30 octubre 2007

el alma inadvertida

Leía en Cioran la enésima comparación entre Bach y Haendel, pero yo no tenía musical la mañana. Por la noche, concierto de piano, pero tampoco era musical mi noche. El alma inadvertida seguro que se entretenía con otras cosas; con sucesiones inconsistentes, sin ritmo y sin alma, y con imágenes apenas esbozadas, sin melodía ni líneas claras. Sólo la pasión nos devuelve la música y sólo la pasión nos hace evidente el alma; pero no había pasión y pasaba desapercibida el alma.

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24 octubre 2007

hortus conclusus

El jardín rodeado de altos muros, que no puede verse desde afuera, es una solución de compromiso. Equivocada, como toda solución y como los compromisos que ocultan la derrota. Equivocada, como toda rendición. El afuera que no puede verse desde el jardín excluye la mirada, pero tendríamos que tapar nuestros oídos para que no nos llegara su eco, para que ese afuera no existiese. Tendríamos también que oponer al desorden exterior un laberinto de piedra, no una ordenada sucesión de parterres. Tendríamos que escuchar sólo el eco del pozo insondable, el eco del agua en el fondo o el eco del insondable fondo seco.

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13 octubre 2007

agua viva

Ya que vuelves a San Agustín, vuelve a Milán. Sube las escaleras del Duomo y recuerda que fue bautizado justo allí, debajo de ellas, en San Giovanni alle Fonti, el baptisterio ambrosiano de la Basilica Maior. No era agua estancada. Era un río incesante. Era agua viva. Luego, ya puedes vagar por las calles, empujado por la ansiedad, como es tu costumbre. Quizá acabes, como tantas veces, en el atrio de Sant’Ambrogio, la Basilica Martyrum, y, como tantas veces, cuando te decidas a entrar, ya estarán saliendo de misa.

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10 octubre 2007

ventana

¿Qué veo a través de ella? Por la tarde y a lo lejos, una palmera agonizante; de noche, una farola mortecina. En el mejor de los casos: por la tarde y de cerca, un mirlo de rama en rama; de noche, una farola que no se ve.

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04 octubre 2007

lo que fue y no he visto

A propósito de ciudades, campos de cultivo y naturaleza amenazante, me vino a la imaginación la vida en un espacio determinado (éste) y en una época precisa (el siglo IV d. C.); es decir, me puse a pensar en qué percepciones tendría de su entorno un hombre cualquiera del África Romana en las décadas inmediatamente anteriores a la invasión de los vándalos. En seguida, pasé a centrarme, por razones obvias, en un hombre concreto: San Agustín. Hace meses ya me preguntaba, pasando por Dougga, si, en su trayecto hacia Cartago, vería San Agustín esa ciudad deslumbrante; pensé cómo sería entonces Dougga e intenté ponerme en la mirada de aquel adolescente. En ésas estaba mientras hacía la compra en un gran supermercado de las afueras de Túnez. Me acerqué a la sección de libros, siempre poco prometedora en estos sitios, y, como nada es azar, apareció ante mis ojos La vie de Saint Augustin, versión francesa del Augustine of Hippo. A Biography, el clásico de Peter Brown, uno de esos libros fundamentales cuya lectura hemos postergado y que siempre acaban encontrándonos. Sus primeros capítulos han puesto ante mis ojos aquella África y el alma y la mirada de ese hombre concreto. Han dado muchas respuestas a las vagas preguntas que me hacía, pero también han avivado aún más mi imaginación y el deseo de reconstruir dentro de mí, de la manera más exacta posible, lo que fue y no he visto.

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01 octubre 2007

más cuestiones naturales

Los hombres, para sobrevivir y porque son hombres, han ido creando zonas de vacío, zonas inmunes. Unas fortalezas, que son las ciudades, y una tierra de nadie, los campos de cultivo. Éstas son sus dos murallas. Más allá de ellas, la inagotable zona monstruosa, que amenaza siempre, que nunca está lo suficientemente reducida ni apartada. Allí donde los hombres no han trazado bien esas fronteras o allí donde han construido hogares equivocados, la astucia de la vida y el poder geológico acaban por destruirlos. La tensión de la vigilia sólo puede mantenerse durante un tiempo determinado; de ahí la necesidad de que esa zona esterilizada sea cada vez mayor, de que sus límites estén cada vez más lejos de un centro físico o espiritual, que siempre seremos cada uno de nosotros. La plaga de insectos que arruina las cosechas y la serpiente que penetra en la escuálida choza son metáforas de los peligros que amenazan las últimas fronteras, las fronteras interiores: el campo de cultivo, el campo civilizado que debe separar a un hombre de otro hombre, y la ciudadela última, la del alma, cuya caída supone el triunfo definitivo de la vida sin objeto.

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