22 junio 2007

al otro lado

No hacer es un error, quizá el mayor, pero, evidentemente, hacer no nos libra del error. Para el hombre de acción (y, a veces, todos lo somos), el solo acto de hacer, de decidir, ya contiene en sí mismo la justificación. La suya es una oportunidad temporal que puede dejar en suspenso la oportunidad moral de la decisión y volver inútil, en un momento dado, la pregunta sobre las consecuencias, sobre la responsabilidad, es decir, la petición de cuentas. Pero, seamos o no hombres de acción, y se nos pida o no cuentas, el error de nuestra decisión está ahí y fortalecerá la indecisión futura y, con ella, paradójicamente, la irreflexión. La valoración positiva que se suele hacer de la experiencia no está justificada; sobre todo, si no nos pedimos cuentas a nosotros mismos, si no hacemos que esa experiencia tenga, precisamente, un valor. Pero, si hemos madurado en la capacidad de juzgarnos, si hemos afinado nuestro sentido de la responsabilidad, es como consecuencia de haber perseverado en el error. Sólo el reiterado error puede madurar esa capacidad y afinar ese sentido, presentes ya en el natural sentimiento de culpa. Quizá al alma le gustan las equivocaciones porque tiene la permanente necesidad de someterse a juicio y porque experimenta un raro placer al juzgarse. ¿Qué otra explicación tendrían el fracaso de la experiencia y la continua recaída en la culpabilidad? Sólo ésa, o que, lo queramos o no, todo lo que hacemos es error.

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20 Comments:

Blogger samsa777 said...

Al otro lado siempre aguarda una nueva disyuntiva.

Tal vez, ni siquiera sea válido el criterio error/acierto... Aunque quizás eso descorazone y añada más confusión.

22 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

"Si hemos madurado en la capacidad de juzgarnos, si hemos afinado nuestro sentido de la responsabilidad, es como consecuencia de haber perseverado en el error".

Me ha hecho pensar mucho esta frase, y te puedo decir, viendo mi propia vida, que es verdad.

Enlaza también con el pensamiento orteguiano de que todos estamos "condenados a la libertad". Y que el corazón humano (aquí abajo) está destinado a la insatisfacción (San Agustín).

En lugar de sumirme en el pesimismo estas consideraciones, al revés: me llena de gratitud el pensar que sólo hay un Redentor, (con mayúscula) que asume nuestros errores y hace suyo el permanente fracaso de nuestra vida.

Gracias por tu blogg (estoy enganchadísima...). Es una pasada.

22 junio, 2007  
Anonymous CB said...

En el Evangelio de Hoy (Mateo 6, 19-23):

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ... Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!"

A mí me parece que ni la experiencia ni la perseverancia en el error nos ayudan -por sí mismas- a juzgarnos ni a ser más conscientes de las consecuencias de nuestros actos, que solamente lo hacen en la medida que nos permiten acercarnos a esa luz y adquirir los ojos sanos con los que se puede ver. Con los que se puede ver la vida pasada y mirar la futura.

En ese sentido, una vez más, este párrafo de JPabloII (Cateq.Miérc. 1999): "...Los proyectos de Dios no coinciden con los del hombre; son infinitamente mejores, pero a menudo resultan incomprensibles para la mente humana. Dice el libro de los Proverbios: «Del Señor dependen los pasos del hombre: ¿como puede el hombre comprender su camino?» (Pr 20, 24). En el Nuevo Testamento, san Pablo enuncia este principio consolador: «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8, 28)
... Incluso lo que, desde un punto de vista humano, es una desgracia puede entrar en el gran proyecto de amor infinito con el que el Padre provee a nuestra salvación."

Un abrazo. Ya se te echaba de menos. No sabía si te habías sumido en otro silencio, como el que siguió a la entrada de Zacarías.

22 junio, 2007  
Blogger tosigo ardento said...

Por supuesto que todo lo que hacemos es error. Yo diría más: todos vivimos una vida equivocada. Eso es algo que siempre he tenido muy claro... La vida equivocada nos tienta a cada paso. Y nos duele la boca al decirlo, pero es así. Esa es una de las razones -puede que una de las más importantes- de porqué escribimos.

22 junio, 2007  
Anonymous Antonio Azuaga said...

