17 abril 2007

florenski

El alma es, a veces, radicalmente iconoclasta. Otras, no sabe vivir sin las imágenes. En el primer caso, por ansia de luz; porque las imágenes podrían ser indeseadas sombras interpuestas. En el segundo, por exceso de sombra; porque necesita que la luz perfore y disuelva sus tinieblas. En otro plano, tampoco está a gusto con una temperatura emocional constante. Se querría fría y abstracta, pero no puede dejar de emocionarse con las imágenes; y, cuando se emociona demasiado, busca avergonzada un espacio completamente libre de ellas. El alma, como ya escribí en otro sitio, no sabe lo que quiere.

Pável Florenski (1882-1937), sacerdote ortodoxo ruso, teólogo, físico, historiador del arte, matemático y tantas cosas más, que padeció martirio en tiempos de Stalin, ha escrito algunas de las páginas más deslumbrantes sobre las imágenes y, en concreto, sobre los iconos, las únicas imágenes que podemos llamar sagradas. Estas líneas pertenecen a su ensayo Ikonostas: “… El mundo espiritual, invisible, no está en cualquier lugar lejano, sino que nos rodea; y nosotros estamos como en el fondo del océano, estamos sumergidos en el océano de luz; sin embargo, por el hábito escaso, por la inmadurez del ojo espiritual, no percibimos ese reino de luz y ni siquiera sospechamos su presencia; sólo con el corazón advertimos el carácter general de las corrientes espirituales que se mueven a nuestro alrededor… El icono es idéntico a la visión celeste y no lo es; es la línea que delimita la visión. La visión no es el icono: es real en sí misma. El icono, que coincide en su contorno con la imagen espiritual, es, para nuestra consciencia, esa imagen y, fuera de la imagen, sin ella, aparte de ella, en sí mismo, abstraído de ella, no es ni imagen ni icono, es solamente cuadro. Del mismo modo, una ventana es una ventana porque a través de ella se difunde el dominio de la luz y, entonces, la misma ventana que nos da luz es luz; no es semejante a la luz, sino la propia luz en su identidad ontológica… Pero, en sí misma, fuera de la relación con la luz, fuera de su función, la ventana es como si no existiese, es cosa muerta y no una ventana: abstraída de la luz, no es más que vidrio y madera”. Florenski no se aparta un milímetro de la doctrina de los Padres respecto de las imágenes sagradas. La suya no es una teología del icono con pretensiones de originalidad. Es profundización en la ortodoxia a través de un lenguaje nuevo y de una brillante capacidad de análisis. “Todo icono que conserve fundamentalmente la forma icónica de los iconos de orden superior (La Trinidad de Rubliev, Nuestra Señora de Vladimir...) encierra en sí la virtualidad de la revelación espiritual bajo un velo más o menos transparente. Pero llega la hora en que la condición espiritual de quien contempla el icono proporciona la fuerza para acoger su sustancia espiritual incluso a través del velo, a través de su forma difuminada, y el icono revive y lleva a cabo su tarea: dar testimonio del mundo superior”. Y, aquí, Florenski cita estos conmovedores versos de Lermontov: “Yo, ahora, Madre de Dios, con la plegaria, / al claro esplendor de tu imagen, / no ruego por la salvación, ni en vísperas de una batalla, / tampoco por obtener perdón o gracia. / No ruego por el alma desolada, / por el alma del peregrino solo en el mundo: / sólo quiero confiar a la doncella intacta, / a la cálida protectora, el mundo gélido...”. No en estos versos, sino en su elección por parte de Florenski, veo un puente tendido entre la visión ortodoxa y la visión católica de las imágenes.

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8 Comments:

Blogger Dal said...

Impresionante. Gracias. Hasta ahora sólo me había hablado de Florenski mi amigo César U-M, que me consta que te lee. A ver si se anima a entrar y darnos su opinión.

Por cierto, ¿por dónde recomendarías empezar?

19 abril, 2007  
Blogger Jesús Beades said...

El epistolario que publicó Eunsa, con cartas desde la prisión (de la que nunca más salió), también es genial. Me impresionó especialmente las recomendaciones a su familia sobre la educación temprana de su nieto, al que no conocería. Disponía que le enseñaran "cosas bonitas", un juguete, un cuadro, una melodía, frecuentemente, aunque no las entendiera. Porque exponer al niño a lo hermoso es algo irreversible, la experiencia de la belleza queda para siempre en el fondo de la persona. También me gustó su visión de la educación musical. Una nieta -¿o una hija?- suya estaba cansándose del piano, y el él le decía que siguiera, pero sin pretensiones profesionales; el escenario, decía, es algo muy sacrificado, pero igual que no se aprende a leer y escribir para ser escritor, aprender un instrumento musical es muy importante por sí mismo, para el futuro. Decía que daba un gran consuelo al alma saber tocar un instrumento, con el paso de los años.

19 abril, 2007  
Anonymous julio said...

Gracias, dal. Merece la pena leer a Florenski. Yo empecé por "Le porte regali", la traducción italiana de "Ikonostás" y después leí "La perspectiva invertida" (Siruela). La lectura que hace del arte renacentista no tiene desperdicio. Vi el comentario que César hizo sobre mi blog en el tuyo. Mil gracias.

19 abril, 2007  
Anonymous julio said...

La vida de Florenski es ejemplar y lo que cuentas, Jesús, anima a leer sus cartas. No las he leído aún. Tampoco "La sal de la tierra", su otro libro vertido al español. Lo haré muy pronto y seguro que habrá mil cosas que comentar.

19 abril, 2007  
Blogger Juan Ignacio said...

También "recomienda" a este autor Juan Pablo II, en el punto 74 de "Fides et ratio".

Muy interesante, entrada y blog. Seguiré leyendo.

Saludos.

19 abril, 2007  
Anonymous César Utrera-Molina said...

Coincido en lo escrito por Jesús en todo. Para abordar sobre todo la dimensión humana e intuir la enorme talla intelectual de Florenski el epistolario de Eunsa es un buen comienzo. No se puede describir mejor que como lo ha hecho Jesús las recomendaciones educativas de Florenski a sus hijos. Un amago de la certeza de que la belleza para el niño es esencial se me concedío ayer mismo con mi hijo mayor. Después de unas semanas repitiendo con él los versos de un poema de mi padre, ya teníamos el hábito de que me pidiera él el libro verde (el de los versos de su abuelo) y así comenzar con el recitado del primer cuarteto que se ha aprendido. Ayer me pidió el libro verde y a Mozart a la vez. Me dejó atónito, pues llevaba poco tiempo poniéndole música y salió de él espontáneamente (a sus dos años y medio) mezclar los versos y el 2º mov. del Concierto 21 para piano y orquesta (que para él eso es Mozart). Pensé en Florenski y me dejé llevar por la emoción pre-intuida de que "exponer al niño a lo hermoso es algo irreversible". Gracias DAL por darme la entrada, espero no haber sido excesivo.

19 abril, 2007  
Anonymous julio said...

Gracias por tus comentarios, Juan Ignacio, y por ese vínculo a "Fides et ratio".

20 abril, 2007  
Anonymous julio said...

La belleza es un don y, como todos los dones, exige deberes. Primero, nos los exige a nosotros, para hacer verdaderamente "irreversible" la presencia de lo hermoso en el horizonte de nuestros hijos; más tarde, se los exige a ellos, para devolver multiplicado lo que graciosamente han recibido. César, la de tu hijo es una envidiable manera de comenzar. Muchas gracias por tu comentario.

20 abril, 2007  

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