24 noviembre 2009

ten paciencia

Estás en Tierra Santa. Has visitado los lugares santos de Jerusalén, pero, para emocionarte un poco (porque te sentías en la obligación de hacerlo), has tenido que representarte lo que allí había ocurrido, y has tenido que ir a los textos y recurrir mucho a la imaginación. Nada que le alcanzara a tu alma directamente. Paseabas por la Via Dolorosa y te sentías ajeno a esos grupos que la ascienden portando cruces y parándose a rezar en cada estación. La Iglesia del Santo Sepulcro te pareció como cualquier otra iglesia medieval de las muchas que habías visto en Europa; si acaso, más sucia y más abandonada y más caótica. Alguna iglesia más pequeña, al menos, sí te llamó la atención, pero sólo eso. Y te gustaron las cuatro sinagogas sefarditas, pero sólo eso. El Muro Occidental y la Cúpula Dorada aparecían ante ti como ante los ojos del más extraviado de los turistas, que ha venido sólo porque la gente viene a estos sitios. ¿Dónde la santidad en todo ello, la santidad de las iglesias, del Muro, de la Mezquita? Sí, la ciudad tenía el no sé qué, pero no precisamente en sus monumentos religiosos. Tenía también mucho de soledad y de tristeza, y de vacío. Quizá era tu culpa, porque el alma debe prepararse un poco para estas cosas, y no decir estoy aquí y el aquí me lo va a dar todo. Pero un buen día, una de las personas más amables, sensibles y educadas que has conocido te lleva a una azotea de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la del Truman Institute. Te ha dicho que vale la pena subir hasta allí. Tú piensas que lo que te espera son unas hermosas vistas; y sí, pero no sólo eso. Abajo, la ladera del Monte de los Olivos. A tus pies, Jerusalén, porque es humilde y la colina que ocupa yace rodeada de colinas más altas. No te des aún la vuelta. Un poco más arriba, a la izquierda, el lugar exacto en el que Abraham despidió a su séquito y el camino que hizo ya a solas con Isaac, hasta lo que luego será la explanada del Templo. No. No te des aún la vuelta. Mira cómo asciende la Vía Dolorosa. Mira, va de esa puerta hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, por esas calles de allá. No te vuelvas; espera un poco... ¿Ves ese punto? Toda la lluvia que cae de ese lado va al Mediterráneo. La que cae del otro, al Jordán. Y miras otra vez Jerusalén, rodeada de verde, porque queda del lado del Mediterráneo. Ya puedes darte la vuelta. Y te vuelves, y aparece ante ti la deslumbrante nada, el desierto de Judea hasta el Mar Muerto y, más allá, la llanura de Moab; aparece la desolación absoluta, una tierra sin nada que desciende hacia la nada, y, de repente, entiendes el porqué de todo sin que nadie te diga nada y entiendes que de esa nada haya salido todo, y al fin te sientes en Tierra Santa.