De acuerdo en mucho, pero con una apreciación. La “recaída en la culpabilidad” o “el fracaso de la experiencia” sólo puedo entenderlos por la continua comparación de aquélla o de éste con algo absolutamente “exterior” a una y otro. Llamemos a ese algo exterior “bien” o “felicidad”. Hay muchas formas de obrar mal y una sola de obrar bien (para un relativista, por supuesto, esto no vale); por eso, según dices, no se justifica la valoración positiva de la experiencia: la experiencia pura, la experiencia a ciegas no sirve de nada. Porque ¿cómo vamos a hacer algo bien si ignoramos cuándo está bien? Ese “bien” o esa felicidad es algo que “sabemos”, entiéndeme este “saber” como aquello que he plantado en mi vida como referencia no negociable. Está en mí por decisión de la voluntad, no por conocimiento; lo podré llamar fe o proyecto vital, recordando a Ortega ya que se le ha citado. Por eso digo que “se sabe”, no que “se conoce”, esto último no es más que experiencia, y si ese “saber referente” (fe, proyecto, etc.) es constante, no veo que se afine la responsabilidad por perseverar en el error (que es experiencia o conocimiento): cada patinazo del alma habrá merecido siempre el mismo veredicto. Puede que “conozca” más mi limitación, pero “no sé” nada nuevo, por eso “respondo” exactamente igual. Al menos, eso creo.
En cualquier caso, tu interesante propuesta merecería un análisis más pormenorizado que lo que aquí yo te digo.

22 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Francisco, puede que, al final, no se trate ni de disyuntivas. En las situaciones radicales, siempre hay algo que anticipa el acierto o el error. Ésas son las disyuntivas. Tal vez no suponga mérito alguno no equivocarse ahí. El mínimo análisis de la situación y el mínimo sentido moral siempre vendrán en nuestra ayuda. Creo que el alma insiste en el error ante las situaciones menos radicales en apariencia, ante las situaciones que, aunque sean claras, ella no las ve así. Y la suma de esas situaciones equivale a una vida entera.

23 junio, 2007  
Anonymous julio said...

¡No sabes, Verónica, cuánto me alegró leer tu comentario! No sólo por las palabras tan generosas sobre mi blog, que te agradezco con toda el alma, sino por la frase que citabas y por esa alusión a la libertad y a la insatisfacción. Mi texto, desde el principio, es ahí donde quería llegar, a ese perseverar en el error, que, quizá no tan paradójicamente, tenga algo que ver con el madurar de nuestra percepción moral. Mientras lo escribía, me preguntaba a mí mismo, precisamente, dónde quedaba la libertad, qué hueco le dejaba en mi discurso. Algo me decía que no sólo le dejaba un hueco, sino que seguía teniendo el papel principal, pero no estaba convencido del todo. Tu lectura ha disipado las dudas que aún pudiera tener.

23 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Gracias a ti, Julio. Tu comentario vino en un tiempo muy oportuno, y me sentí totalmente reflejada en las últimas entradas de tu blogg.

También -y abro mi alma en esta tu casa- te confieso la necesidad que últimamente he experimentado de ser "salvada", nunca tanto como hasta ahora, precisamente de ese sentimiento de no haber sabido acertar. Quizá el dolor de haber defraudado a Quien más nos ama, equivalga al mismo arreglo de la situación.

Queda en pie, en efecto, el problema de la libertad. Tu entrada lo sugería de forma ineludible.

Como verás, sin conocernos, ya te he contado cosas bastante fuertes. Qué suerte haberte encontrado.

PD: "Las trincheras" me ha dejado "noqueada". Me doy cuenta de que este poema tiene mucho que ver con tu entrada de hoy:

LAS FLECHAS Y LOS DÍAS

Antes de amanecer sé que este día
también ayudará a morir al alma.
La misma sensación tiene el arquero
cuando suelta la cuerda de su arco:
en ese mismo instante se da cuenta
de que la flecha no dará en el blanco.

Gracias de nuevo, y enhorabuena.

23 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Esa no deliberada recaída en el error, Cristina, seguramente no nos ayuda a acercarnos a la luz, pero sí aclara de una manera terrible nuestra mirada. Insinúo en el texto que el alma encuentra placer en juzgarse y que eso mismo la puede inducir a cometer errores. Lo insinúo como simple explicación de su tendencia a equivocarse.

P.S.: ¡Si sólo he estado dos días sin poner entrada! Tenía que remontar la colina y, luego, ver qué pasaba al otro lado. Lo de Zacarías fue por acercarme tanto al silencio. Acabé sin palabras una temporada.

23 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Alfredo, yo no diría que vivimos una vida equivocada. Vivimos equivocándonos.

24 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Antonio, esa recaída en el error, indudablemente, no nos hace conocer la verdad. Partimos de que ya sabemos cuál es. Y tampoco nos hace conocernos mejor a nosotros mismos en el sentido de que nos sirva para prevenir futuros errores. Como método de conocimiento moral no nos puede aportar nada. Como método práctico de vida, tampoco. Digo que esa capacidad de juzgarnos está presente ya en el natural sentimiento de culpa. Lo que quizá hacen los reiterados errores es volver más exigente aún ese sentimiento, al proporcionarle una infinita casuística.

