17 mayo 2007

steiner y la dificultad

Ernst Gombrich, no recuerdo ya dónde, pone a George Steiner como ejemplo de lo que no deben ser la actitud ni la prosa del crítico a la hora de tratar asuntos artísticos y literarios. Para mí, la actitud de ambos, la de Gombrich y la de Steiner, es ejemplar, y, por distintos motivos, su prosa me ha deparado horas y horas de inestimable gozo; su prosa y su sabiduría. Y si Gombrich es de una claridad y exactitud popperianas; a veces, Steiner (que ése era el sentido último del reproche de Gombrich, la falta de claridad) no le va a la zaga. Por ejemplo, y al hilo más o menos de mi último texto, cuando define y analiza las cuatro maneras de dificultad que, a su juicio, puede presentar un poema. Habla Steiner de una dificultad contingente, la que se deriva de la presencia de una palabra o de una tradición encubierta que obliga a una tarea de desciframiento; esta dificultad, una vez desveladas las fuentes lingüísticas, literarias o históricas, es superable. A otra, la llama modal, tomándole prestado el término a C.S. Lewis. Esta segunda, sin embargo, resulta insuperable, porque, una vez descifrados el léxico y las intenciones, vemos que la dificultad permanece, seguramente porque ahí, en ese poema, no había “respuestas que buscar”; incluso puede que se trate de un poema que, nuestra sensibilidad, educada en una determinada tradición, no reconozca como tal; en este caso, el problema estaría en el lector. La tercera es la dificultad táctica: “el poeta puede elegir ser oscuro para lograr ciertos efectos estilísticos específicos” o puede tener, por motivos políticos, amorosos o de otra índole, la necesidad de ser oscuro. La cuarta es la dificultad ontológica, la de la tradición mallarmeana, que culmina en Paul Celan: ontológica, porque, heideggerianamente, “no es tanto el poeta quien habla, sino el lenguaje mismo”. Éste es el tipo de dificultad propio de buena parte de la poesía de las últimas décadas. Para mí, se trata de una dificultad radicalmente sincera a veces y, otras, radicalmente impostada, pero dejaré que concluya Steiner al respecto: “En ciertos niveles, no se espera que entendamos en absoluto, y nuestra interpretación, ciertamente nuestra propia lectura, es una intrusión (el mismo Celan expresó con frecuencia una sensación de violación con respecto a la labor exegética que empezó a reunirse alrededor de sus poemas). Pero, entonces, ¿para quién escribe el poeta? (…) Sabemos que no estamos ante un disparate o ante una ofuscación planeada… ¿Cómo tenemos esta seguridad? ¿Qué nos permite distinguir, incluso dentro de la clase de dificultades ontológicas, entre lo necesario y lo artificial?”

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1 Comments:

Anonymous Antonio Azuaga said...

Yo pienso que la complejidad o no es, en último término, una cuestión moral (como todo en el hombre); y esto de “moral” lleva siempre a pistas resbaladizas. Porque, vamos a ver, ¿qué es “moral”?. Lo más universal que se me ocurre para acercarme a cierto consenso está ya definido: es la “autenticidad” de nuestro Ortega o, si se prefiere, la “coherencia” de Sartre. No me refiero estrictamente a sus respectivos planteamientos éticos, sino a los términos. Lo moral reside, entonces, en la personal creencia “realizada”; y cuando eso ocurre, uno es coherente, uno es auténtico, uno es moral, comparta yo o no lo que hace. Si estimo que todos los quehaceres del hombre se encuadran en coordenadas morales, la complejidad o elementalidad, o la artificialidad, o la necesidad de aquéllos, realmente, sólo serán evaluables desde uno mismo. ¿Qué me queda a mí como espectador de su obra? La comunión, la sacudida inexplicable de uno mismo; ese gesto que nos hace levantar la cabeza si estamos leyendo, bajar la mirada si contemplamos un cuadro, cerrar los ojos si una música nos confunde… Como receptor podré vivir sin problemas entre lo oscuro y lo claro, entre lo complejo y lo simple, si simplemente me zarandean el alma. Como hacedor de lo que sea, mi obligación será no “falsificarme”.

19 mayo, 2007  

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