25 marzo 2012

nada que ocultar

Incluir en la obra de arte unas claves crípticas, que sólo unos cuantos iniciados pueden descifrar, al objeto de difundir mensajes de contenido político, religioso o sectario, o con el ánimo de decir a esos iniciados: yo soy uno de vosotros, es algo que se ha hecho y se hace, pero sería ridículo pensar que la causa principal que ha impulsado la creación de esas obras sea la de albergar un verso (o una firma en la piedra o un motivo simbólico en el rincón de un cuadro) que aclare la filiación de su autor o llame a cualquier tipo de sedición, resistencia o revuelta. Si la clave sólo puede ser descifrada por muy pocos, y eso con suerte, ¿en qué queda el pretendido efecto subversivo de la obra? ¿quién perdería tanto tiempo y tantas energías para poner en circulación mensajes que, con total seguridad, pasarán desapercibidos? Algunos filólogos e historiadores, con la misma pasión y con los mismos esquemas intelectuales de que hacen gala los buscadores de huellas extraterrestres en todo monumento habido y por haber, han ido más allá y se han dedicado a investigar las claves que no están y las claves que no lo son, para descifrarlas a la luz de su propio programa ideológico. A veces, no una obra, sino un género entero, puede ser la víctima de estos exploradores infatigables. Hugh Lloyd-Jones lo dice mucho mejor que yo, y con más sentido del humor, en su introducción (1970) a la Orestíada de Esquilo (el subrayado es mío): “We must also be on our guard against the kind of writer who tries desperately to show that many Greek tragedies were really tracts for the times, designed to advocate particular causes, policies or philosophies. The absence of any tangible evidence has forced such people to assume that the advocacy in question was cryptic; if so, the disguise was so successful that we have to had wait till modern times before it could be penetrated”.

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2 Comments:

Anonymous Boscán said...

¡Qué comentario tan atinado y tan oportuno! En estos tiempos de lecturas enigmáticas, donde todo parece encerrar misterios, no está de más decir algo tan sensato. Empalaga leer las cincuenta mil claves esotéricas de la obra de Leonardo, con lo fácil que sería admirar su arte sin buscarle significados trascendentes, cansan las interpretaciones del inevitable Quijote, no sé qué aporta la lectura alquimista de la catedral de Chartres: será que estamos todos tan hastiados de la vida cotidiana, que queremos leer signos donde no los hay...

(por cierto, menudo varapalo ayer para los que nos releemos encantados de nosotros mismos...)

26 marzo, 2012  
Blogger julio martínez mesanza said...

¡Qué cosas dices! Tú no te relees encantado de ti mismo. Y, si así fuera, tendrías todo el derecho de hacerlo, porque no escribes precisamente tonterías.

26 marzo, 2012  

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