24 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Me encantaría que ahondases más en esa diferencia que estableces entre "vida equivocada" y "vivir equivocándose", cuestión que no me parece nada baladí. La vida, la única vida, es la que tenemos entre manos, la de cada instante, no la que podría haber sido y no fue, o cualquier otra distinta del "hodie et nunc". Este es el realismo cristiano, frente al idealismo, en sus múltiples manifestaciones: la realidad es la que es, y no la que yo me fabrico a mi antojo; no en el sentido de que carezca de libertad para llevar las riendas, no, sino en el de que mi libertad no puede modificar el "datum" de lo ya vivido, de la propia experiencia. Aunque todo esto son variaciones sobre lo ya dicho...

En todo caso, Julio, el acierto de tu entrada estriba en que da en el blanco (ésta vez sí, y no como la flecha de tu poema) por haber(me) llegado al corazón. Cualquier aproximación que se haga a este tema, que no sea cordial -y no estrictamente intelectual-, nos aleja de él irremisiblemente. Quizá hablo como mujer. Y, sin embargo, tu voz me suena increíblemente próxima.

24 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Ésta es tu casa, Verónica. ¡Ojalá la encuentres siempre acogedora! Gracias por lo que dices de "Las trincheras" y por recordarme "Las flechas y los días". No lo tenía presente a la hora de escribir la entrada, y lo cierto es que explica mejor algunas de las cosas que quería decir en ella. Como siempre, y hoy de tu mano, la poesía viene en mi auxilio.

24 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Mientras escribía la respuesta a tu comentario anterior, Verónica, ha llegado este otro en el que me pides que ahonde más en esa diferencia entre "vida equivocada" y "vivir equivocándose". Creo que no puedo hacerlo mejor que tú. Lamentarnos de que nuestra vida podría haber sido otra es un ejercicio semejante al de proyectar utopías futuras. En ambos casos, se huye de la realidad y de la responsabilidad. Tenemos que vérnoslas con lo que hay y lo que hay, como bien dices, es lo que hemos vivido hasta ahora: ésa es nuestra única vida. Comparto la defensa que haces del realismo cristiano frente a todas las manifestaciones del idealismo. Siguiendo tu argumentación, apunto, además, que en el idealismo no hay espacio para la libertad y, en consecuencia, tampoco lo hay para la responsabilidad

¿Sabes que, cuanto más lo pienso, más claramente veo que es el poema de las flechas y los días y no la entrada el que se acerca más al blanco? No por las virtudes poéticas que tenga o deje de tener, sino por su intención, por lo que quiere expresar. Quizá también porque, como dices, se trata de un asunto al que es mejor aproximarse con el corazón. Y el corazón sabe aproximar.

24 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Gracias, otra vez. De verdad, me siento como en casa. Hasta muy pronto.

24 junio, 2007  
Anonymous Antonio Azuaga said...

Amigo Julio, excelentes las intervenciones de Verónica y, claro está, tus réplicas; pero, si me lo permites, quisiera romper una lanza a favor del idealismo.
Sabes que en alguna ocasión he recordado a los “yos ex-futuros” de Unamuno, esas posibilidades de mí que quedaron abortadas en cada decisión elegida, no como una yema sin progresión posible, sino como una rama que sigue un desarrollo diferente. En auxilio de esta irreal suposición vendrían algunas interpretaciones de ciertas paradojas en que se ha sumido la ciencia de lo “infinitamente pequeño” y “raro”. Pero no quiero hablar aquí de eso, sino de la conciliación de libertad humana y omnisciencia divina, de eso que gustó tanto en los siglos dorados nuestros.
¿Soy realmente libre si el conocimiento de Dios sabe mi decisión de antemano? Pues sí, lo soy porque, en cada momento que elijo una opción determinada, otro yo (a partir de ese momento, absolutamente inalcanzable) elige otra; y otro, otra; y así infinitamente. Es decir, todas las que Dios sabe; aunque en cada una de ellas viaja un “yo” que ya no es el “otro”, el que eligió de modo diferente. Todo idealismo niega la libertad, cierto, pero desde la perspectiva del absoluto. El yo que está escribiendo esto ha sido absolutamente libre en todas sus decisiones; y los demás “de mí” (los que eligieron otras cosas), igual, aunque para Dios todos los infinitos posibles hayan sido igualmente reales antes y después de que ocurrieran en mi pobre perspectiva. Los otros, que ya no son “yo” (aunque lo fueran hasta el momento en que una decisión los apartara del que ahora está escribiendo) son tan hijos de su libertad como yo mismo. Y, además, existen. Su suerte es cosa suya. Lo que quiero decir es que el “realismo cristiano” es cosa del drama personal; el idealismo, sin embargo, es la perspectiva teológica de ese drama.
A Tirso en “El condenado por desconfiado” se le olvidó que hay otro Paulo que “elige” no seguir la demoníaca trampa y se salva por “confiar” en sí mismo. Las dos soluciones valen para Dios; para Paulo 1 y Paulo 2, no, por supuesto.