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23 noviembre 2009

caja 43

Il Giorno, de Giuseppe Parini. Releo algunos versos y me imagino la Milán del dieciocho, el Corso, los palacios. Las baladas líricas de Wordsworth y Coleridge. Dentro, un recorte de una revista de Air France con el cuadro Suzanne au bain, de J.-B. Santerre, remoto origen de mi lirio en el agua. The book of Urizen, de Blake. Por más que lo he intentando (tres o cuatro veces) no consigo que me diga nada el extravagante mundo de este y otros libros suyos. Más cosas de Wordsworth. En uno de sus poemas leo esta invitación: “Enough of Science and of Art; / Close up those barren leaves; / Come forth, and bring with you a heart / That watches and receives.” Un corazón que vigile y reciba... El día, afuera, es la perfecta luz, pero vuelvo a las hojas yermas. La poesía completa de Rimbaud. Un libro de Linda M. Paterson sobre los trovadores y la sociedad occitana entre 1100 y 1300. Recuerdo que se me cayó en una calle muy sucia de Madrid; lo recogí con repugnancia y dejé de leerlo. Puede que ya esté recuperado de sus infecciones y que lo termine algún día. Las Poesie de Alessandro Manzoni. Los Versi de Vincenzo Monti. Scritture e scrittori del secoli VII-X, con el Indovinello veronese y los versos a la ciudad de Milán: “Haec est urbium regina”. Ricardo II, de Shakespeare. Los cuentos de la Alhambra. Teatro de Ibsen. Las poesías de Alvaro de Campos. La Historia de los Reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth. Las canciones de Guillermo de Aquitania y de Jaufré Rudel. The Prelude, de Wordsworth. Heine. Chéjov. Más Heine. Poemas de un poeta chino. Otelo. Las más bellas oraciones del mundo, que me regaló Heinrich Brackelmanns. Lo abro al azar y encuentro a Juan del Encina: “¿A quién debo yo llamar / Vida mía, / Sino a ti, Virgen María?” Rosario al sol, de Francis Jammes. Poesía portuguesa. La edición de María Jesús Viguera de Gala de Caballeros, Blasón de Paladines, de Ibn Hudayl. Teatro de Maquiavelo. Más Rimbaud. The Shadow-Line, de Conrad. La poesía de Goethe. La Biblia en España, de Borrow. Novelas y teatro de Camus. Libros de algunos poetas extranjeros actuales. La poesía española cada vez se parece más a la poesía extranjera traducida. Ecce homo, de Nietzsche. La edición de José María Micó de las Sátiras de Ludovico Ariosto. En otra caja debe de estar su estupenda traducción del Furioso. Narraciones de Poe. Las Horae Canonicae, de Auden. Amaneceres: al comienzo del poema de Parini, leía: “Sorge il mattino in compagnia dell’alba / (... ) a render lieti / Gli animali e le piante e i campi e l’onde”. En Auden: “The crow of the cock commands awaking (... ) Bright shines the sun on creatures mortal”. Debería volver a leer más poesía. Benito Cereno, de Melville. Recuerdos de un puerto muy al sur. El cementerio marino, de Valéry, con la curiosa traducción de Jorge Guillén. Wilde. Modern Love, de George Meredith. Poema a poema, Meredith va dando cuenta de cada gesto, de cada silencio y de cada palabra de su esposa, que se está enamorando de otro. Melancolía y algo de masoquismo. Más Wilde. Anábasis, de Saint-John Perse. Heart of Darkness, de Conrad. The Strange Case of..., de Stevenson. A Sentimental Journey, de Sterne. Proust. El Dostoyevski de Bajtin. Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Las Oraciones fúnebres, de Bossuet. Narraciones de Kafka. Poemas de Francis Jammes. Entre ellos, otra oración: “Par le petit garçon qui meurt près de sa mère / tandis que des enfants s’amusent au parterre; / et par l’oiseau blessé qui ne sait pas comment / son aile tout à coup s’ensanglante et descend, / par la soif et la faim et le délire ardent: / Je vous salue, Marie”. Debería volver a leer más poesía. Los Himnos a la noche, de Novalis. Y, más fuera de sitio que otros en esta caja, Generaciones y semblanzas, de Pérez de Guzmán; Reinar después de morir, de Vélez de Guevara; El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, y Espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra.

