19 junio 2006

de útica

Han pasado ya más de trescientos años desde que Catón pusiera fin aquí a sus días. Ese Catón que se consolaba leyendo el tratado platónico sobre la inmortalidad del alma. ¿Qué alma era aquella que no conocía a su dueño? El río va llenando de arena el puerto y la ciudad se aleja poco a poco del mar…

Una ciudad celeste
para la massa candida.
Una ciudad celeste
para sus almas.

Una ciudad de fuego,
un cielo de cal viva,
una ciudad ardiente
que da la Vida.

Tus trescientas hermanas
que conocen su dueño.
Tus trescientas hermanas
que están ardiendo.

Alma, ¿no las recuerdas?
Tus trescientas hermanas,
la cal viva en el horno,
la massa candida.

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