08 agosto 2007

als ich can

Para poner de manera figurada ese Als Ich Can de Van Eyck, ese como puedo, al acabar un poema o cualquier otro trabajo, tendría que responder afirmativamente a la pregunta "¿He hecho absolutamente todo lo que podía hacer, todo lo que estaba en mi mano?" Parafraseando a Píndaro, se trata de reclamar el máximo esfuerzo a nuestra alma, de agotar todas las posibilidades, pero sin aspirar por ello a la gloria, a la fama, a la inmortalidad; es decir, sin interferencias del orgullo. Se trata de estar a la altura de los dones recibidos y de no emplear subterfugios con uno mismo, ni siquiera los subterfugios de las buenas o de las sublimes intenciones. Sólo cuando, en conciencia, pueda poner Als Ich Can, me sentiré autorizado a poner Laus Deo.

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30 Comments:

Anonymous jose luis gonzalez said...

Realmente, alguna vez, alguien, Als ich can? No será quizás que no podemos lo que podemos, o que a todos nos falla en algún momento la voluntad, o que somos humanos, o que nuestras debilidades son también nuestro encanto? Quizás incluso pueda ser que lo que creamos lo creamos por nuestras debilidades, y de ahí que ya lleve escrito en sí mismo la condena, y la bendición, de no alcanzar el "Als ich can"

08 agosto, 2007  
Blogger E. G-Máiquez said...

Amén.

08 agosto, 2007  
Anonymous El amigo de Kierkegaard said...

Tal vez nos sirva de ayuda don Sören:

"...lo inexpresable es similar al murmullo de un arroyo. En caso de que te preocupen tus pensamientos, si estás ocupado no te das cuenta de ello al pasar. No eres consciente de que el murmullo existe. Pero si te detienes, entonces lo descubres. Y si lo has descubierto, debes permanecer tranquilo.Y cuando estás tranquilo, entonces te persuades. Y al llegar la persuasión, debes detenerte y escuchar atentamente. Y cuando te has detenido para escucharlo, en este caso te cautiva. Y cuando te ha cautivado, no puedes separate de él, estás bajo su poder. Una vez cautivado, te sumerges a la par de él. Cada momento parece estar listo para darte una explicación. Pero el arroyo continúa con su murmullo, y a la vez el caminante va envejeciendo."
(La pureza de corazón es querer una sola cosa) Ediciones La Aurora-1979

08 agosto, 2007  
Blogger Juan Ignacio said...

Muy bueno, por exigente.

Aunque no olvidemos que también dijo Cristo: “¿No habéis leído en la Escritura: De la boca de los niños y de los lactantes sacaré yo una alabanza perfecta?”

(Aunque, segundo aunque, entiendo que la alabanza perfecta, en algún otro sentido, en este mundo, sólo la hizo Jesucristo).

09 agosto, 2007  
Blogger Juan Ignacio said...

Navegando ato cabos de puerto en puerto y te dejo entonces algo que justo leí hoy y puede ser otro matiz del asunto:

(...)Que un artista juzgue "mala" y merecedora de destrucción su obra, no necesariamente implica que la considere indigna de tal artista. También puede ser que la considere indigna del cosmos; como una especie de blasfemia o de traición. Sobre todo: puede considerarla mala porque puede hacer mal... [Aquí]

Saludos.

10 agosto, 2007  
Blogger samsa777 said...

El arte que se nos concede es limitado.

10 agosto, 2007  
Blogger AFD said...

En el caso de la poesía, hay que hacer todo lo que esté en nuestras manos, un sobresfuerzo incluso, pero, al menos según Yeats, ese esfuerzo no debe notarse; si se nota y el verso no parece una ocurrencia tan natural como el aire, todo esfuerzo es en vano:

I said "A line may take us hours maybe;
Yet if it does not seem a moment's thought,
Our stitching and unstitching has been naught.
Better go down upon you marrow-bones
and scrub a kitchen pavement and break stones..."

