06 mayo 2012

tentaciones

Su manera de pronunciar, el énfasis equivocado en las sentencias, la acentuación errónea de los versos: Samuel Johnson no tenía una opinión muy favorable sobre las cualidades artísticas de los actores; tampoco sobre sus cualidades morales. Sin embargo, hubo una época en la que el exigente crítico y moralista pasaba mucho tiempo “entre bastidores para aliviar su melancolía, participando con deleite en la alegre cháchara de los variopintos personajes que se encontraban allí. Mr. David Hume me refirió que Johnson, finalmente, renunció a este pasatiempo por consideraciones de rígida virtud y que le dijo a Mr. Garrick: No volveré nunca más a los bastidores de tu teatro, David, porque las medias de seda de tus actrices y sus blancos senos excitan mi pasión” (James Boswell, The Life). Johnson conocía muy bien sus inclinaciones y adoptaba medidas drásticas para poner un muro entre la tentación y su flaqueza. Así con el alcohol y así, antes de casado y mientras lo estuvo, con las mujeres, que le gustaban demasiado y a las que también gustaba bastante, pese a su aspecto mastodóntico y poco agraciado, las cicatrices de las escrófulas y de la viruela y su imprevisible baile de San Vito. La amenidad de su charla y la ternura que desplegaba con ellas le bastaban para vencer esa serie de desventajas físicas, a las que habría que sumar una ligera sordera y una miopía aguda.

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1 Comments:

Blogger Olga Bernad said...

El texto, desde luego, produce una cierta ternura: alguien tan estricto y tan humano intentando llevar hasta el final sus convicciones sobre la virtud. Pero me da por pensar que su éxito con las mujeres, a pesar de sus muchos defectos físicos (madre mía, qué cuadro has pintado) no tendría que ver solo con la amenidad y la ternura, sino precisamente con su pasión por ellas, que parece, por lo que cuentas, tan verdadera como sus convicciones. Esa pasión vuela por encima de las palabras y las actitudes y no hay nada tan seductor para una persona como sentirse deseada de alguna manera. No recuerdo de quién era la cita, pero una vez leí que solo el deseo impulsa al deseo, y solo el deseo lo sostiene. Algo así. Me pareció muy cierto. Es algo que no puede fingirse ni crearse por medios exclusivamente literarios. Es algo que “olemos” en los demás y, a la vez, algo que inevitablemente desprendemos (o que inevitablemente no podemos desprender). Quizá por eso él sabía que la única solución práctica era quitarse de en medio. Es también un poco triste.

06 mayo, 2012  

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