26 junio 2012

l'ultimo tradimento del traduttore

“Byron prefería el Papa a Shakespeare”. Un momento de sorpresa. Lo cazas. Te ríes. Y cierras el libro para siempre.

24 junio 2012

fragmentos

Pascal fue el inventor involuntario de un género, ese que junta máximas, aforismos, ideas un poco más desarrolladas y ensayitos sin un hilo aparente (p.e., Cioran). Los Pensées son un conjunto de apuntes para una Apologie de la religion chrétienne en la que estaba trabajando Pascal cuando le sorprendió la muerte. Su presentación, que puede que haya influido tanto como su contenido, ha sido tarea de los editores, así como la diferente ordenación de los textos. Es el caso contrario de esas obras de las que sólo nos quedan fragmentos (p.e., Heráclito): éstas son los restos de un edificio; los Pensées, sin embargo, son los materiales para construirlo. En ambos casos nos falta lo principal, la obra acabada, pero la potencialidad de unos restos y otros es muy distinta. En el caso de las obras perdidas, la imaginación se siente más libre, pero, seguramente, nos lleva más fácilmente al error (es la poética del fragmento); en el caso de los Pensées, el plan del autor queda muy claro, pero uno no puede dejar de lamentar que a Pascal no le diese tiempo a desarrollarlo, porque ese tipo de vacío no es un terreno propicio para la imaginación. De todas formas, y esto es culpa de los tiempos que siguieron, estoy seguro de que, por desgracia, muy pocos ahora leerían una Apologie de la religion chrétienne terminada; mientras que somos muchos los que volvemos con provecho y admiración a los Pensées.


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19 junio 2012

cuerpo y alma

Por unas cosas u otras, en los casi tres años que llevo aquí, aún no había estado en Belén. El domingo, en Getsemaní, un taxista nos propuso llevarnos, y allá que nos fuimos Enrique Andrés Ruiz, Juan Antonio González Iglesias y yo, por esas colinas de Dios, desoladas y no precisamente hermosas, por más que suela parecerme hermosa la desolación. Y Belén se nos apareció también desolada, con muy poca gente en sus calles y con poquísimos peregrinos. Y, allí, la misma sensación que he experimentado durante todo este tiempo en Tierra Santa, y cuyos motivos Enrique supo ver muy bien: “hay demasiadas capas superpuestas, demasiados añadidos, que no te dejan imaginar”. Igual que habíamos puesto nuestras manos en el Sepulcro, en la Piedra de la Deposición y en la roca del Calvario, las pusimos en la estrella de plata que marca el punto donde nació Jesús. “Hay que sentirlo en la piel”, dijo Juan Antonio: “arrodillarse, tocar la piedra, hacer lo que todos hacen”.

15 junio 2012

me salió del alma

--Entonces, ¿qué es para ti la cultura?
--Hincar los codos.

13 junio 2012

d-m = d

De los Specimens of the Table Talk of the Late Samuel Taylor Coleridge (1835), coleccionados por su sobrino y yerno Henry Nelson Coleridge, éste, de 10 de marzo de 1827: “Puedes exponer brevemente el panteísmo de Spinoza, en contraste con la idea judía o cristiana, de la siguiente manera:

Espinosismo
M-D= 0; i.e. el mundo sin Dios es una idea imposible.
D-M= 0; i.e. Dios sin el mundo, lo mismo.

Planteamiento judío o cristiano
M-D= 0; i.e. igual que en la premisa de Spinoza.
D-M= D; i.e. Dios sin el mundo es Dios, el que existe por sí mismo”.

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11 junio 2012

el valor del tiempo

“The story of Melanchthon affords a striking lecture on the value of time, by informing us, that when he made an appointment, he expected not only the hour, but the minute to be fixed, that the day might not run out in the idleness of suspense” (Samuel Johnson, The Rambler, No. 60. Saturday, 13 october 1750). Cuando Melanchthon tenía una cita quería que se fijase no sólo la hora, sino el minuto exacto, para que el día no transcurriera en la ociosidad de la incertidumbre. Puede sorprender que, doscientos años después, esta actitud pareciese todavía rara (fijar el minuto exacto de la cita), porque, si no, Johnson no hablaría de ella, y, más, que siguiera pareciendo rara durante parte del XIX (por lo que he podido comprobar entre quienes se refieren a este rasgo del carácter de Melanchthon). Pero aquí me interesa, sobre todo, lo que viene después: para que el día no transcurriese en la ociosidad de la incertidumbre. Una cita cualquiera, exacta, ya empobrece el tiempo que la precede; una imprecisa (“vendré sobre las seis” o “ya me pasaré por la tarde”) puede que lo destruya por completo. Los puntuales sabemos muy bien que no se pueden emprender tareas de las que se desconoce su duración exacta si hay una cita en el horizonte inmediato, aunque, en apariencia, se disponga del tiempo suficiente; si esa cita, para colmo, es indefinida, ni siquiera las tareas más sencillas y que tienen tasado su tiempo pueden emprenderse, porque, de continuo, pesa sobre ellas la amenaza de que serán interrumpidas. Naturalmente, la ansiedad anda muy mezclada en todo esto.

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10 junio 2012

poesía de la experiencia

“... fugio densumque relinquo / litus et in molli nequiquam lassor harena.” (Met. II 576-77). Dice Coronis: “Huyo y dejo atrás la densa orilla y me agoto vanamente en la blanda arena”. Una sensación experimentada por muchos, una sensación común hoy, pero quizá no tan común hace más de veinte siglos. Para escribir estos versos, Ovidio tuvo que correr un día por la parte densa, húmeda, dura de la playa, y experimentar después la dificultad y el cansancio al hacerlo por la parte interior, la arenosa.

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06 junio 2012

que nadie lo sepa

La gloria de Góngora no es una “gloria al revés”, como dijo Cernuda, aludiendo a que sí, se habla mucho de él, pero mal; es gloria al derecho y muy merecida, pero no está donde creía Cernuda, sino donde Menéndez Pelayo no la quiso ver.

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02 junio 2012

el prestigio del verso

“Saepe pater dixit: ‘Studium quid inutile temptas? / Maeonides nullas ipse reliquit opes’. / Motus eram dictis, totoque Helicone relicto / scribere temptabam verba soluta modis. / Sponte sua carmen numeros veniebat ad aptos, / et quod temptabam dicere versus erat” (Trist. IV, 10, 21-26). A menudo, su padre le decía que el estudio de la poesía es inútil y que ni el mismísimo Homero dejó ninguna riqueza. Afectado por estas palabras, Ovidio, abandonando por entero el Helicón, intentaba escribir “verba soluta modis”, es decir, prosa; pero, el canto, espontáneamente, venía ajustado a los números, al ritmo, y ya era verso lo que intentaba decir. El ritmo, los números: ésa es la primera frontera entre la poesía y la prosa, no entre la buena y la mala poesía, sino entre lo que es o quiere ser poesía y lo que no es poesía en absoluto. Con el tiempo, ha sucedido al revés: alguien intenta escribir versos sin los números y, lógicamente, lo que le sale es prosa. Pero el verso debe de tener algún prestigio incluso entre quienes desprecian su sentido original y sus reglas, porque éstos no presentan sus prosas como lo que son, sino en líneas cortitas que conservan la apariencia de lo que esos autores o no comprenden o se han propuesto destruir.

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