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17 noviembre 2009

caja 35

A primera vista, en ésta los géneros vienen muy mezclados. Libros sobre cartografía. Un diccionario de términos artísticos. El grabado en la ilustración del libro, de Francisco Esteve Botey. Un libro titulado Toscana, con los rascacielos de San Gimignano en la cubierta. Cuando esas torres aparecen entre las colinas sabes al instante que no podrás olvidarlas. Introducción a la estética, de E.F. Carrit: otra lectura del 74. No recuerdo muy bien la orientación del libro, pero sí que cita muchos fragmentos de poetas ingleses del XVIII y del XIX que yo no conocía por entonces. Men in dark times, de Hannah Arendt, que, evidentemente, ha ido a parar a una caja equivocada, porque en ésta todo parece pertenecer a un tiempo más luminoso. Aprovecho para leer el ensayo que dedica a Walter Benjamin. Más libros sobre el grabado. Un tratado de iconografía. Una Historia del Arte en España. Viaje a Italia, de Goethe. Estudios sobre iconología, de Erwin Panofsky. Un libro de imágenes sobre la Anunciación. Una guía de Sabbioneta. El ensayo de Titus Burckhardt sobre Chartres y el nacimiento de la catedral. Una guía de L’Ermitage. En ella, entre otros, El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt; La Virgen niña, de Zurbarán; El nacimiento de san Juan Bautista, de Tintoretto; La Judit de Giorgione; la Madonna Benois, de Leonardo (la Virgen es una niña de sonrisa maravillosa, que mira a su bebé, ¡tan serio! ¿Por qué en casi todas las madonne con niño ellas son tan hermosas y ellos tan poco niños, tan imperfectos incluso? ¿Sólo porque es más difícil pintar un niño que un adulto? ¿O porque sólo se tienen ojos para ella? Realmente, lo primero en lo que nos fijamos es en la Virgen, dejando para después al Verbo encarnado. ¿Por un reconocimiento de la imposibilidad de imaginar el Verbo encarnado? Sabemos con certeza absoluta que la representada allí es la Virgen, pero no estamos seguros de que el niño sea el Hijo); la Madonna Litta, también de Leonardo; la Madonna de la Anunciación, de Simone Martini (se dice que con el rostro de Laura, la amada de Petrarca, pero no deja de ser María); San Lucas pintando a la Virgen, de Van der Weyden; las maravillas de Friedrich; Napoleón en el puente de Arcole, de Antoine-Jean Gros. ¿Es necesario, además de todo lo que explica Clausewitz, que el general sea así, un héroe hermoso al que uno se sienta obligado a seguir? El azul de un puerto de Lorena. Luego, dos libros sobre Durero. Otro sobre Piero della Francesca. Otro sobre Hogarth. La edición de Filóstrato de LAC y Miguel Ángel Elvira. Un libro sobre Giotto. Otro sobre Giorgione. Catálogos de exposiciones y guías diversas. Libros de fotografía. Libros sobre estilos arquitectónicos. El múdejar. El arte mameluco, que, pese a su título, no trata de cierto arte contemporáneo. Un libro sobre los trabajos y los días de Mantegna en Padua y Mantua. ¡Otra edición de la obra de Clausewitz! Ya hay dos cajas en guerra. Otro libro sobre Mantegna. Y, al fondo del todo, el Diccionario de símbolos, de Cirlot.

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13 noviembre 2009

caja 7

Nada más abrirla, La caja de plata y El otro sueño, de Luis Alberto. La dedicatoria del primero lleva fecha de 20 de febrero de 1985 y dice: “Para Julio, que también escribió este libro. De su amigo fiel.” No escribí también ese libro, pero sí lo oí crecer poema a poema. Digo , porque, durante la década de los ochenta, siempre que él o yo hacíamos un poema, inmediatamente llamábamos al otro para leérselo. Si dudábamos de algún verso, pedíamos consejo, aunque yo poco podía ofrecer; si teníamos variantes, preguntábamos cuál de ellas quedaba mejor. Entre las muchas cosas que aprendí de él por entonces, la de elegir la solución más clara y directa, no siempre he sabido aplicarla. Tampoco he sabido limpiar de términos abstractos mi poesía. Será una cuestión de carácter. Siguen después más libros de Renacimiento: Raro y Jarvis, de Lorenzo Martín del Burgo. Una extraña ciudad, de José Mateos. Las canciones del alba, de José Julio Cabanillas. El último de la fiesta, de Carlos Marzal. El frente de Madrid y Tren de vida, de Fernando Lanzas. El hacha y la rosa, también de Luis Alberto. Pabellones, de Vicente Tortajada. Hacia otra luz más pura, de Miguel d’Ors. Y varios más, aunque echo en falta algunos. Estarán en otra caja o en otra ciudad. Revistas, plaquettes. Aquí sólo viene poesía contemporánea o, más bien, poesía de hace nada. Incluso cosas mías: Fragmentos de Europa y algunos cuadernillos. También aparece lo primero que publicó Vicente Gallego. El coleccionista y Los sueños, de María Victoria Atencia, que lleva esta dedicatoria de (¡Dios mío!) 21 de junio de 1977: “Para JMM, en recuerdo de un día de dubbia letizia e certa doglia. Cariñosamente.” Esa alegría y ese dolor son de Miguel Ángel. Algo le había escrito yo al respecto y ella, gentilmente, me lo recordó a su vez. Jugar en serio, de alguien que dice llamarse también Fernando López de Artieta. Algún interminable mérito, de Pedro Antonio Urbina. Intemperie, de Álvaro García. Más de Luis Alberto de Cuenca: varias plaquettes y Poesía 1970-1989, con prólogo mío. Conocimiento del medio, de Ángel Guinda. Las afueras, de Pablo García Casado. Varios libros de José Luis García Martín. Poesia espanhola de agora, de Joaquim Manuel Magalhaes. Espejos, de Abelardo Linares. Y muchos más, porque los libros de poesía no ocupan gran cosa.

