19 marzo 2012

infierno 7

El diablo Pluto, que vigila la entrada al quarto cerchio, el de los pródigos y los avaros, ha sido definido al concluir el canto anterior como “il gran nemico” (VI, 115) y, justo al comienzo del séptimo, da muestras de su ferocidad, gritando con voz ronca: “Papé Satàn, papé Satàn aleppe!” (1). Lo único claro aquí es ese Satàn y, aunque Dante no entienda qué quieren decir las otras palabras (nosotros tampoco, por más que nos las hayan intentado explicar mil veces), la invocación a Satán en boca de esa bestia airada y amenazante es suficiente para que demos un paso atrás. ¿Podremos pasar? Dante tiene miedo, pero Virgilio conoce el santo y seña: “Taci, maladetto lupo!” (8), calla, lobo maldito, porque este viaje nuestro hacia la profundidad de la tiniebla es querido “ne l’alto, là dove Michele / fé la vendetta...” (11-12). Virgilio no dice “en el cielo”, sino “donde el arcángel Miguel”. El nombre de Miguel es la clave. Era el santo que tenía que ser invocado aquí y los efectos sobre Pluto son devastadores: “Quali dal vento le gonfiate vele / caggiono avvolte, poi che l’alber fiacca, / tal cadde a terra la fiera crudele” (13-15). Pluto se desmorona y cae a tierra, replegado sobre sí mismo, como las infladas velas cuando el viento rompe el mástil. Estas poderosas imágenes suelen tener su origen en cosas que Dante ha visto con sus propios ojos y le han causado una honda impresión. ¿Vio Dante alguna vez cómo se rompía un mástil por la fuerza del viento contra las velas? No creo. ¿Lo leyó en algún sitio? Hasta dónde sé, tampoco. Se lo pudieron contar tal vez. En cualquier caso, sólo nos queda la imaginación, la imaginación y la voluntad de ser exacto.

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