28 marzo 2009

infierno 3

¿Cómo es la primera atmósfera del infierno? Es un “aere sanza stelle” (23), un “aura sanza tempo tinta” (29). La mayoría de los comentaristas transforman “sanza tempo” en “eternamente” y leen: “aire eternamente oscuro”. Sin embargo, si leemos “aura sanza tempo” igual que “aere sanza stelle”, es decir, como espacio en el que no se da la sucesión del día y de la noche, diríamos: “aire sin tiempo, oscuro”. La primera cualidad de ese espacio sería, pues, su inmutabilidad, su insumisión a los ritmos que dan lugar a nuestra percepción del tiempo; la segunda, que es oscuro. De la otra manera, sólo tendría una cualidad, la de ser eternamente oscuro, y eso empobrece, o suprime del todo, la sensación de extrañeza que experimentamos ante esa “aura sanza tempo” en una lectura inmediata, literal y con cierta predisposición hacia la poesía.

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25 marzo 2009

inque meum semper stent tua regna caput

Los amantes viven sin sentido. El amor es un vicio y, como vicio, no ama a quien puede librarle de su enfermedad. Aunque ella, si alguna vez estuvo enferma, ya se ha curado. Él, no. ¿Qué es ella para él? Su casa, la poderosa hermosura y las palabras que mienten. ¿Y él para ella? Creo que ni él mismo lo sabe. Ella ha nacido sólo para que él se duela y pase las noches en blanco. ¿Por qué la quiere sin adornos? ¿Por qué dice que la pura forma se basta a sí misma? Seguramente, no porque así la vea más hermosa, sino para que otros hombres no se fijen en ella. Pero resulta un empeño imposible: quien la ve, sólo con verla, peca; para no desearla, tendrían que estar ciegos. Recela hasta de lo que nada es, hasta de su misma sombra. Los celos son insoportables. Es capaz de irrumpir en casa de ella al alba y de buscar señales en el lecho para ver si no ha dormido sola. El amor tiene efectos (metafísicamente) devastadores: el amante ve en sí mismo la nada. Siente la imposibilidad de amar a otra, y de necesidad hace virtud: cuando se convence de que ella ya no le hace caso, obstinado, se propone servir a un largo amor; vivo, será de ella; muerto, lo seguirá siendo. Su fe última será la misma que su fe primera. Ésa será su gloria. La seguirá amando, incluso cuando, muerto ya, sus huesos ardan en la pira funeraria. A veces, cree sentirse libre o, al menos, con ánimo para buscar el olvido a través del estudio o poniendo entre él y ella el tiempo y la distancia, el paso de los años y el inmenso espacio de los mares. O le dice a ella, diciéndoselo a sí mismo, que no era tan hermosa, que fue él quien, con sus versos, le dio la hermosura. O se complace imaginándosela vieja, con los senos caídos y con las arrugas desfigurándole el rostro. Pero es otro empeño imposible. Los reinos de Cintia estarán siempre sobre su cabeza.

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17 marzo 2009

del testamento de san efrén

Es de noche, y no queda en la lámpara aceite.
Es de noche, y huyeron mis días y mis horas.
El mercenario acaba su servicio de un año.
El extranjero debe retornar a su patria.
No me enterréis, hermanos, en vuestro cementerio;
pues soy un extranjero, enterradme con ellos:
el ave busca siempre otra ave de su especie
y un hombre, estar unido a quien se le asemeja.
Le he prometido a Dios que allí me enterrarían,
junto a los extranjeros de corazón contrito,
para esperar al Hijo y, cuando venga y lave
con su rocío el mundo, resucitar con ellos.

