24 enero 2009

schopenhauer y sócrates

Schopenhauer, en Fragmentos para la historia de la filosofía, y a propósito de Sócrates, niega que aquellos que no han escrito nada sean verdaderos sabios. “Un gran intelecto ha de reconocer poco a poco su vocación y su actitud hacia la humanidad, hasta tener conciencia de que no pertenece al rebaño, sino a los pastores, es decir, a los educadores del género humano (...) El único órgano con el que se habla a la humanidad es la escritura; oralmente, se habla sólo a cierto número de individuos (...) y esas personas son casi siempre un mal suelo para la simiente noble (...) La tradición se falsifica (...) La escritura es la única y fiel guardiana de las ideas (...) Toda inteligencia profunda siente el impulso de fijar sus pensamientos y darles precisión y claridad (...) El discurso escrito se convierte en reproducción del pensamiento (...) Por lo tanto me resulta difícil creer en la auténtica grandeza de los que no han escrito (...) los considero más bien héroes prácticos, que tuvieron más influencia por su carácter que por su cerebro...” Yo digo que toda alma noble, tenga o no altas cualidades intelectuales, en un asunto como éste, tiene que dejar hablar al encausado, cuyos argumentos conoce muy bien Schopenhauer, porque los ha leído en el Fedro, donde Sócrates defiende el discurso oral frente al discurso escrito. No sólo Schopenhauer los conoce, sino que se sirve de ellos para decir todo lo contrario: la imagen de la simiente está en el Fedro, pero allí el discurso oral cae en un suelo propicio y da lugar a nuevos discursos que reproducen siempre ese fruto inmortal, mientras que los jardines de letras se plantarán como simple diversión (276d-277a). Antes Sócrates ha dicho que lo terrible de la escritura es el verdadero parecido que tiene con la pintura: las imágenes guardan silencio y lo escrito, si lo interrogas, te dirá siempre la misma sola cosa (274d). Lo que para Schopenhauer es precisión, claridad y reproducción del pensamiento, es para Sócrates el resultado de añadir y quitar cosas, de rehacer todo de arriba abajo: los poetas, oradores y legisladores no poseen nada de más valor que eso, lo que han escrito (278d-278e). Sin embargo, un amigo de la sabiduría, aunque escriba, siempre será capaz de demostrar la poca valía de lo que ha escrito (278c). Se me dirá que quien habla así es Platón, que sí se preocupó de escribir. Es cierto, y amó también la verdad.

Etiquetas: , ,

18 enero 2009

cosas y palabras

“In philosophia (...) ubi res spectatur, non uerba penduntur” (El orador, 16, 51). Si le damos crédito a Cicerón, que no es mal testigo, en filosofía se tenía en cuenta lo que se quería decir, el asunto (res), y no se pesaban, no se examinaban las palabras. Buena parte de la filosofía posterior, sobre todo de la más reciente, ha hecho de las palabras su asunto. Desvelar el significado arcaico de una palabra a través de la etimología; convertirla en la metáfora primitiva que era; hacerla revivir otorgándole un nuevo sentido o usándola de la manera más recta posible, evitando la ambigüedad y la imprecisión, nos enriquece e incluso nos defiende, pero eso no significa que ellas, las palabras, tomadas así, una a una, sean las puertas que conducen al conocimiento del ser o que, sumadas todas, constituyan la impenetrable muralla que lo encierra.

Etiquetas:

13 enero 2009

jerusalén y atenas

“Quienes vivieron conforme al Verbo, son cristianos, aun cuando fuesen tenidos por ateos, como Sócrates y Heráclito” (Primera Apología, 46). Muchos siglos después, este sentimiento de Justino sigue vivo (por ejemplo, en Gloria, de Hans Urs von Balthasar). “Todo lo bueno que dijeron nos pertenece a los cristianos” (Segunda Apología, 13). Justino habla de los filósofos y de su participación en el Verbo, pero lo que dice podría hacerse extensivo a los poetas, a Homero y a Píndaro (como hace von Balthasar). Con reservas, Basilio el Grande lo tendrá ya claro dos siglos después y, antes, Tertuliano, para quien el alma es naturalmente cristiana y ha podido intuir oscuramente la Verdad aunque no conociera la Revelación. Igual que hay un camino que aleja Atenas de Jerusalén, el de la Razón que no se identifica con el Verbo, hay otro que acerca Jerusalén a Atenas, el del amor a la verdad, la diga quien la diga.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

05 enero 2009

lucrecio 1

Un niño da vueltas frenéticamente sobre sí mismo hasta marearse y, cuando se detiene, cree que las columnas y el atrio siguen girando y que los edificios que lo rodean se le van a caer encima (IV 400-403). Estas cosas sólo se pueden decir así si se han experimentado. Lucrecio fue una vez ese niño que da vueltas sobre sí mismo. También, y quizá en la infancia, hay que haberse parado mucho tiempo delante de los charcos que se forman entre las losas de la calle para imaginar que en ellos se oculta un cielo subterráneo (IV 415-419). Y no basta con que nos lo cuenten, hay que haber tenido el típico sueño en el que caemos al vacío para conocer verdaderamente la agitación y el terror que causa (IV 1020-1023). Lucrecio, pues, como otros muchos, soñó una vez que caía desde muy arriba y, ya despierto, tardó en recuperarse del pánico. ¿Llamó también a gritos a un compañero perdido en un lugar desierto y oyó cómo las rocas le devolvían el eco de sus gritos? (IV 572-577). Es muy probable. Y, luego, hay que mirar las cosas, incluso las cosas que no le dicen nada a los otros, como esa ropa tendida, que al sol se seca y se humedece junto al mar (I 305-306; VI 471-472; VI 617-618).

Etiquetas: , ,