Y responde la mujer del poema (Adam's Curse):
"To be born a woman is to know—
Although they do not talk of it at school—
That we must labour to be beautiful."

Y el poeta concluye:
"It is certain ther is no fine thing
Since Adam's fall but needs much labouring."

10 agosto, 2007  
Anonymous CB said...

Se dice generalmente que el artista nunca queda satisfecho de su obra . Podría considerarse quizá que lo que el lema contiene, además del reconocimiento de las propias limitaciones al que alude el "como puedo" o "como sé", es la idea de que el único criterio posible para la satisfacción del artista es un criterio interno, el que se relaciona con su esfuerzo y con su entrega, un criterio que le permite desentenderse de las valoraciones externas. El éxito o el fracaso pasan así a ser una cuestión de conciencia, sin relación con el aplauso o la crítica ajenas. El lema sería así una manifestación, a la vez que de humildad, de independencia.

11 agosto, 2007  
Blogger AnaCó said...

Qué bonito. Qué exigente. A por ello, como se pueda. (so gut als man kann)

12 agosto, 2007  
Anonymous Boscán said...

¿Puedes entonar el Laus Deo con un "Ich" tan enorme en tu lema? Me pregunto si no hay que pasar por el "Als wir können" antes de llevar los sacrificios al altar. Y en ese "nosotros" surge la duda, porque, ¿qué sentido tiene hacer lo que los demás no necesitan?, ¿qué satifacción encierra la obra bien hecha que sólo convence a su creador y a su presunta comunicación con Dios? Solipsismo de anacoreta. "Als ich kann, aber nur wenn es sich lohnt": sí, pero si merece la pena...

14 agosto, 2007  
Anonymous alfredo rodriguez said...

Sólo en una entrega total a la Poesía se agotan todas las posibilidades. Y eso es algo que solo el poeta verdadero conoce y maneja. Porque ese poeta no ha escrito ese poema pensando en ninguna promesa de gloria ni de fortuna, sino sólo por el placer de verlo escrito. Entonces podrá hacer su alabanza a dios, si es que dios está en su camino...

14 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Nos falta voluntad y nos sobran debilidades, José Luis. Eso está claro. El “como puedo”, en cualquier caso, no es una constatación de esa falta de voluntad. Sólo puede decirse después de luchar contra ella y contra nuestras debilidades.

15 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Hermoso fragmento, Amigo de Kierkegaard. Nos habla de una difícil y necesaria disposición de espíritu, pero, a la vez y con algo de melancolía, subraya el fracaso, la imposibilidad.

15 agosto, 2007  
Anonymous jose luis gonzález said...

pero ¿por qué no ver la debilidad, precisamente, como una grandeza?

15 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Me cuesta ver grandeza en la grandeza, José Luis. No sé si la vería en la debilidad aunque ésta fuera acompañada del máximo esfuerzo.

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Juan Ignacio, lo que dice Hernán invita a una reflexión (y a un debate). El artista (sobre todo el contemporáneo) se cree más allá del bien y del mal, cuando no fiel aliado de este último. A mí me gustaría pensar lo que Hernán, que un artista es capaz de destruir su obra porque ésta puede ser causa del mal; pero los artistas, muy a menudo, viven enajenados y no son conscientes de que esa obra (que ejerce sobre ellos mismos una fascinación que los sitúa, precisamente, más allá del bien y del mal) va más lejos de lo que, como hombres, podían (e incluso querían) decir.

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Es limitado, Francisco, pero no deja de ser un don y, como don que es, hay que apurarlo al máximo

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Alfredo, como Yeats empieza a ser una presencia recurrente en estas páginas, me he puesto a releerlo. ¡Diez años que no lo hacía! Yo creo que hay un esfuerzo que no importa que se note, el esfuerzo del acabado, por así decirlo; también el del orden. Hay otros que sólo sugieren incompetencia.

