27 junio 2007

una cosa rara

La poesía es un género excéntrico. Si por virtud del poema y por la completa suspensión de nuestra incredulidad, llegamos a la emoción a través de su excentricidad, la poesía existe. Si no suspendemos la incredulidad o si la excentricidad se pone demasiado a la vista, convirténdose en ridiculez, la comicidad le gana la batalla a la poesía. Es un juego peligroso, porque siempre se parte de eso, de una excentricidad, aunque esa excentricidad, en los buenos poemas, nos parezca la cosa más normal del mundo. Se parte de un lenguaje que, aunque sea el de todos los días, e incluso más natural, contiene siempre, como poco, algún toque pintoresco en el léxico o en la ordenación sintáctica. Se parte declarando sentimientos la mayoría de las veces habituales y comunes a todos los hombres, pero haciendo ver, inevitablemente, que el yo del poeta es distinto y que su sentimiento tiene algo de especial. Se parte de una forma que, aun en el verso libre, tiene mucho de cerrada y, por tanto, no se parece a ninguna otra cosa, ni al soliloquio ni al diálogo ni a la conversación. Después de estos primeros pasos, comunes a la poesía y a esa otra cosa que definiré como poner en líneas regulares la primera trivialidad que a uno se le ocurre, entramos en el terreno más peligroso, el de la pura excentricidad. Éste es el terreno de la prueba, el terreno donde se juega la partida que importa. A él sólo están invitados los poetas, los buenos poetas y los malos poetas, los excéntricos puros, que, por otra parte, pueden ser personas de lo más normal. Los tibios no tienen cabida en él, porque los tibios no son poetas: tienen muy poquito de excéntricos, aunque algunos de ellos piensen de sí mismos lo contrario, porque su excentricidad visible no forma parte, en el fondo, de su naturaleza; es fingida o la han leído en otros, y un buen lector descubre al instante ese tipo de imposturas. Una vez situados en el terreno decisivo, los buenos poetas nos emocionarán y los otros, al menos, nos harán pasar un buen rato con sus muy serias y cómicas ocurrencias. Lo que tenemos claro es por qué éstos nos hacen reír. Lo que no está nada claro es el motivo por el que los otros nos emocionan. Pero unos y otros, los mejores y los peores, como decía al principio, dependen de nosotros, de los lectores; dependen de que suspendamos nuestra incredulidad, porque la poesía es un género en el que se suelen decir cosas bastante raras y de una manera muy extraña.

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11 Comments:

Blogger Juan Manuel Macías said...

Para mí es un lema lo que decía Horacio en su ineludible "Epístola a los Pisones" (citando de memoria): un buen poema no sólo debe ser bello, tiene que emocionar. Si un poema no emociona, si no contiene esa extraña magia, se quedará en una mera pirueta lingüística, más o menos graciosa, más o menos ingeniosa. Yo sentí esa emoción y esa "piel de gallina" cuando leí tu "San Luis", que me lo sé de memoria, como si siempre lo hubiera sabido. He aquí la poesía en estado puro.

27 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Juan Manuel, ¿conoces mi poema "También mueren caballos en combate"? Cuando lo escribí, en el 82, nunca había visto caballos muy de cerca. Medio año después, la vida, en forma de servicio militar, me llevó a Pamplona, donde aprendí a limpiar mulos y cuadras, y donde vi por vez primera y muy de cerca cómo mueren los caballos. En Pamplona, también aprendí a montar, y allí, no "en durmen sus un chivau", como Guillermo de Aquitania, porque mi destreza ecuestre y mi capacidad poética nunca han dado para tanto, pero sí bien despierto a lomos de uno de ellos, imaginé varios de los versos de ese "San Luis" que hoy me has recordado y que, a su vez, me ha hecho recordar esta pequeña historia. Pero es que, además, la cosa no acaba ahí. La vida, al cabo de los años, me ha traído a la tierra de la última cabalgada del rey santo. Muy a menudo, paso junto a la colina de Byrsa, en Cartago, donde se cree que murió, y no puedo evitar que me venga a la memoria ese jinete de luz en la hora oscura. Mil gracias y mil gracias también por recomendar "Entre el muro y el foso" en tu blog.