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12 marzo 2009

lucrecio 3

Esa eclosión primaveral de niños en las felices ciudades (I 255); ese anillo que mengua con el paso imperceptible del tiempo (I 312); las zarzas en las que han quedado prendidas las camisas de las serpientes (IV 62); la parte sumergida de los remos, que parece curvarse hacia la superficie (IV 437-442); esas nubes que se estremecen con un sonido semejante al de las velas que flotan sobre los grandes teatros (VI 109-110); el sonido del hierro candente cuando es sumergido en el agua (VI 148-149). Lucrecio nos ofrece numerosos argumentos para demostrar que el alma no es inmortal, y sólo uno, inconsciente y definitivo, que demuestra lo contrario: su propia obra.

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10 marzo 2009

lucrecio 2

La poesía (o su exposición de la doctrina de Epicuro) era para Lucrecio un trabajo que le obligaba a pasar las noches en vela (I 142-143), una dulce fatiga (II 730). ¿Cómo llevar, si no, tantos corpora, tantos átomos a sus hexámetros? ¿Cómo hacer para que todo encaje? Cantos, versos luminosos (I 933-934), lucida carmina contra la superstición (IV 8-9): ése es su programa. Hay que iluminar, ilustrar. Para ello, no basta con decir las cosas: hay que decirlas con una persuasión que no viene de la tradición literaria, sino de su propia y clara experiencia de los fenómenos: ésas son sus fuentes vírgenes (I 927): están a la vista de todos, son cosas que cualquiera puede ver en el momento en que se presentan, pero sólo una mirada no distraída puede convertirlas en ejemplo, en imagen, es decir, estar a la altura de su epifanía. Lucrecio contaba con una ventaja natural. Si se puede decir algo así, él era naturalmente epicúreo, epicúreo por naturaleza. Creo que su confianza en los sentidos no es consecuencia de la doctrina, que hace de ellos la fuente primera de la verdad, sino de su capacidad congénita para mirar intensamente las cosas y conservar intacto su recuerdo.

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05 marzo 2009

infierno 2

Cuando Dante sabe, porque así se lo dice Virgilio, que hay tres donne benedette en el cielo (la Madre de Dios, santa Lucía y Beatriz) que se preocupan por él, que cuidan de él, recupera el coraje, el ardire, que le había abandonado. ¿Cómo nos explica este reencuentro con el valor, que es también un reencuentro con la esperanza? Con una imagen física y moral. Con una imagen que, en cada dato físico, manifiesta un dato moral. Recobra su cansada fuerza como esas flores que, inclinadas, replegadas sobre sí mismas, cerradas a causa del nocturno hielo, se alzan, se enderezan sobre su tallo y se abren por completo cuando el sol las ilumina: “Quali fioretti dal notturno gelo / chinati e chiusi, poi che ‘l sol li ‘mbianca / si drizzan tutti aperti in loro stelo, / tal mi fec’ io di mia virtude stanca” (127-130). Boccaccio, en sus Esposizioni sopra la Comedia, dice que las flores, cuando desaparece el sol, "si richiudono (se pliegan sobre sí mismas) per tema del freddo (por temor al frío)"; es decir, no es el hielo quien las pliega y cierra, sino el temor al hielo. Se trata de una reacción, de una actitud defensiva, no del efecto físico de ese hielo. Leemos que esas flores son plegadas y cerradas por el hielo (dal gelo), pero es el temor a la empresa, no la empresa que no ha iniciado todavía, lo que hace que Dante esté chinato y chiuso, inclinado, replegado y cerrado sobre sí mismo, como si fuera un cobarde, con esa actitud propia de quien desconfía. ¿Cuándo desaparecen la desconfianza y la cobardía? ¿Cuándo se alzan sobre su tallo, erguidas, valerosas, esas flores? Cuando el sol las imbianca: literalmente, cuando el sol las blanquea. Pero, aquí, habría que leer un blanco más cercano a su origen ("blanch", del antiguo altoalemán), un blanco que es el nombre de lo que refulge y deslumbra y el adjetivo que conviene al sol y al día, a todo lo que proclama la luz y la vida (así, el “blanco día” quevediano).

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