10 marzo 2009

lucrecio 2

La poesía (o su exposición de la doctrina de Epicuro) era para Lucrecio un trabajo que le obligaba a pasar las noches en vela (I 142-143), una dulce fatiga (II 730). ¿Cómo llevar, si no, tantos corpora, tantos átomos a sus hexámetros? ¿Cómo hacer para que todo encaje? Cantos, versos luminosos (I 933-934), lucida carmina contra la superstición (IV 8-9): ése es su programa. Hay que iluminar, ilustrar. Para ello, no basta con decir las cosas: hay que decirlas con una persuasión que no viene de la tradición literaria, sino de su propia y clara experiencia de los fenómenos: ésas son sus fuentes vírgenes (I 927): están a la vista de todos, son cosas que cualquiera puede ver en el momento en que se presentan, pero sólo una mirada no distraída puede convertirlas en ejemplo, en imagen, es decir, estar a la altura de su epifanía. Lucrecio contaba con una ventaja natural. Si se puede decir algo así, él era naturalmente epicúreo, epicúreo por naturaleza. Creo que su confianza en los sentidos no es consecuencia de la doctrina, que hace de ellos la fuente primera de la verdad, sino de su capacidad congénita para mirar intensamente las cosas y conservar intacto su recuerdo.

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