02 mayo 2007

tradición

No me gustan nada las revoluciones, pero tampoco me gustaría que el Antiguo Régimen hubiese seguido con vida hasta nuestros días. Hay una tradición revolucionaria y otra que querría que el tiempo y el mundo se hubiesen detenido en la corte de Luis XVI. Hay tradiciones para todos los gustos: tradiciones sanas, tradiciones indiferentes y tradiciones criminales. La verdad y el bien necesitan de las primeras para transmitirse de unas generaciones a otras; pero, cuando la verdad y el bien se vuelven irreconocibles en el seno de una tradición, mejor desprenderse de esa tradición, aunque alguna vez haya sido recta y saludable. Sólo habría que dar la batalla en favor de las tradiciones cuando éstas garantizan, fente a las innovaciones irreflexivas, la defensa de un orden moral. Y no ir más allá; es decir, no trazar continuamente una frontera entre lo antiguo y lo nuevo, dando a entender que de un lado está el bien y del otro el mal, porque pudiera no ser siempre así. Además, esa actitud no sirve ni frente a los adoradores de lo nuevo por lo nuevo ni como parapeto contra la estúpida y soberbia jactancia de la modernidad. Y no hablo, Dios me libre, de transigir. Pienso sólo que el número de tradiciones sanas y necesarias es, por fuerza, limitado. Si se defienden muchas tradiciones, o la Tradición en general, como algo sagrado e inmutable, seguramente se están defendiendo algunas del todo indiferentes, con la confusión que eso añade a cualquier debate, y otras radicalmente injustas, perjudicando a las que de verdad merecen la pena.

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5 Comments:

Anonymous Antonio Azuaga said...

Exactísima reflexión. Evocando aquella distinción de Nietzsche (“Sobre verdad y mentira…”) entre el hombre intuitivo y el hombre conceptual, yo diría que las tradiciones son intuitivas; es decir, lo que se ama de ellas es lo que se contempla y es válido, lo que refulge en su momento de plenitud, no su construcción (en ocasiones, también) o desmoronamiento (esto, nunca) históricos. La revolución, sin embargo, es conceptual y científica, se llega a ella casi con el determinismo de un silogismo aristotélico, de una ecuación histórico-matemática. Aquélla es arte y conmoción del alma, “moral” en tu apreciación; ésta, razón y experimento de imprevisibles resultados. En cualquier caso, no se trata de estar haciendo y diciendo siempre lo que se hizo o dijo, pero sí lo que fue mejor; a pesar de que los relativismos digan ignorar “lo que es mejor” y se queden, simplemente, en “lo adecuado”.

02 mayo, 2007  
Anonymous César Utrera-Molina said...

Estoy completamente de acuerdo con la reflexión pero me asalta una cuestión, en el taurino mes de mayo madrileño. ¿En el número de tradiciones a conservar hay que dar la batalla por la tauromaquia? Personalmente como aficionado no tendría duda en ello. Argumentos culturales, ecológicos y de otra índole existen pero he de reconocer que algunas reticencias de fondo de la violencia de la fiesta no me dejan indiferente.

02 mayo, 2007  
Anonymous julio said...

Buena pregunta, César. Yo cada vez soy menos taurino (nunca lo fui demasiado), pero las razones de los anti-taurinos no me convencen en absoluto. Creo que tienen más peso los argumentos favorables que citas.

02 mayo, 2007  
Blogger Jesús Beades said...

Sabina dice que entiende todas los argumentos de los furiosos anti-taurinos y está de acuerdo, pero que, mientras siga habiendo corridas, él irá a la plaza.

Julio, esta entrada me dio para otra en mi blog, más cortita y a remolque, claro.

03 mayo, 2007  
Anonymous Ángel Talián said...

Yo soy sabinero en eso...hay algo en las corridas, quizá mi infancia de pueblo castellano, quizá el baile, quizá la sangre incluso, que me hace seguir yendo a las plazas!!!

04 mayo, 2007  

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