22 marzo 2012

jueces de nosotros mismos

“Hay innumerables prejuicios que nos ciegan a la hora de valorar nuestras obras” (“We are blinded in examining our own labours by innumerable prejudices”, The Rambler, No. 21. Tuesday, 29 May 1750). Yo diría que esos prejuicios pueden ser naturales o patológicos; es decir, que pueden tener su origen en las debilidades propias de los hombres o ser la consecuencia de una enfermedad del carácter. A este segundo apartado pertenecerían todos aquellos prejuicios que se derivan del orgullo excesivo; por ejemplo, los propios de esas personas muy inteligentes y muy cultas, que son capaces de admirar y descubrir la excelencia allá donde se encuentre e incapaces de ver que lo que ellas mismas escriben son tonterías. Familiarizadas con lo admirable, no pueden admitir bajo ningún concepto que no forman parte de lo que admiran y que han sido llamadas a esa representación sólo en calidad de espectadores, lo que, para cualquiera de nosotros, constituiría un privilegio y un honor. Lo tienen todo: inteligencia, cultura, capacidad de trabajo, pero les falta el no sé qué (algo que sí tienen, a veces, algunos que son más tontos, más incultos y más perezosos). Los prejuicios que Samuel Johnson enumera después en su artículo no pueden, sin embargo, considerarse patológicos, y los que ya hemos cumplido cierta edad los comprendemos muy bien, e incluso podemos confesar que no estamos libres de algunos de ellos: “Our juvenile compositions please us, because they bring to our minds the remembrance of youth; our later performances we are ready to esteem, because we are unwilling to think that we have made no improvement; what flows easily from the pen charms us, because we read with pleasure that which flatters our opinion of our own powers; what was composed with great struggles of the mind we do not easily reject, because we cannot bear that so much labour should be fruitless”.

Etiquetas: ,

2 Comments:

Blogger Carlos Hernández said...

Hola, Julio, no sé si será una cuestión de amor propio (parece difícil juzgar severamente a aquello que se ama, más aún si es a uno mismo) o simple orgullo o vanidad, pero lo cierto es que esta actitud existe y, podemos presumir, ha existido siempre.

Esta realidad que expones de manera tan diáfana, haciéndote eco del artículo de Samuel Johnson, la mera expresión de dicha realidad, es algo que me hiere (he de confesármelo a mí mismo) en lo más íntimo, pues leyendo estas palabras no he podido menos que sentirme identificado, al menos en parte, con el tipo de sujeto que describes. Yo mismo me considero una persona culta, inteligente y capaz de admirar y descubrir la excelencia allá donde se encuentre y me cabe una duda razonable de que todo lo que hasta ahora haya escrito no sean más que tonterías, en particular lo que más valoro, esto es, la poesía.

No puedo arrepentirme de lo hecho, porque mi relación con ella (con la poesía) tiene un carácter marcadamente amoroso, y yo jamás me arrepiento de ninguno de mis amores, por mucho que fracasen o me hayan causado sufrimiento. No obstante, la realidad que apuntas me parece algo muy a tener en cuenta y me invita a huir de vanos alardes o cualquier estúpida presunción. Quizá la clave esté en seguir amando sin hacer pública ostentación, como la madre que, cegada por su afecto, no duda en considerar a su retoño el mejor y más perfecto de los mortales, pero mantiene la prudencia y contención necesarias para no proclamarlo a los cuatro vientos, evitando así caer en el ridículo o ser objeto de pública irrisión.

Un afectuoso saludo.

24 marzo, 2012  
Blogger julio martínez mesanza said...

Carlos, yo creo que no tendrías que sentirte identificado con el tipo de personas que describo. Lo que deja traslucir tu comentario es un sano afecto por lo que escribes y también las dudas naturales que todos tenemos sobre nuestra obra, pero no orgullo ni deseos de ser valorado a toda costa. Un saludo muy cordial.

24 marzo, 2012  

Publicar un comentario en la entrada

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home