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

¿Es compatible la humildad con esa manifestación de independencia, Cristina? Cada vez que vuelvo sobre el tema de la entrada y sobre vuestros comentarios, veo que resulta muy difícil proteger del orgullo ese “als ich can”. Y, sin embargo, yo quiero verlo incontaminado, porque sólo así el lema y el esfuerzo que a él conduce tendrían todo su valor. Lo contrario sería pensar que no hay acción a salvo del orgullo (y, por lo tanto, a salvo del pecado).

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Como se pueda, Anacó, y nunca de cualquier manera.

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

¿Y cuándo sabremos si vale la pena, Boscán? Ese “yo” enorme suele mentirnos muy a menudo. Pero también el “nosotros”, con su vocación de disfraz. De todas formas, pones el dedo en la llaga. Antes del “cómo”, están el “por qué” y el “para qué”. Y puede que, siguiendo con lo que le decía a Cristina, éstos ya estén contaminados y hagan del “cómo” un simple instrumento del orgullo.

16 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Esa entrega total, Alfredo R., la veo más enfocada al poema concreto que a la poesía en general, aunque cueste separarlos a veces. Al “placer sólo de verlo escrito” lo llama Boscán, en su comentario a esta entrada, “solipsismo de anacoreta”. No niego que ese placer sea lo que, a menudo, nos mueve, pero la suya es una reflexión muy a tener en cuenta.

16 agosto, 2007  
Anonymous jose luis gonzález said...

Unamuno decía que el hombre, en su origen, fue un mono enfermo, y que por eso se desarrolló como hombre. Eso es lo que quiero decir. Si fuésemos perfectos, si no hubiese imperfección en nosotros, no sentiríamos la necesidad de crear ni de desarrollar nada. Al final, creamos por las debilidades, y si llegamos a alguna parte, por las debilidades es.

16 agosto, 2007  
Blogger Alejandro Figueroa - Piastorem said...

"[...]Lo que al hombre combiene
es fingir de los dioses lo que es dino;
siquiera es menor daño.[...]"

Ya que estabamos con Píndaro, porqué no perdirle ayuda en este dilema, nuevamente.

17 agosto, 2007  
Blogger samsa777 said...

De acuerdo pero, ¿dónde termina el don y empieza la obsesión?
Wilde tiene un buen ejemplo sobre eso en su cita “Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y le quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla”.
¿Qué es imprescindible, realmente, en la factura de un poema?

17 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

En eso estoy de acuerdo, José Luis: sin el estímulo de la limitación, difícilmente haríamos nada.

18 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Bienvenido, Alejandro. Otra lección de Píndaro. Y tiene muchas al respecto.

18 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

No lo sé, Francisco. Quizá, escribirlo si sientes la imperiosa necesidad de hacerlo y, luego, darlo absolutamente todo. Esto incluye desconfiar a cada paso de lo que se nos va ocurriendo, de lo que nos viene fácilmente y parece deslumbrante. Incluye también no dar por bueno ningún detalle y luchar contra la pereza (que tiende a darlo todo por bueno). No incluye lo de las comas. La neurosis es inevitable, pero no hay que llevarla tan lejos.

18 agosto, 2007  
Blogger Juan Ignacio said...

Julio, por haberlo encontrado justo ayer me permito hacerte llegar este largo fragmento de Romano Guardini que está en estrecha relación con estos pensamientos tuyos (entrada "als ich can"). Digamos, si me permites, que los podría preservar de una posible deformación por lo kantiano.

Vayan para cuando tengas tiempo (creo que valen la pena y disculpas si son algo que consideras como obvio):

Ya desde niños se nos enseñó al comienzo de la jornada y algunas veces durante el día a poner y renovar la “recta intención”, para que todas nuestras acciones estuviesen enderezadas a la “gloria de Dios” (...)

