28 enero 2011

el género chico

Un buen aforismo estimula. Dos o tres seguidos, deleitan. Cuatro o cinco, confunden (sobre todo, si saltan de un tema a otro). El quinto y el sexto ya cansan. Al séptimo, dejas el libro, para volver a él mañana y repetir la secuencia. Así, un buen libro de aforismos de unas trescientas páginas tendría que durarnos por lo menos un año. Con los haikus ocurre lo mismo.

26 enero 2011

la alegría

René Girard, en Les origenes de la culture (2004), dice: “J’ai toujours l’impression que le livre que je suis en train de lire va bouleverser mon existence entière”. Es una sensación que, si quitamos el “siempre” y lo sustituimos por un “a veces” o un “a menudo”, resulta fácil compartir. Enrique Andrés Ruiz, en La tristeza del mundo (Encuentro, 2010), nos habla de otra que sí compartimos por completo: “¿No has sentido, lector, en alguna ocasión o –como en mi caso– en muchas, la sensación de que ese libro decisivo que te parece que ibas buscando, el necesario, ha venido a tu encuentro, cayendo se diría que por casualidad en tus manos y rompiendo así la funesta circunstancia de la labilidad, la dispersión y el extravío? ¿No has sentido que ese libro, esa página de ese libro preciso, te redimía, en definitiva, de la dispersión de las ofertas y te señalaba el camino de retorno al centro de tu vida? ¿No viste que tu vida se concentraba en ese punto al que el libro señalaba y que, rumbo a él, recuperabas la rectitud del sendero? Ese libro, lector, ya sabes muy bien que es el que consigue decir justamente lo que tú –así se dice en castellano– ya llevabas en la punta de la lengua”.

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24 enero 2011

no tengo por qué pintar más

En Velázquez y Rubens. Conversación en el Escorial (Turner, 2010), Santiago Miralles vuelve a llevarnos a ese siglo XVII que él conoce tan bien. Réplica a réplica, vamos sabiendo más del alma de los dos pintores, de cómo entienden el mundo y, sobre todo, la pintura. Como muestra, estas líneas, con el trasfondo de las viejas y nunca resueltas preguntas sobre la perfección y el acabado:

VELÁZQUEZ.-Mal juicio mostró quien dijo que mis pinturas están mal acabadas, pues las trabajo sin descanso.
RUBENS.-La obra bien hecha hay que dejarla en el punto en que no requiere más retoques. Si trabaja de una forma tan morosa, pintará poco.
VELÁZQUEZ.-No tengo por qué pintar más. Se me piden los cuadros necesarios, y todos llevan su tiempo.
RUBENS.-El tiempo es demasiado valioso para perderlo en dar vueltas y revueltas a lo que puede vencerse con la aplicación justa de pinceladas. Si yo trabajara con tanta flema como Vuesa Merced, poco produciría y mala gestión haría de mis negocios.

* * *

P.S.: Estas Navidades vi varias veces en el metro de Madrid el cartel que anunciaba la exposición de Rubens en El Prado. En él aparecía una maravillosa cabeza de caballo que me reconcilió con esa “aplicación justa de pinceladas”. Por otra parte, después de la lectura del libro de Santiago, me pregunté, también varias veces, sobre lo que podríamos llamar “el misterio de Velázquez”. Al acabar mi habitual comida de 31 de diciembre con Enrique Andrés Ruiz, y a propósito del libro de Santiago y de ese misterio de Velázquez, salió a relucir Rembrandt. Casi despidiéndonos ya, y sin posibilidad de ulteriores aclaraciones, Enrique me dijo: “Rembrandt es más profundo; Velázquez, más alto”.

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22 enero 2011

lo que sí y lo que nunca

En 1946, cuando Paul Johnson tenía sólo diecisiete años, le preguntó a Churchill, que ya pasaba de los setenta: “Señor, ¿a qué atribuye su éxito en la vida?” Sin dudarlo un momento, Churchill respondió: “Conservación de energía. Nunca estés de pie si puedes estar sentado y nunca estés sentado si puedes estar recostado” (Paul Johnson, Churchill, 2009). Bastantes años antes, Theodore Roosevelt había dicho: “Ese joven Churchill no es un caballero. No se pone de pie cuando una dama entra en la habitación”. “Esto puede ser verdad”, dice Johnson, y añade: “Cuando Churchill estaba cómodamente arrellanado en un sillón, se resistía a levantarse; parte de su principio de conservación de la energía”.

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17 enero 2011

las feridas sonar

16 enero 2011

echar tierra

Antígona sabe que pertenece más a los muertos que a los vivos. Es con los muertos con quienes, viva mucho o poco, acabará pasando la mayor parte de su tiempo. Además, sabe también que pertenece a un linaje trágico; ha ocupado parte de su corta vida reviviendo la muerte de los muertos en su memoria y en las palabras de los demás. También ha visto la muerte muy de cerca. Su crimen y su aceptado contrapasso civil buscan lo mismo: honrar la memoria y, a la vez, clausurar toda memoria. Echar tierra. Olvidar. Que todo acabe. Enterrar y enterrarse.

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