24 junio 2008

en dos

Creyente sin fe, agnóstico pero con Dios, ese católico, al fin y al cabo como tantos, que fue Tocqueville, vio con claridad que una democracia sin creencias religiosas carece de fundamentos sólidos. Vio también, sobre el terreno, una respuesta al viejo conflicto entre el alma y el mundo, agudizado en la sociedad moderna. Mucho me temo, sin embargo, que la cosa no resulte tan sencilla: “Los sacerdotes católicos de América han dividido el mundo intelectual en dos partes: en una, han dejado los dogmas revelados y se someten a ellos sin discutirlos; en la otra, han situado la verdad política y piensan que Dios la ha abandonado ahí a las libres investigaciones de los hombres. Así, los católicos de Estados Unidos son a la vez los fieles más sumisos y los ciudadanos más independientes.”

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