24 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Perdona que haya tardado en responderte, Antonio. Ayer, cosa bastante frecuente por lo demás, mi servidor de internet no se portó demasiado bien conmigo. Pero entremos en el asunto. No tengo nada claro que, por el hecho de elegir yo una opción, provoque el nacimiento de otro yo (o que se desprenda de mi yo otro inalcanzable, que sigue su propia vida, y así hasta el infinito), a no ser que llamemos yo a la suma de todas las decisiones y también a la suma de todas las decisiones menos una, la última. Pero esa última decisión, sólo tomada por mí, es lo que hace que el yo sea yo. Lo hecho es lo que hace al yo. Lo no hecho es, a lo más, una conjetura, pero nunca un yo ni un otro, porque éstos, para ser, tendrían que haber hecho, tendrían que haber tomado una decisión, la misma, precisamente, que yo he tomado; porque, para seguir siendo yo y un yo, hay que incluir irremediablemente esa decisión. Si no la han tomado, menos aún podrán tomar ya ninguna, si es que existieran, y, así, no pueden ser ni un yo ni un otro ni nada. Yo no puedo saber si en la infinita sabiduría de Dios tienen o no cabida y existencia real todos esos infinitos posibles generados, como por gemación, en cada una de nuestras decisiones. Si tu tesis es cierta, la tendrán, pero como realidades completamente ajenas al drama. Sí sé, y creo en ello, que seremos juzgados por las obras de este nuestro yo, que es el único que nos sobrevive a cada instante y a cada decisión, el único que tiene que rendir cuentas, el único responsable. Los otros, si al cabo son, no serán juzgados. Y sé también, y creo en ello, que el Verbo se hizo Carne en un momento preciso y real de la historia, de la historia hecha a base de decisiones, y en esta nuestra tierra, no en (ni para) los infinitos mundos paralelos generados a partir de las no-decisiones. Para mí, ésas son las perpectivas y los elementos verdaderos del drama.

26 junio, 2007  
Anonymous Verónica said...

Estoy totalmente de acuerdo con Julio, no añadiría ni una coma.
Tal vez, que Dios nos creó a cada uno como un proyecto de Amor (así lo dice San Pablo en el arranque de la Carta a los Efesios), y que es la mayor o menor adecuacìón de nuestra vida a ese proyecto la que nos aproxima (o nos aleja) de la felicidad. Y que mi libertad consiste en amoldar mi voluntad a la de Aquél que me sacó de la nada por pura gratuidad, por puro Amor. La obediencia a ese Amor es paradójicamente la libertad para el cristiano.

Luego está el drama del pecado, del mal, tan presente en la Poesía de Julio. Y la necesidad de la Salvación.

Que Dios supiera de antemano (en El no hay tiempo) lo que iba a ser de mí en el caso de haber tomado cada uno de los infinitos caminos que se me han ido abriendo en la vida, o de haber desechado otros por los que finalmente opté, no significa que esa otra "realidad" (me resisto de a llamarla así) tenga existencia equiparable a la de mi yo real y actual. Por eso me repugna intelectualmente la idea de que "para Dios todos los infinitos posibles hayan sido igualmente reales antes y después de que ocurrieran...". Algo me dice -sin ser el Padre Molina- que eso no puede ser así, pues significaría que Dios no sería un Dios pasible, como lo es, al haberse encarnado y sufrido por nosotros. Lo que recuerdo de mis lecciones sobre Santo Tomás es que cuando Dios piensa algo, le dota simultáneamente de existencia (seguramente no está bien dicho). Si fuera cierta la tesis que propone Antonio Azuaga, existirían universos infinitos, multiplicados en la mente de Dios, que se superpondrían al mío personal, al único que conozco, en el que sufro, lloro, amo, siento. Y significaría también que mi pecado, el mal que yo causo o que yo sufro, no le importa a nadie, y que no tendría más consecuencias.

No quiero corregir lo que ya he escrito, aunque esté plagado de imperfecciones, pero lo dejo tal y como ha salido.

Ha sido para mí un placer poder debatir con vosotros.

PD. Julio, entre tanto, me he ido poniendo al día de tu blogg desde el año pasado hasta ahora, mientras me hago con el resto de tu obra. Tu voz se me ha hecho imprescindible.

26 junio, 2007  
Anonymous Antonio Azuaga said...

El placer es mío, Verónica (Julio, tú ya lo sabes). Lo dejamos aquí para evitar “eternidades” indebidas. Además, andar por el infinito es patinar sobre hielo: para mí, desde luego, peligrosísimo.
Lo dicho, un placer.

26 junio, 2007  
Anonymous julio said...

Ni mucho menos, Verónica y Antonio: el placer ha sido mío. Gracias.

26 junio, 2007  

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