12 marzo 2009

lucrecio 3

Esa eclosión primaveral de niños en las felices ciudades (I 255); ese anillo que mengua con el paso imperceptible del tiempo (I 312); las zarzas en las que han quedado prendidas las camisas de las serpientes (IV 62); la parte sumergida de los remos, que parece curvarse hacia la superficie (IV 437-442); esas nubes que se estremecen con un sonido semejante al de las velas que flotan sobre los grandes teatros (VI 109-110); el sonido del hierro candente cuando es sumergido en el agua (VI 148-149). Lucrecio nos ofrece numerosos argumentos para demostrar que el alma no es inmortal, y sólo uno, inconsciente y definitivo, que demuestra lo contrario: su propia obra.

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9 Comments:

Blogger Sergio said...

Magistral. Estoy anodadado. Qué pórtico luminoso hacia Lucrecio estas entradas. Creo que lo he dicho en otro comentario aquí: tus palabras rezuman auténtica Vida.

Gracias.

12 marzo, 2009  
Blogger julio martínez mesanza said...

Gracias, Sergio.

12 marzo, 2009  
Blogger José María JURADO said...

La selección es admirable, qué radiante Lucrecio, qué inmortal.
Gracias, Julio.

13 marzo, 2009  
Anonymous julio said...

Es una fuente inagotable, José María.

13 marzo, 2009  
Anonymous Anónimo said...

Si el alma es lo que hay de uno en los lugares donde no está, desde luego que la de Lucrecio es inmortal. Y lo es por su capacidad de estar en lugares tan dispares, con pluridad de sentidos pero sin confusa ambigüedad. Y así su obra puede ser una proclama ilustrada como la del abate Marchena o la lectura confesional del profesor Otón. Y de nuevo conducir a la aplastante negación de toda fe, la religiosa que Lucrecio combatía, y la de la nueva religión de la Ciencia, como lo explica García Calvo. Y puede ser, el poeta filosófico-didáctico, capaz de un lirismo tan delicado como el que Julio nos señala...
el alma de Lucrecio es Julio hoy, y en cada momento todo el que se pare a leerlo con atención.

Rafa Herrera

13 marzo, 2009  
Anonymous julio said...

Eso es lo sorprendente, Rafael: que, con ese asunto y con una actitud deliberadamente ideológica (o doctrinal), sea capaz de conmovernos.

13 marzo, 2009  
Blogger Antonio Azuaga said...

Curiosamente, ni Lucrecio ni Epicuro ni Demócrito quisieron saber nunca nada del “logos”: todo respondía al azar, a la mecánica azarosa de la danza de los átomos… Curiosamente, como dices, le contradijo su palabra, el “logos”, “su propia obra”.

Una entrada analíticamente bella, Julio.

14 marzo, 2009  
Anonymous julio said...

¡Y cuánto orden para explicar tanto azar! Gracias, Antonio.

15 marzo, 2009  
Anonymous Auberon Quin said...

Si es que no podemos renunciar a lo que somos. Ni siquiera aunque lo neguemos...
Gracias por hacernos caer en la cuenta de ello.

21 marzo, 2009  

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