01 junio 2006

constante en la inconstancia

Benjamin Constant fue, como es sabido, uno de los primeros pensadores, si no el primero, que vio con claridad que, detrás del concepto de soberanía de Rousseau, se esconde el germen del totalitarismo. Esta sencilla y profunda observación le otorga un lugar destacadísimo en la historia del pensamiento político europeo y en la del combate por la libertad.
Benjamin Constant tiene toda mi simpatía, y no sólo desde un punto de vista intelectual. Pocos hombres de letras han llevado una vida tan disparatada y ninguno, desde San Agustín, ha sido capaz de analizarse y juzgarse como él lo hizo, con esa increíble lucidez. No deja de maravillarme que el joven del Cahier rouge haya escrito, en su madurez, De la liberté des anciens comparée à celle des modernes y que el protagonista de Adolphe, que es el propio Constant con ligeros cambios, tenga que ver con el autor de los Principes de politique. Él, jugando con el significado de su apellido, se definía inconstante. Y lo era, y mucho. Abandonaba proyectos sentimentales, literarios o políticos a poco de embarcarse en ellos con todo el entusiasmo del mundo. Casi nunca sabía muy bien lo que quería o incluso si quería algo. Que una personalidad así se encuentre detrás de unas cuantas obras maestras, no deja tampoco de sorprender. Está claro que el espíritu sopla donde quiere y que un verdadero genio puede sobrevivir a la más radical dispersión. Émile Faguet, dueño de una prosa extraordinaria, ha trazado uno de los retratos intelectuales más convincentes de Benjamin Constant. Suyas son estas líneas: “Il y avait en lui une intelligence claire, droite et vigoureuse, et rigoureuse, en face de passions désordonnées, une pensée froide témoin d'une âme trouble, et un homme qui regardait un enfant”.

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