27 junio, 2007  
Blogger tosigo ardento said...

Bueno, tus palabras son clarividentes. Total y absolutamente de acuerdo con todo lo que dices. Es la emoción lo que ha de primar en un poema que se precie de serlo (y no quiero entrar en el tema de qué es poema y qué no, porque ahí ya puedo perder las formas ante tanta impostura generalizada e incluso aplaudida y premiada). Una emoción en el lector que ha de prevalecer sobre la reflexión, la cual ha de ser posterior, y a veces tarda tiempo en llegar a la mente del lector. Una emoción distinta a la que sintió el poeta al escribir ese poema, pero vinculada a su propia memoria. En cuanto a los tibios, los tibios de corazón, por supuesto que no son poetas y además nunca lo serán, y nada se les ha perdido por aquí.
Y otra cosa, qué bueno lo de que hicieras la mili en Pamplona. No, si el mundo es un pañuelo...

27 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Es que es así, Alfredo: desde la tibieza o la frialdad, no hay nada que hacer. Yo, al menos, necesito emocionarme y sentir físicamente esa emoción mientras pienso el poema.

Pamplona me ha dado mucho. Lo último, este poema dedicado a Rocío Arana:


Yo vi en marzo la nieve de Pamplona,
cuando no merecía luz ni casa.
Al alba, los ingobernables mulos,
los caballos escuálidos y el frío.
De noche, las interminables guardias,
las estrellas cansadas e infinitas.

28 junio, 2007  
Blogger samsa777 said...

El verso memorable, sin excesos; el artificio oculto,
la emoción entre líneas;
el brillo, que no ciegue.

Aurea mediocritas, creo. No discutiría ni una coma de tu texto. Recopila esta reflexiones, por favor... O yo me ofrezco como editor, si lo prefieres.

Un beso.

28 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Magnífica entrada -estoy de acuerdo en que estos comentarios están llamados a una vida perdurable, más allá de la fugacidad de un blogg- la de hoy, y las sucesivas.

Le oí decir una vez a Enrique García-Máiquez, citando a Andrés Trapiello, que todo poema contiene una verdad indemostrable. Se entiende que Trapiello se refiere a los buenos poetas, a los que emocionan. Y esta afirmación nos lleva de la mano a la relación metafísica entre Belleza y Verdad, que los buenos poetas, como tú, querido Julio, nos hacen vislumbrar.

Por otra parte, el tibio es también el burgués, el que no arriesga, el impostor de salón, el que vive la vida de otros. Qué bien visto, Julio. Y a cuántos conozco a los que le cuadra esta descripción...

Lo que está claro es que la Poesía nos abre a una nueva dimensión, y refleja mejor que ninguna otra disciplina artística -tal vez con la Música sucede algo parecido- ese carácter inasible del alma humana, su sed de Eternidad y de Infinito.

28 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Francisco, tendría que ser una antología e incluir también bastantes de vuestros comentarios, porque lo mejor está en ellos. Pero no hay prisa.

29 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Verónica, como recordarás, una de las formulaciones más radicales de esa intimidad entre verdad y belleza la hace J. Keats, que llega a identificarlas (Beauty is truth, truth beauty...). Esto, sin duda, se puede decir en un poema y, allí, es verdad; y también se puede decir, como nos recuerdan Enrique y Andrés, que un poema contiene una verdad. El tema daría para mucho, pero me inclino a pensar que la Verdad incluye toda la Belleza, pero la Belleza no puede incluir toda la Verdad.

29 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Si no incluye toda la Verdad, ya no es tal Belleza, ¿no? Estoy con Keats... Tienes razón, Julio, el tema da para mucho. Mejor no teorizar, y zambullirse de lleno en la Poesía.

PD. Dal me regala por mi cumple el día 10 (36 años!!!)-se le ha escapado decírmelo- tu "Entre el muro y el foso"...

29 junio, 2007  
Anonymous julio said...

¡Mira que regalarte esas cosas! Feliz cumpleaños por adelantado.

29 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Gracias, aunque seguro que te veré/leeré antes.

29 junio, 2007  

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