Sin embargo que la formulación de este pensamiento y el modo cómo es llevado a la práctica deban criticarse en muchos casos. A veces esta ordenación a la «gloria de Dios» no tiene en cuenta el contenido mismo de la acción. La «gloria de Dios» es en estos casos una «etiqueta» colocada en cada actividad, de la que sólo se exige que sea moralmente buena o por lo menos no pecaminosa. Pero ¿no implica esto una desvalorización de la actividad misma y de sus exigencias propias? No se sirve a la gloria de Dios realizando algo solamente por ser obligatorio, o en tanto en cuanto es obligatorio, procurando solamente «evitar el pecado» y «ofreciéndoselo» así a Dios. La gloria de Dios exige que, si hacernos algo, lo hagamos adecuadamente en la presencia de Dios. Lo exige respecto a las actividades materiales, tal como las cosas mismas y el sentido de responsabilidad en el trabajo lo piden y respecto a nuestro comportamiento con otras personas, tal como las demás personas pueden exigirlo y tal como lo piden el tacto, amistad, el amor, la fidelidad y el honor. Se debe ofrecer a la gloria de Dios solamente lo que ya en mismo es adecuado y recto.

Existe una actitud de espíritu que se llama a sí misma «sobrenatural», y que no atiende al rendimiento adecuado exigido por las cosas, pensando que, si no se comete ningún «pecado», cualquier que se haga es en sí indiferente. Lo único decisivo es realizarla por obediencia al precepto y con «recta intención». Tal actitud puede ser aconsejable en algunas circunstancias de la vida del espíritu; por ejemplo, cuando la obsesión por la exactitud de nuestro rendimiento amenaza hacer al hombre esclavo o arrogante. Pero, en sí misma, tal actitud acarrea a la vida religiosa una peligrosa falta de seriedad, pues deshace el sentimiento de responsabilidad que el Señor de la creación ha depositado en el hombre respecto a todo lo que está en relación con esta creación. Evidentemente no quiere esto decir que el rendimiento, en cuanto tal, da ante Dios la medida del valor de una acción. En tal caso solamente el hombre dotado de grandes capacidades sería capaz de servir a Dios, aun prescindiendo de que ningún rendimiento humano puede pretender ser digno de ser «ofrecido» a Dios. Lo que decide en último término sobre el valor de una acción es la intención, cualquiera que sea el resultado de la acción. Pero esta intención no puede prescindir del contenido mismo de la acción. El hombre debe, por el contrario, esforzarse según sus posibilidades porque sus acciones sean adecuadas a las cosas o personas a que se refiere. La «obra buena» no es cualquier obra realizada de cualquier manera, pero bien intencionada, sino la obra adecuadamente realizada según nuestras fuerzas y en obediencia a la voluntad misma del Creador, impresa en el ser mismo de las cosas.

La Providencia pone a cada uno, según su situación personal ante las personas, cosas y relaciones para él decisivas, y exige que el hombre actúe no precisamente por un principio general abstracto, pero tampoco según arbitrariedad subjetiva. El hombre debe actuar conforme al sentido mismo de las exigencias propias de los hombres y de las cosas. Hacer todo verdaderamente a «gloria de Dios» significa reconocer la voluntad de Dios en la exigencia de la situación y cumplir esta voluntad con sentimiento de responsabilidad hacia las cosas mismas. Cuando la «recta intención» está de esta forma fundamentada alcanza una nueva seriedad y desaparece el carácter de irresponsabilidad y de etiqueta de la expresión: «todo para gloria de Dios». La intención de honrar a Dios se une así al sentimiento de responsabilidad respecto a su voluntad claramente manifestada en la ordenación misma de las cosas y en las exigencias de la situación concreta. De esta forma el ejercicio de la «recta intención» alcanza su pleno sentido en el hombre cuya solicitud es la realización del reino de Dios.


Romano Guardini, Introducción a la vida de oración (Vorchule des betens), capítulo La providencia.

20 agosto, 2007  
Anonymous julio said...

Tienes toda la razón en cuanto a esas sombras kantianas, Juan Ignacio. No conocía el texto de Guardini, y te agradezco muchísimo que lo hayas traído aquí. Profundiza actitudes, expone peligros y ofrece respuestas. Una verdadera lección.

20 agosto, 2007  

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