de Ford, son personas y no personajes; que hablan, ríen y lloran frente a una cámara que los respeta situándose a cierta distancia y a la altura de sus ojos; quería seguir viendo uno de esos raros milagros que nos ha ofrecido el arte del siglo veinte y justo de la mano de alguien que nunca consideró que lo que hacía fuese arte. Cuando me hacen esa pregunta tan tonta de si me gusta el cine, respondo: “Sí, me gusta John Ford”.

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06 julio 2007

bronwyn

La amada redime: “Te vi para saber que soy eterno. / No importa que esté muerto junto al mar.” Pero es también un abismo: “Siempre está junto a mí ese precipicio, / la carencia absoluta de tu ser.” Hace ya treinta y seis años, y de forma casual, leí unos pocos versos de Bronwyn. Era verano; creo que julio, como ahora. Desde entonces, de una manera que yo mismo ni me sé explicar, esos versos han seguido resonando en mis oídos y, con el paso del tiempo, a ésos se han ido uniendo otros de Cirlot, que han ejercido sobre mí el mismo poder, la misma fascinación, que aquellos que leí de adolescente. Será porque se trata de una poesía sin tiempo, de una poesía que nos devuelve al alba de la poesía, de una poesía que nos quiere eternamente jóvenes. Escribe Cirlot a propósito de La quête de Bronwyn: “Nunca ocultaría que mi interés por la aliteración (sea estricta o no) deriva de influencias medievales (literaturas céltica galesa e irlandesa, altogermánica y escandinava-islandesa), pues en estas obras –cuyo sentido he penetrado en traducción inglesa, pero cuyo sistema he visto directamente en los originales- he encontrado una inmensa belleza sonora que no sé si, en mi castellano, he podido evocar”. Yo tampoco sé si Cirlot logró evocar justamente esa belleza sonora, pero no creo que importe demasiado. Sé, eso sí, que difícilmente el castellano volverá a ser tan sonoro en ningún otro poeta; tan sonoro e inasible y, a la vez, tan abierto al sentido.


Brillante Bronwyn, Bronwyn del abismo
del abismo absoluto de mí mismo.
Brabante es el instante más distante.
Nunca lo encontraré porque en lo nunca
voy errante.

La nada junto a mí como lo nunca,
sangre como de sangre sólo sangre.

Eran las escaleras, pero no eras.

El cielo se celaba sobre el cieno
y las encinas ciegas de ceniza
alzaban en su alzar lo que soñaban,
lo que soñara el cielo sobre el cieno.

Eran las eras grises, mensajeras,
eran las mensajeras de las eras,
eran las mensajeras de las horas,
eran ya sin mensaje las auroras.


(Juan Eduardo Cirlot, La quête de Bronwyn, 1971)

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04 julio 2007

sin dios

Cuatro sonetos de Francisco de Figueroa (c. 1535-1588) terminan con este mismo terceto : “Más dura sois, señora, que un diamante / y muy más brava sois que una leona, / y más hermosa sois que brava y dura”. Insistir en esas características sirve para subrayar una realidad y hacernos ir más allá del tópico. Hermosa y dura debía ser la amada del poeta, hermosa y anonadante, porque, en otro soneto, y a partir del mote Yo sin vos, sin mí, sin Dios, cuya fortuna estudió R. Lapesa, Figueroa dibuja un cuadro desolador del influjo que ella ejerce sobre su alma. Hay poetas en los que la tradición es un pretexto para jugar a los enamorados; otros, como Figueroa, están realmente enamorados y son realmente poetas, y nos lo hacen saber (no me preguntéis cómo) aunque empleen palabras y situaciones mil veces utilizadas. Partiendo de ese mismo mote, Jorge Manrique dice estar “sin Dios, porqu’en vos adoro”, que es otra forma, sincera también y dramática, de declarar que, tratándose de amor, el alma se enfrenta a un peligro mortal.

Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida;
sin vos, porque no sois de mí servida,
sin mí, porque no estoy con vos presente;

sin ser, porque de vos estando ausente,
no hay cosa que del ser no me despida,
sin Dios, porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente;

sin vida, porque ya que haya vivido,
cien mil veces mejor morir me fuera
que no un dolor tan grave y tan extraño.

¡Que preso yo por vos, por vos herido,
y muerto yo por vos desta manera,
estéis tan descuidada de mi daño!
(Francisco de Figueroa)

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02 julio 2007

aldana

Mi hija María está preparando un trabajo sobre la poesía bélica de Francisco de Aldana (1537-1578), uno de los poetas preferidos de su padre. Conversando con ella, he recordado las jornadas de Flandes y he vuelto a la desolación de Alcazarquivir. No hay, en todo el dieciséis, poesía más sincera que la del capitán Aldana, porque no hay tampoco alma más sincera que la suya, más anhelante de redención, más aniquilada por el deber.


Otro aquí no se ve que, frente a frente,
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra,
y tras honroso fin correr la gente.

Éste es el dulce son que acá se siente:
“¡España, Santïago, cierra, cierra!”
y por süave olor, que el aire atierra,
humo que azufre da con llama ardiente:

El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,

hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla:
¡oh sólo de hombres digno y noble estado!

(Francisco de Aldana)

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