10 septiembre 2007

tobías

El poder es terrible. Deja que los cadáveres se pudran sin sepultura al pie de las murallas. Pero en Nínive hay un hombre justo que, poniendo en juego su vida, entierra a los muertos. La mayoría de los hombres justos, tarde o temprano, acaban sufriendo como Job. Debe de ser para que ninguno de ellos crea que la recompensa de las buenas obras tiene que ver con la aritmética de este mundo. Será por eso o por algo que se nos escapa. En cualquier caso, Tobit, como hombre justo, acabará sufriendo. Por un extraño accidente, quedará ciego y se hundirá en la pobreza. Sin embargo, no pierde la esperanza y eleva una plegaria a Dios. Lejos, vive una joven a la que un demonio celoso ha matado ya, sucesivamente y en la noche de bodas, siete maridos. Es como para perder toda esperanza, pero, aun así, la joven eleva también una plegaria. Desde la noche de la ceguera, pues, y desde la desesperanzada evidencia de la desgracia repetida, se elevan dos plegarias, y esas dos plegarias son oídas. He aquí que aparece un ángel y da comienzo un itinerario milagroso en el que cada paso tiene que darse desde la reiterada confianza de sus beneficiarios para que haya otro paso y el milagro tenga lugar al fin; porque no se trata, ni mucho menos, de un milagro repentino, instantáneo, sino de un milagro laboriosamente construido, que exige cooperación. Ese ángel no dice que es un ángel, oculta su verdadero ser, porque de lo que se trata es de confiar, aunque sea en los hombres, no de dejar que Dios haga todo por nosotros. Si el ángel proclamase que es un ángel, ¿qué mérito tendría seguirlo y hacer lo que él nos dijera? Un ángel oculto, pues, y, junto a él, Tobías. Los dos viajeros comienzan su aventura acompañados por un perro. Llegan a un río. Allí, el pez terrorífico, que será fuente de remedios. Pienso en las aguas redentoras, en las aguas que limpian el alma, aunque sea por medio de una de sus criaturas. Sigue el viaje. Para entonces, Tobías, oyendo lo que dice de ella el ángel, se ha enamorado de la joven desconocida a la que un demonio celoso ha matado ya siete maridos. Sólo por un momento teme ser el octavo, pero ha creído en las palabras del hombre, no del ángel que le acompaña, porque no sabe que es un ángel. Un extraño y valeroso acto de confianza. Pide la mano de la joven y el padre de ella se la concede. En la noche de bodas, hace lo que le dice su compañero de viaje: quemar las entrañas del pez, para que el humo ahuyente al demonio, y mantenerse casto. Mientras Tobías duerme en el lecho nupcial sin tocar un solo pelo de su esposa, el padre de ella manda cavar una tumba. Cree que será el octavo. Un simple cálculo de probabilidades puede darle la razón. Pienso en la correspondencia dramática entre el lecho nupcial y la tumba. Ese pelo que no toca es lo que separa de la muerte a Tobías. Su vida pende, pues, de un hilo: del mismo del que pende la vista de Tobit. Pero el padre de la joven ha mandado cavar una tumba que quedará vacía, porque había y hay remedios para derrotar ese rotundo y desesperanzador cálculo de probabilidades. De todo lo demás, se encarga el ángel, de encadenar al demonio que, sin saber, Tobías ha derrotado y de traer el tesoro que les envió a recuperar Tobit. Todo perfecto, porque, además, derrotando a ese demonio, Tobías, de alguna forma, ha esquivado también la serpiente del Paraíso. Pero habíamos dejado en Nínive a un padre ciego y a una madre. Ambos temen que a su hijo le haya sucedido una desgracia, pues tarda mucho en volver. El padre ha ido perdiendo la esperanza, porque la noche de la ceguera es interminable. La madre aún confía y no deja de mirar el camino por el que tienen que volver Tobías y su compañero de aventuras, del que sólo Dios y el demonio saben que es un ángel. El perro, con la alegría de quien vuelve a casa anunciando una buena nueva, se adelanta. La madre lo ve y su corazón le dice que, detrás del perro, aparecerá su hijo. Sale a su encuentro y, tras de ella, el padre ciego, tropezando y levantándose. Al fin, todos juntos. Queda la conclusión del milagro. La hiel del pez lava los ojos de Tobit y elimina su ceguera. Es ya un resucitado, alguien que ve el alba después de las duras pruebas de la noche. Entonces, sólo entonces, el ángel dice que es un ángel. Hasta aquí esta hermosa historia que habla, como pocas, de las tres virtudes. San Jerónimo la tradujo a regañadientes. Judíos y ortodoxos la excluyen de sus libros canónicos. Voltaire hizo bromas a propósito de sus remedios oftalmológicos.

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19 Comments:

Blogger Jesús Beades said...

La relación entre aguantarse las ganas nupciales -¡estando en el mismo lecho!- y evitarse un mal, no deja de ser misteriosa.

10 septiembre, 2007  
Blogger FPC said...

Benet la tradujo a su modo. Gracias a ti volveré a echar un vistazo a esas páginas semiolvidadas. Saludos cordiales.

10 septiembre, 2007  
Blogger E. G-Máiquez said...

Qué glosa tan extraordinaria, Julio. Muchas gracias. Me has hecho casi olvidar las innumerables veces que mi admirado Eugenio d'Ors habló de esta historia, con menos emoción, claro. Es lo que va de un filósofo a un poeta.

