05 enero 2009

lucrecio 1

Un niño da vueltas frenéticamente sobre sí mismo hasta marearse y, cuando se detiene, cree que las columnas y el atrio siguen girando y que los edificios que lo rodean se le van a caer encima (IV 400-403). Estas cosas sólo se pueden decir así si se han experimentado. Lucrecio fue una vez ese niño que da vueltas sobre sí mismo. También, y quizá en la infancia, hay que haberse parado mucho tiempo delante de los charcos que se forman entre las losas de la calle para imaginar que en ellos se oculta un cielo subterráneo (IV 415-419). Y no basta con que nos lo cuenten, hay que haber tenido el típico sueño en el que caemos al vacío para conocer verdaderamente la agitación y el terror que causa (IV 1020-1023). Lucrecio, pues, como otros muchos, soñó una vez que caía desde muy arriba y, ya despierto, tardó en recuperarse del pánico. ¿Llamó también a gritos a un compañero perdido en un lugar desierto y oyó cómo las rocas le devolvían el eco de sus gritos? (IV 572-577). Es muy probable. Y, luego, hay que mirar las cosas, incluso las cosas que no le dicen nada a los otros, como esa ropa tendida, que al sol se seca y se humedece junto al mar (I 305-306; VI 471-472; VI 617-618).

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9 Comments:

Blogger Sergio said...

Qué vida rezuma esta entrada. A Lucrecio lo tengo en el estante mirándome insistentemente desde hace algún tiempo. Habrá que empezar a leerlo, si no los remordimientos me van a corroer: "En los charcos se oculta un cielo subterráneo"...

Me encanta como terminas: "Y, luego, hay que mirar las cosas, incluso las cosas que no le dicen nada a los otros". Claro.

Gracias.

05 enero, 2009  
Blogger E. G-Máiquez said...

Gran entrada, Julio. El verdadero valor de la etiqueta poesía de la experencia es (o debería ser) señalar esto. También sería interesante dar vueltas alrededor de la experiencia del lector, que si a su vez ha sido un niño que daba vueltas hasta marearse, lo leerá con un reconocimiento platónico.
Muchas gracias.

05 enero, 2009  
Blogger Olga B. said...

No basta con que nos lo cuenten, con haberlo soñado. "Y, luego, hay que mirar las cosas..." Sí, pero el talento para nombrarlas es un soplo de gracia que no depende de nuestra experiencia, de nuestros sueños ni tan siquiera de la intención bien dirigida de nuestra mirada.
Es un regalo que reciben pocos y que da gusto reconocer en entradas como esta.
Un saludo y que los Reyes sigan siendo generosos.

05 enero, 2009  
Blogger julio martínez mesanza said...

Gracias, Sergio, Enrique y Olga, por vuestros comentarios. Feliz Epifanía.

05 enero, 2009  
Blogger Jesús Beades said...

"Y, luego, hay que mirar las cosas, incluso las cosas que no le dicen nada a los otros". Sí, pero también hay que mirar las cosas que no nos dicen nada a nosotros mismos a menudo, para recibir el don de verlas por primera vez.

06 enero, 2009  
Blogger planseldon said...

¡Qué grande Lucrecio! A mi me resulta una lectura muy complicada. Lo más que pude disfrutar fue durante la carrera, cuando lo leía guiado por una excelente profesora de la que además andaba yo medio enamorado... Gracias por recordarme todo aquello Julio, y feliz año nuevo.

07 enero, 2009  
Blogger Juan Manuel Macías said...

Siempre me pareció, coincidiendo con planseldon, una lectura árida la de Lucrecio, y confieso que no lo llevé especialmente bien en la carrera. Pero sé que no lo veré igual después de esta enorme entrada. Gracias.

10 enero, 2009  
Blogger julio martínez mesanza said...

Gracias, Jesús, Carlos y Juan Manuel. Seguiré con Lucrecio, si Dios quiere.

13 enero, 2009  
Anonymous Anónimo said...

Remy de Gourmont sueña "una noche en el Luxemburgo" que habla con Lucrecio, o su divino representante. Hiparco.

14 enero, 2009  

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