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10 noviembre 2009

caja 24

Llegaron los pocos libros que me siguen de una ciudad a otra. Esta vez, no los pondré deprisa y corriendo en las estanterías. Los veré más despacio según vaya sacándolos de las cajas, porque puede que ésta sea la última que hojee algunos de ellos. Abro la 24, que es la que tengo más a mano. El primer libro que aparece es Hannah Arendt / Martin Heidegger, de Elzbieta Ettinger. La edición italiana lleva como subtítulo Una historia de amor y, como título, Hannah Arendt e Martin Heidegger. No sé. Esa barra que une y separa me parece más expresiva que la conjunción. Y, luego, el subtítulo, tan de gossip… No escribo nada en los libros, pero, en la última página, leo esta anotación: “¿Qué era ir de Marsella a Rosas?” Luego, curiosa coincidencia, dos recopilaciones de ensayos y artículos de Hannah Arendt sobre temas judíos (algunos de los artículos se repiten). Empiezo a ver que los libros vienen mezclados. Suelo ordenarlos por géneros y épocas, pero se ve que, cuando los metieron en las cajas en Túnez, buena parte de ese orden se perdió. El primer volumen de las obras completas en prosa de Charles Péguy (Pléiade). Vale la pena leer esta su prehistoria. No se entiende al Péguy de Les tapisseries sin este Péguy socialista, puro, combativo, incansable. Luego, Society and the Holy in Late Antiquity, de Peter Brown, y Derecho natural e historia, de Leo Strauss. Por lo que va saliendo, pienso que esta caja va a ser de las mejores. Leí los capítulos sobre Hobbes y Locke del libro de Strauss en una larga espera en el aeropuerto de Carthage. Inolvidables. Ahora, Nous autres, modernes, de Alain Finkielkraut, L’opium des intellectuels, de Raymond Aron y tres ensayos de Tzvetan Todorov: Éloge de l’individu y Éloge du quotidien, dedicados a la pintura flamenca y holandesa, que se leen con interés de principio a fin, y Theories du symbole, que me aburrió y dejé a medias. De repente, Kant. ¿Qué hacen aquí la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio? Lecturas del 74. Después, he releído ciertos capítulos del segundo de vez en cuando. Un facsímil de la traducción de 1774 del Tratado de los delitos y de las penas, de Cesare Beccaria. Lleva prólogo de Francisco Tomás y Valiente. Unos ensayos de Tolstoi sobre el arte. Abro al azar: “Después llegó Mallarmé, considerado como el más importante de los poetas jóvenes, y afirmó simplemente que el encanto de la poesía se encuentra en el hecho de que tengamos que adivinar su significado (...). Así, la oscuridad se ha elevado a dogma entre los nuevos poetas”. La decadencia de Occidente, de Spengler; una edición resumida de La ciudad de Dios, de san Agustín; Magna moralia, de Aristóteles; Proslogion y De veritate, de san Anselmo. Y, sí, todo mezclado, porque ahora salen del fondo de la caja las obras completas de Dostoyevski. Es la traducción de Cansinos. He leído a Dostoyevski en otras ediciones, pero resulta útil tener ésta siempre a mano. Después, un libro sobre Dostoyevski y San Petersburgo. Como no leo ruso, me conformo con ver los grabados, que tienen cierto aire expresionista. Y más mezcla: una edición barata de las obras de Shakespeare, de las que se hacían en Hungría o en Checoslovaquia, que da paso a los dos tomos de la traducción de Astrana Marín y a un librito sobre las huellas de Shakespeare en Southwark y en Stratford-Upon-Avon. Recuerdo el día en que lo compré y lo leí. Trevor J. Dadson y yo veníamos de ver las ruinas de la catedral de Coventry. ¡Qué triste Europa! En Stratford, lluvia y viento británicos. Un pub con la chimenea encendida, una pinta de ale y un plato caliente, también británico, que me supo a gloria, pese a sus irreconocibles ingredientes. También del fondo, Masa y poder, de Canetti, y De la guerra, de Clausewitz. Y esto es casi todo lo que contenía esta caja.

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