10 septiembre, 2007  
Anonymous toi said...

Me he atrevido a citarte sin tu permiso en mi bitácora. Te ruego que me disculpes.
Magnífica la manera de narrarnos la historia.

10 septiembre, 2007  
Blogger ARP said...

Mi enhorabuena también: un placer leerlo.Hay temas fascinantes como el de las aguas que limpian que vi el otro día que menciona B16 en su libro recién salido sobre Jesús de Nazareth, aunque tengo que mirarlo con calma.
También vi hace poco que en el último número de la revista Sefarad, del CSIC, había otro artículo sobre la relación del libro de Tobias con fuentes griegas clásicas.

10 septiembre, 2007  
Anonymous Antonio Azuaga said...

Me parece perfecta esa visión del milagro como proceso, como quehacer encomendado en parte a la confianza en nosotros mismos. Me parece justísima la consecuencia que de ello se desprende: el respeto de Dios hacia el libre arbitrio de su criatura, su providente cuidado simultáneo. Me parece extraordinaria la interpretación del Dios bíblico como Padre real que protege y cuida su obra más amada indicándole el norte, no moviendo sus pies con prodigios. Me parece que haces pensar que, quizá, nuestras vidas están llenas de milagros que solemos ignorar porque sólo estamos pendientes de los “efectos especiales”. Todo me parece un acierto.

Y además… ¡me encanta el texto!

10 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

¡Y no un mal cualquiera, Jesús! De todas formas, quizá no sea tan misteriosa.

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Gracias, fpc. Yo vuelvo a menudo a ellas y siempre con provecho.

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Gracias, Enrique. La comparación me honra, pero, tratándose de ángeles y glosas, ¿quién como d'Ors?

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

¿Por qué tendrías que disculparte, Toi? Soy yo quien te está agradecido por invitarme a tu casa.

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Gracias, Arp. Lo has visto muy bien. En mi texto hay un eco consciente de las reflexiones de Ratzinger sobre el bautismo en "Jesús de Nazareth".

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Iluminas mi texto, Antonio. Gracias mil.

11 septiembre, 2007  
Anonymous CB said...

Qué preciosidad. Está lleno de tesoros. Pone de relieve eso que dice Antonio, incluso sin "quizá": que la vida está llena de milagros, preparados paso a paso, como con delicadeza, como no queriendo llamar la atención.
Y qué sugerente " el pez terrorífico, que será fuente de remedios". Es cierto que muchas veces lo que nos aterra es lo mismo que nos salva. Y que las desgracias que nos asaltan, como salta el pez del agua dispuesto a devorar el pie de Tobías, guardan dentro algo que necesitábamos, aunque cueste verlo. Por eso es el ángel el que dice a Tobías que no huya, que lo agarre y lo saque del agua.
Y qué maravilla esas plegarias distantes, elevadas desde la noche de la ceguera y desde la evidencia de la desgracia repetida, que son oídas. Pero aún hay otra plegaria importantísima, y es la que elevan juntos los dos recién casados, después de ahuyentar al demonio: "Mientras tanto, los padres habían salido de la habitación y cerraron la puerta. Tobías se levantó de la cama y dijo a Sara: “Levántate, hermana, y oremos para pedir al Señor que nos manifieste su misericordia y su salvación”. Ella se levantó, y los dos se pusieron a orar para alcanzar la salvación (...)Al terminar la oración ambos dijeron: “¡Amén, amén!”, y se acostaron a dormir."
Ese amén de los dos juntos fue la tercera plegaria oída.

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Crista, no había reparado en la importancia de esa tercera plegaria (tan relacionada con el misterio al que se refiere Jesús) ni en la emoción de ese amén. ¡Y qué bien interpretado el episodio del río! Lo mismo que le decía a Antonio: ilumináis el texto con vuestros comentarios.

11 septiembre, 2007  
Anonymous CB said...

Eres muy generoso, Julio.
Me olvidé de decir que hay otras dos entradas fantásticas sobre el tema de Tobías en los Blogs de E.García Máiquez y de ARP. Como ellos son modestos no se autocitan. La de Enrique es del 24 de abril, con glosa de E.D'Ors sobre el pez grande y pequeño, como las tribulaciones de los hombres, y un delicadísimo cuadro de Eduardo Rosales. La de Ángel es del 9 de junio, archivada en "religión", habla en ella del libro de Tobías como trasfondo de la parábola del hijo pródigo, y sugiere temas como la paternidad-maternidad de Dios. Muestra también un cuadro de no sé bien quién, y un grabado de Rembrandt, ambos con el perro, sobre el que nos cuenta cosas. Mejor verlos, como dicen en los anuncios de pisos. Siento no saber enlazarlos directamente.

11 septiembre, 2007  
Blogger Juan Ignacio said...

¡Cómo apasiona esta lectura!
Saludos.

11 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Crista, a las estupendas entradas de Enrique y Arp, añado el estudio de Gombrich "Tobías y el ángel", que, con la cortesía que le caracteriza, me ha pasado un amigo muy querido. Puede leerse en "Imágenes simbólicas".

12 septiembre, 2007  
Anonymous julio said...

Es un relato de una riqueza inagotable, Juan Ignacio. Si Dios quiere, volveré sobre él.

12 septiembre, 2007  
Anonymous CB said...

Estupendo el Gombrich, sí señor. Da las gracias y presenta mis respetos a tu cortés y querido Santiago Miralles.

13 septiembre, 2007  

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