08 octubre 2009

juan 5:4

En Bethesda, junto a la piscina probática, intentando imaginar cómo sería aquel espacio con sus cinco pórticos intactos y calculando la profundidad de aquellas aguas que, de vez en cuando, se agitaban. El versículo no figura en los manuscritos griegos más antiguos. No figura tampoco en la Vulgata, pero sí en otras versiones también muy antiguas (p.e., en su comentario a Juan, lo cita san Juan Crisóstomo). Algunas traducciones modernas lo recogen y otras no. Los enfermos, los ciegos, los paralíticos están pendientes de que se produzca la más mínima agitación en la superficie. Es el momento de lanzarse rápidamente a la piscina, porque el primero que lo hace se cura por completo de todas sus dolencias. ¿Qué aclara este 5:4, que a veces está y a veces no está? Algo que sabían los contemporáneos del milagro que allí se narra, pero que podía resultar ya un misterio para las generaciones futuras; a saber, que era un ángel del Señor el que agitaba las aguas.

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01 octubre 2009

poesía y tristeza

A partir de cierta época (pongamos, finales del XVIII) el poema es, predominantemente, triste o melancólico. El poeta puede no serlo ni en el momento de escribir; pero el poema y el lector en el momento de leer lo son de forma mayoritaria. Puede ocurrir incluso que un poema sin rastro de tristeza ni de melancolía sea transformado en algo muy triste y melancólico por el lector. Antes, la tristeza era un tema como cualquier otro, o un elemento más, que podía aparecer o no en el poema, porque la vida no siempre es triste. Ahora, si no media la tristeza, puede que la hermosura no le diga nada a nadie.

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