17 mayo 2012

el deber

¿Cómo se presenta Francisco de Aldana a su amigo Arias Montano? ¿Qué es lo primero que dice de sí mismo? “Yo soy un hombre desvalido y solo”. Lo es porque profesa el oficio militar. Más que un hombre sin el amparo de otro, es un hombre expuesto al peligro, pues ha dado a la locura la sangre y los huesos que la naturaleza le dio para vivir. La paradoja resulta dramática: es un hombre desvalido a causa de su valor y del valimiento que ha ganado con ese valor (habría que pararse a pensar por qué los significados de estas y otras palabras que se cruzan con ellas, p.e., “valía” y “valer”, sirven en muchos casos para quien obliga, para quien se obliga y para quien es obligado, y en cómo se estrechan más así los vínculos, llegando casi a hacer de dos uno, y en su naturaleza de do ut das). Todo conduce al sentido del deber (otra palabra con dos direcciones), a sus luces, que proceden de lo mejor de la voluntad de cada cual, y a sus sombras, que se derivan del uso que el sentido del deber de uno puede hacer del sentido del deber de otro que no puede decir no, porque, si lo hiciera, éste dejaría de valer para sí mismo. Ése es el desvalimiento de Aldana, quedar atrapado en su propio mérito y en la angustia de no poder decir nunca no, porque, si consiguiera decir no, no tendría ningún mérito.

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5 Comments:

Anonymous Acton said...

El desvalimiento es estar a la merced.

17 mayo, 2012  
Anonymous Anónimo said...

...según de quién?

17 mayo, 2012  
Blogger Olga Bernad said...

Me has hecho pensar en el gesto de descubrirse ante otro, ese gesto de cortesía que encierra tanto significado: desarmarse voluntariamente, desprotegerse, identificarse. Imagino esas palabras acompañadas de ese gesto. Aldana quitándose el sombrero en ese momento con una frase sencilla.

17 mayo, 2012  
Blogger RETABLO said...

Los soldados de los siglos XVI y XVII,incluidos los de muchos apellidos, siempre aparecen hermanados con la pobreza. Estos ecos llegan hasta De Vigny en su Grandeza y servidumbre militar.

17 mayo, 2012  
Anonymous Cristóbal Bravo said...

El verso que usted cita es tal vez el más personal de la epístola a Arias Montano, en la línea de algunos de sus sonetos. Soy de la opinión de Menéndez Pelayo: “¡Y este poeta ha sido olvidado en nuestras Antologías, y mencionado casi con desdén por la perezosa rutina de los historiadores de nuestras letras!” (Historia de las ideas estéticas en España). Don Marcelino cita a continuación estos versos, también de la epístola a Arias Montano, que son para mí de lo mejor de nuestra poesía del siglo XVI:

Recogida su luz toda en un punto,
Aquélla mirará de quien es ella
Indignamente imagen y trasunto;

Y cual de amor la matutina estrella,
Dentro el abismo del eterno día,
Toda se cubrirá luciente y bella;

O como la hermosísima judía
Que llena de doncel novicio espanto,
Viendo a Isaac que para sí venía,

Dejó cubrir el rostro con el manto,
Y descendida presto del camello,
Recoge humilde al novio casto y santo.

18 mayo, 2012  

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